domingo, 16 de febrero de 2014

Párrafos de… “La especie humana” / Robert Antelme









“Dos horas más tarde hemos vuelto al bloque. Cuando hemos entrado, los otros, los que se quedaban, nos han seguido con la mirada y al mirarnos tenían otras caras. Llevábamos un traje rayado azul y blanco, un triángulo rojo a la izquierda del pecho, con una F negra en el centro y zuecos nuevos. Estábamos arreglados, afeitados, limpios, nos movíamos con soltura. Aquellos a los que en la mascarada de Buchenwald les habían colocado para su escarnio un pequeño sombrero puntiagudo, una gorra de marinero o un gorro ruso; los que habían acarreado piedras en la cantera con un traje popular húngaro y una gorra de conductor de tranvía de Varsovia; los que habían llevado una pequeña guerrera que no les llegaba ni a las nalgas, y sobre la cabeza una gorra de chulo, habían dejado esa mañana de ser grotescos; estaban transfigurados.

Los compañeros que no se iban nos miraban con apuro. En ese momento algunos sentían sin duda la tentación de envidiarnos. Íbamos a escapar de la asfixia, de la incoherencia de esta ciudad. Pero en su mayoría parecían angustiados y apurados como se suele estar ante aquellos a quienes acaba de ocurrirles una desgracia y lo ignoran todavía.”

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“Todo era frágil. Sabía que este minuto se esfumaría como tantos otros miles de la historia del campo, disueltos en las horas del recuento y del frío. Sabía que entre la vida de un compañero y la de uno mismo, se escogía la de uno mismo y que no se dejaría perder el pan del compañero muerto. Sabia que uno podía mirar, sin moverse, cómo molían a golpes a un compañero y que junto al deseo de aplastar bajo sus pies el rostro, los dientes, la nariz del que golpeaba, sentiría también, muda, profunda, la potra del cuerpo: “No me sacuden a mí”.

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“Vamos a llegar. Ahora el decorado de Buchenwald vuelve a reconstruirse enteramente en el recuerdo: el inmenso hueco de la cantera y ese gravitar de seres minúsculos con la piedra al hombro, ante la llanura de Jena; el desfile de la marcha hacia el trabajo, por la mañana, antes del amanecer, en la plaza del recuento, con los veinte mil tipos bajo los proyectores y la música de circo en el centro de la plaza; los ensayos de jazz cerca de los cagaderos; los inmensos cagaderos en los que habíamos pasado a veces la noche; el bulevar de los Inválidos, con esos tipos con una sola pierna en medio de la niebla a las cuatro de la mañana, y los ciegos y los viejos y los locos; la obsesión de los quince días limpiando mierda metidos en la mierda y la chimenea del crematorio al alba, bajo la extraordinaria movilidad de las nubes. Y, todo alrededor, la alambrada, la frontera ardiente a la cual no nos acercábamos y a la que, mucho antes de que llegásemos, algunos hombres se habían aferrado con ambas manos bajo la mirada apacible de un SS que, desde la torre de vigilancia, esperaba ver esas manos desengancharse.”


Robert Antelme, (La especie humana)


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