miércoles, 5 de marzo de 2014

“Brassaï”. 1958 / Roland Penrose



Decir que Brassaï es más poeta que fotógrafo es quedarse corto. Todos los fotógrafos que miran y perciben el mundo con un entendimiento y discernimiento que superan en agudeza a la visión aletargada que tenemos todos los demás no pueden sino tener cualidades propias de un poeta.
Brassaï empleaba también otros modos propios, para transmitir sus observaciones y emociones a los demás. En sus dibujos, publicados junto a un largo poema de Jacques Prévert, su mano hábil transmite vigorosamente sus emociones sobre a las mujeres y la calidez tangible de su carne. Sus dibujos son exposiciones instantáneas y cándidas de la realidad. Asimismo, escribió poemas que sondean los secretos de la vida cotidiana para revelarlos a la luz de la verdad. Cualquiera que fuera el medio empleado se preocupaba por aquellos con quienes compartía la carretera, el aire y el pan, haciendo suyas sus pasiones, ansiedades y desilusiones. Su asistenta, Marie Mallarmé, protagonista de su obra “Histoire de Marie” (Historia de Mariel comparece ante el juez con una “realidad” fotográfica. “Pero si yo no sé desviar correctamente mis palabras y frases –alegaba ella-, no soy abogada” Su lenguaje, al igual que la cámara, transmite realidad del mismo modo crudo y libre de censura.

Sin embargo, es la cámara fotográfica –con su poder de interpretación automática, su capacidad para capturar la realidad con la ayuda de la luz –la que elige Brassaï como su más fiel compañera y aliada en su búsqueda. Para él, la fotografía no es un arte, es el anzuelo con el que saca de sus escondites las maravillas que están sumergidas en los ríos del tiempo y el espacio. Con cada toma, extrae una nueva imagen, arrancada a las tinieblas, que reconocemos como verdadera y vital. Una imagen capturada viva, la mirada clavada, sin aliento, con el brillo que le da el halo del entorno en que vive.



Las paredes de París tienen voces propias, que hablan múltiples idiomas: los mensajes que más despiertan nuestra curiosidad son casi siempre anónimos. Cada calle tiene nombre, cada casa está numerada, pero cada superficie de piedra, ladrillo o yeso leproso es el testigo insigne de la labor y el pensamiento humanos. En la repetición interminable de detalles que desafían a la mirada y la vuelven insensible, Brassaï descubre mensajes únicos que presentan la paradoja de pertenecer al ámbito de lo eterno y a la vez de ser tan efímeros como un saludo entre extraños. Son signos llenos de misterio, son la exteriorización urgente y ostentosa del orgullo y el deseo, o una advertencia secreta escondida en un oscuro mensaje codificado. Son juegos en los que puede participar quien lo desee o, al contrario, un juego solitario en el que uno consigue con paciencia convertir una superficie inerte en el espejo vivo de la imaginación. Brassaï captó todas estas voces y, al ofrecérnoslas, adecuadamente reproducidas, nos transmite su existencia en su más pura vivacidad.



Los signos escritos en las paredes expresan el triunfo o la desesperación: al igual que las arrugas que marcan un rostro, evidencian las emociones escondidas. Brassaï, “laoeil de París”, como le llamaba Henry Miller, mira más allá de la superficie. Estudia los tejados, los árboles, las aceras de la ciudad empapadas por la lluvia, pero también nos acerca al brillo o a la banalidad de sus interiores, ya sean públicos o privados. Conoce a los enamorados, los niños, los obreros, los mendigos; es decir, a la humanidad de la ciudad. También están sus propios amigos.


Como muchos parisinos, no había nacido en la capital francesa. Tampoco era sólo lo que se piensa que es –un fotógrafo llamado Brassaï-. Eligió este nombre por la ciudad donde naciö –Brasov- que, en el momento de su nacimiento, el 9 de septiembre de 1899 a las 9 horas de la tarde, era húngara y no rumana como hoy. Aunque estudió durante dos años en la Escuela de Bellas Artes de Budapest y después en Berlín, no se hizo pintor. Tampoco se quedó en la Europa central, sino que se fue a París. Ya había cumplido los treinta cuando empezó a manejar una cámara fotográfica. Entre sus mejores amigos, figuran los poetas André Bretón, Paul Éluard, Jacques Prévert y Henry Miller. Ha colaborado con Picasso, Matisse, Braque y otros muchos pintores. Su obra publicada, muy famosa en Estados Unidos, Inglaterra y el resto de Europa, incluye volúmenes de sus dibujos y poesía. El abanico de sus talentos estaba a la altura de su apasionada curiosidad.

Roland Penrose

(Del catálogo: “La subversión de las imágenes”)



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