miércoles, 29 de enero de 2014

Vuelo de brujas y Las pirañas. / Miguel Sánchez-Ostiz





El otro día hablaba de Vuelo de brujas, ese pequeño cuadro de Goya que está desde hace unos años en El Prado y que sirvió para ilustrar la cubierta de Las pirañas. Me he acordado de él leyendo el Luis Buñuel, de Max Aub. ¿Qué tiene que ver? Nada. Las cosas más sugerentes se unen por azar. Tal vez porque Aub intenta en ese libro explicarse a Buñuel, a sí mismo y de paso explicar una época: leerle es una invitación a echar a andar por el mismo camino (a cierta edad… convengamos).
Al personaje que aparece en Vuelo de brujas se lo llevan por el aire tres «brujos» tocados de capirotes. Resulta enigmático porque no tiene detrás ninguna página reconocible.  Lo interpretas como te viene en gana. Podría decir que al igual que le sucede al protagonista de mi novela se lo llevan todos los diablos y que por eso resulta apropiado. Sin embargo me interesa más, mucho más (y así se lo hice ver inútilmente a Gimferrer) porque me parece más próximo a lo que se cuenta en la novela, el personaje de abajo, el que lleva un paño o una sábana por encima de la cabeza y no sabe por dónde va. Siniestra gallina ciega la de la propia vida, me digo a carcajadas, perseguido por brujas, brujos y demonios, propios y ajenos. Buena imagen del ir dando tumbos, a trancas y barrancas, sin saber muy bien para dónde vas, en el invierno y en la noche, escura. Unos van de manera envidiable como flecha a la diana (Carlos Castilla del Pino), otros como mejor pueden.




 Escribí Las pirañas entre finales de los años ochenta –los fabulosos eitis de Juanito Ganbela y sus amigos– y comienzos de los noventa (del pasado siglo). Se publicó en diciembre de 1992, cuando la farra del felipismo estaba a punto de despeñarse, entre fastos, bombos, platillos y serios anuncios de borrascas inminentes: hedonismo paleto, champán Beluga (las botas, nos hemos puesto las botas) y pichicata, corrupción, desvergüenza, arrebuche, el país se quitaba el pelo de la dehesa, decían, importaba la vidita, también decían con desparpajo, contaba el llegar, a como fuese, la ventaja inmediata, el situarse, el olvidar que aquel seguía siendo el país de los vencedores y los vencidos y ya lo era de los nuevos demóKratas, los nuevos ricos (de los viejos mejor no hablar) y los nuevos nuevos… De aquellos polbos estos cienos, insisto, aunque para qué, como no sea para darme el gusto: el arrebuche, la corrupción, las almas muertas y vendidas, los pesebristas, los felones, los chulos… no son los mismos, son peores. Los ves –a los tiempos y a sus protagonistas– como algo irredimible, una enfermedad de verdad incurable… Como si estuviéramos desahuciados. Unos por un motivo, otros por otro. No sé si ahora podría escribir una novela como aquella, me falla el entusiasmo y me faltan las fuerzas, a ratos el asco y la irritación me sobran, por no decir que se me ha hecho tarde, tal vez por eso lo intento de nuevo… y a ver qué sale.

Miguel Sánchez-Ostiz





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