lunes, 3 de febrero de 2014

Carlos París (1925-2014) / Miguel Sánchez-Ostiz




Carlos París: un gigante del pensamiento, escribe Lidia Falcón. No lo dudo, al revés, pero me pregunto si ha sido de verdad leído, en proporción a su importancia real, fuera de la zona de sombra en la que casi por fuerza se mueve un filósofo; me pregunto si fue lo suficientemente mediático, si tuvo o no maneras de charlatán simpaticorro y talento para corretear palestras, si lo suyo fue o no el éxito social y el aplauso de los escenarios, en la medida en que estos no dependen del valor de lo que se haga, sino del favor del cotarro, si supo dejarse ir con el torrente más favorable de los días, el del pensamiento único y más que único, convencional y conveniente, correcto, con los enemigos justos enfrente hacia los que azuzar las iras fáciles del público en tiempos en que más que iluminaciones, se pide picota, cerrar filas, acomodarse, contemporizar, vivir a tope la vida con el bolsillo lleno, ser un eficaz artista de variedades…  Qué fue  Carlos París y qué no para haber sido de verdad una referencia en este país de la pachanga en el que hay que morirse para que te tengan en consideración, un día… o dos. No lo sé. Por un filósofo en penumbra lo tenía y lo tengo  –en el término usado por Cioran en su diario, no en el del repugnante alegre cuadrilleo hispano–, quizá me equivoque.
Otrosi digo: Extraño país este en el que nos vemos y valoramos, cuando no descubrimos que estábamos o estamos vivos, a golpe de negrológica para regresar después del entierro a la sombría taberna y a las apuestas…Ulysses… y también Blas de Otero donde dice que aquí más que inventar se inventaría… costumbres y manías funerales las nuestras… poco amigos de los vivos que no sean de los nuestros, y aún así.


Miguel Sánchez-Ostiz





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