miércoles, 12 de febrero de 2014

Joseph Conrad / Miguel Sánchez-Ostiz




“He luchado contra la muerte. Es el duelo más soso que uno pueda imaginar. Tiene lugar en un gris impenetrable, sin un suelo bajo los pies, sin contornos, sin espectadores, sin gritos de dolor, sin gloria, sin el gran afán de vencer, sin el gran temor a la derrota; en una triste atmósfera de lánguido escepticismo, sin mucha fe en los propios derechos y aún menos en los de mi adversario. Si esto es el fin último de la sabiduría, entonces la vida es un misterio bastante mayor de lo que muchos de nosotros suponemos”

Joseph Conrad  (El corazón de las tinieblas)


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VIAJE AL PAÍS DE LAS TINIEBLAS

No sé si podré llegar a relatar alguna vez mi viaje al corazón de las tinieblas. Lo intento y siempre me quedo más acá o me voy por otras trochas. Tal vez no sepa o no pueda y relate otra historia, no la mía, no mi viaje, otro, un invento. Se parecen demasiado unos a otros, estos viajes, y luego uno no sabe nada, no se acuerda de nada, dice sí a todo, con la cabeza, dice que ha amado, que ha dado todo por los suyos, que ha vivido, intensamente, y vive en ello, y piensa en otra cosa, como los excombatientes, como los veteranos de Marruecos, como los que no estuvieron, así no quedan, seis, ocho, diez años de servicios, pasan volando, dicen, y no queda paga, quedan cicatrices, mala suerte, papeles, una medalla en el armario, junto al membrillo, no piensa en la deserción, en cómo, de qué manera claudica, se acomoda, se rinde, “Hay que vivir, muchacho”, y baja avergonzado la cabeza, a diario, el ruido y la furia de los días rebeldes de los veinte años, de nuestros veinte años, los que siguen estando en el fondo de ti y en el fondo de mí, y hacen daño cuando enmudecen o acusan, y al final nos salvan.

Yo no podría escribir Dans les Ténèbres de l’Afrique, ni nada parecido, no es mi viaje, no es mi vida, pero sí podría relatar otros padecimientos, otros infortunios y otros desamparos, de los que la mayoría calla porque son desfallecimientos imperdonables y se les pintan como marca de apache en la cara, sufridos unos en la persecución de mi Robinson escurridizo, ya murió, ya, y yo también un poco con él, y los más inventados, que el infortunio es segura ciudadela, resumidos en un decir “Fueron años de sombra”. Y así uno se queda tranquilo.

El corazón me mandaba emprender ese viaje y regresar vivo. A veces, si he dormido a pierna suelta, me parece que lo he conseguido. Otras voy y vengo a todas las ciudades que se encierran en la ciudad que es la mía, a los años en balde, a sus días inhóspitos, a los empeños de la rutina y las vagas promesas de que mañana, mañana será el gran día, al fraude, a los vicios simpáticos, al timo a uno mismo, ratería de ciegos, a la dulce palabrería del vendedor ambulante: “Amor, mi amor, la semana que viene empezará nuestra verdadera vida, envejeceremos juntos, nuestros hijos tendrán una buena vida, moriré entre tus brazos…”. Ay, amor, de veras, ay.



Y esta fue la parte más banal de mis andanzas, de mis maladanzas. Dejémoslas pues así, en los arrabales de la memoria. Luego tomé otros caminos en los que no faltó escapar de la muerte cierta, en la propia mano, el decirse, el verse uno, fragmentario, extraviado y repetido hasta la saciedad, y el abrir y cerrar los ojos y decir: “Esta vez será la última”. Quise saber lo que se escondía detrás de la imagen del muchacho sonriente que nunca aprendió a decir que no, a lo que de verdad había que decir no, según las excelsas enseñanzas de monsignore: pereza, inconstancia, miedo, perplejidad o tal vez una animal prevención hacia un mundo todavía más turbio, más sucio, más tramposo, que aquellos que luego visité con asiduidad en la madrugada de las ciudades escondidas, cuando no hay nadie y creemos vivir una tregua indefinida. Y no había nada, el muchacho aquel no estaba, no había estado nunca, en su lugar un hombre que se pregunta qué ha hecho con su vida y puntea un papel en blanco y no le cuadra. Ése fue todo el viaje, todo, y ese empeño en no poner bandera blanca.


Miguel Sánchez-Ostiz  (en “INVENCIÓN DE LA CIUDAD”, 1993)



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