sábado, 15 de febrero de 2014

Samuel Beckett / Robert Antelme






Verse / Samuel Beckett

Lugar cerrado. Todo lo que hay que saber para decir sabido. No hay más que lo dicho. Aparte de lo dicho no hay nada. Lo que ocurre en la arena no está dicho. Si fuese preciso saberlo se sabría. No interesa. No imaginarlo. Tiempo valiéndose de la tierra obrar a disgusto. Lugar hecho de una arena y un foso. Entre los dos costeando éste una pista. Lugar cerrado. Más allá del foso no hay nada. Se sabe porque hay que decirlo. Arena negra extendida. Allí pueden caber millones. Errantes e inmóviles. Sin verse ni oírse jamás. Sin tocarse jamás. Es todo lo que se sabe. Profundidad del foso. Ver desde el borde todos los cuerpos colocados al fondo. Los millones que aún permanecen allí. Parecen seis veces más pequeños de lo normal. Fondo dividido en zonas. Zonas negras y zonas claras. Ocupan toda su anchura. Las zonas que permanecen claras son cuadradas. Un cuerpo mediano apenas cabe allí. Extendido en diagonal. Más grande tiene que acurrucarse. Se sabe así la anchura del foso. Se sabría sin eso. Hacer la suma de las zonas negras. De las zonas claras. Las primeras ganan con mucho. El lugar ya es viejo. El foso es viejo. Al principio no había más que claridad. Más que zonas claras. Tocándose casi. Ribeteadas de sombra apenas. El foso parece en línea recta. Luego reaparece un cuerpo ya visto. Se trata pues de una curva cerrada. Claridad muy brillante de las zonas claras. No penetra en las negras. Estas son de un negro no reducible. Tan denso en los bordes como en el centro. En compensación esta claridad sube todo seguido. A una altura por encima del nivel de la arena. Tan alta por arriba como es profundo el foso. Se levantan en el aire oscuro torres de pálida luz. Tantas zonas claras como torres. Como cuerpos visibles en el fondo. La pista sigue al foso en toda su longitud. En todo su contorno. Está sobrealzada con relación a la arena. Lo equivalente a un peldaño. Está hecha de hojas muertas. Evocación de la hermosa naturaleza. Están secas. El aire seco y el calor. Muertas pero no podridas. Darían más bien en polvo. Pista justo bastante ancha para un solo cuerpo. Nunca dos se cruzan en ella.

Samuel Beckett


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Gandersheim

He ido a mear. Aún era de noche. A mi lado otros meaban también; no nos hablábamos. Detrás de los meaderos estaba el foso de los cagaderos con un pequeño muro sobre el que estaban sentados otros tipos con el pantalón bajado. Un tejadillo recubría el foso, no así los meaderos. A nuestras espaldas ruidos de zuecos, toses, otros que llegaban. Los cagaderos jamás estaban desiertos. A todas horas flotaba un vapor sobre los meaderos.

No estaba oscuro, aquí jamás oscurecía por completo. Los rectángulos sombríos de los bloques se alienaban taladrados por débiles luces amarillas. Desde arriba, al sobrevolarlos, seguramente se verían estas manchas amarillas regularmente espaciadas, en medio de la masa negra de los bosques que volvía a cerrarse sobre ellas. Pero desde arriba no se oía nada, sin duda se oía únicamente el zumbido del motor y no la música que nosotros oíamos. No se oían las toses ni el ruido de los zuecos en el barro. No se veían las cabezas que miraban hacia arriba, hacia el ruido...”

Robert Antelme  (La especie humana).



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