viernes, 17 de enero de 2014

Nikolái Gógol, Víctor Gallego Ballestero (1)






Nikolái Gógol, Víctor Gallego Ballestero (1)
(De la introducción a “LAS VELADAS DE DIKANKA”)


“Gógol empieza a concebir la segunda parte de Almas muertas en forma de ejemplo moral y edificante, dentro de un ambicioso plan en tres partes –semejante al de la Divina Comedia- que contempla la regeneración progresiva de los personajes más contumaces. No obstante, su talento de caricaturista, de engendrador de monstruos, de creador de pesadillas y mundos ilusorios, se adaptaba mal a esa tentativa, y sus ímprobos esfuerzos, su batalla interminable con su propósito moralizador, desembocaban en páginas grises, anodinas, exentas de magia y el colorido de la primera parte.


En 1846 aparca durante algún tiempo su proyecto y se concentra en la redacción de un libro de ensayos y artículos, concebido en forma de carta dirigida a diversos corresponsales –aunque la mayoría de los textos no son cartas reales, sino que fueron concebidos para la ocasión-, que constituyó un enorme escándalo y se convirtió en fuente de amarguras, sinsabores, enemistades e insalvables rencores. El libro, titulado Pasajes escogidos de la correspondencia con mis amigo, fue acogido con incredulidad y sorpresa por unos, con desagrado e irritación por otros, y desató una ola de críticas sin precedentes. Sólo algunos críticos como Apolón Grigórevich y el conservador Piotr Pletniov –que se encargó de todas las gestiones y los tramites de la publicación con el mayor secreto, siguiendo las peticiones de discreción absoluta del propio Gógol- saludaron la aparición de la obra. La crítica más arrebatada, violenta y arrolladora fue la famosa Carta a Gógol de Belinski, escrita desde Alemania por un hombre gravemente enfermo, consciente de su muerte cercana y por tanto completamente libre de expresar sus ideas de forma explícita y rotunda, sin cálculos ni componendas. Esa epístola, furibunda, demoledora, estuvo prohibida en Rusia hasta 1905, aunque Herzen la publicó en La Estrella Polar en 1855. La lectura de algunos pasajes debió de quemarle a Gógol como fuego: “Los problemas nacionales más candentes son la abolición del régimen del servidumbre, la supresión de los castigos corporales, la etricta observancia, al menos, de las leyes vigentes. Y ese es el momento que elige un gran escritor para presentarse con un libro en que, en nombre de Cristo y de la Iglesia, enseña a un terrateniente bárbaro lo que debe hacer para ganar más dinero con el esfuerzo de los mujiks y para insultarlo mejor… ¡Si hubiera usted atentado contra mi vida no hubiera despertado en mí más odio que con las líneas innobles que ha escrito! ¿Y semejante libro se presenta como resultado de un dificultoso trabajo interior y una elevada iluminación del alma?... El público ve en los escritores a sus únicos guías, a sus únicos salvadores frente a la autocracia y la ortodoxia. Por eso siempre está dispuesto a perdonar a un autor un libro malo, pero nunca un libro pernicioso… Su libro no pone de manifiesto la verdad de la doctrina cristiana, sino un enfermizo miedo a la muerte, al diablo y al infierno”. También Herzen, ya asentado en el extranjero, atacó con dureza a Gógol. Esas diatribas parecieron afectar seriamente al escritor, quebrantar su confianza, resquebrar su autoestima y sumirle en un mar de dudas; de hecho, poco después llegó a calificar de error la publicación del libro.”

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