domingo, 19 de enero de 2014

Nikolái Gógol, Víctor Gallego Ballestero (y 3)






Nikolái Gógol, Víctor Gallego Ballestero (y 3)
(De la introducción a “LAS VELADAS DE DIKANKA”)

“La noche del 11 al 12 de febrero Gógol despertó a su criado y le pidió que encendiera el fuego en una habitación cercana; luego le mandó en busca de un portafolios. Cuando el muchacho regresó con la cartera, Gógol sacó un atadijo con cuadernos y los arrojó al fuego. El criado trató de disuadirlo, pero Gógol le pidió que se callara y le dijo que lo mejor que podía hacer era rezar. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que sólo se habían quemado los bordes de las hojas; retiró entonces el paquete del fuego, liberó la cinta que unía los cuadernos y los dispuso con experta mano sobre las ávidas llamas, que, ahora sí, los redujeron a cenizas en pocos minutos. Gógol contempló en silencio ese naufragio. Cuando la última hoja acabó de consumirse, estalló en sollozos, luego se retiró de nuevo a su habitación.
A partir de ese momento Gógol entró en un estado de apatía absoluta: apenas se levantaba de la cama, casi no comía y a las preguntas y solicitudes de sus angustiados amigos y de los preocupados médicos, sólo respondía: “Dejadme en paz; estoy bien”. Tal vez esperara una intervención directa de Dios, pues en una ocasión en que Shéviriov se puso de rodillas para rogarle que se alimentara, el escritor le respondió: “Si conviene a Dios que viva, viviré” Gógol abandonó por completo su cuidado personal: no se lavaba, no se peinaba, no se afeitaba, iba siempre vestido con ropas de cama. El 20 de febrero, alarmados por el estado de salud de Gógol, los facultativos (doctores Over, Evenins, Kliméntov, Sokologorski, Tarasénkov, Vorvinski) celebraron un consejo en el que se planteó la necesidad de prescindir de la voluntad del paciente y cuidarlo como si tuviera las facultades mentales perturbadas. Se le diagnosticó gastroenteritis ex inanitione, es decir, inflamación del aparato digestivo a causa de la falta de alimento. Los médicos no acaban de ponerse de acuerdo sobre el tratamiento, y cada uno dispuso su remedio, a cual más estrafalario e inconveniente.


Los últimos días de Gógol están marcados por una serie de torturas que parecen sacadas de una de sus peores pesadillas: baños de agua caliente con aspersión de agua helada sobre la cabeza, cataplasmas en las piernas, aplicación de lonchas calientes de pan en el cuerpo desnudo, y lo peor de todo: media docena de sanguijuelas pegadas a la nariz, que resbalaban por las mejillas y se introducían en la boca sin que el enfermo pudiera hacer nada por evitarlo, pues tenía las manos atadas. Según el relato de algunos testigos, los gritos y alaridos del enfermo se oían por toda la casa e incluo en la calle. Sus últimas palabras, ya puro delirio, fueron: “¡Una escala, pronto, una escala!”.
El 14 de abril de 1852, a eso de las ocho de la mañana, moría o se dejaba morir Gógol. Tenía sólo cuarenta y tres años. En su lápida se grabó una cita apócrifa del Libro de Jeremías que él mismo había elegido: “Me reiré de mis palabras amargas”. Dejaba, como únicos bienes, 44 rublos y 88 kopeks.”

***