sábado, 1 de marzo de 2014

De qué escribir / Miguel Sánchez-Ostiz







De qué escribir. Hace un año me hice esta misma pregunta y mi respuesta, que está en Con las cartas marcadas, era poco más o menos «de lo que tengo delante de las narices», es decir, de lo que veo y padezco, junto con muchos otros, mis iguales o no; escribir por tanto de todo aquello que es noticia efímera, caduca, y que me irrita y provoca un malestar social menos generalizado de lo que parece y con limitadas consecuencias prácticas.
Esas líneas o esas páginas venían a continuación de haber escrito y publicado El asco indecible, una serie de comentarios urgentes sobre lo que íbamos viviendo en este progresivo deterioro de una sociedad democrática y su reconversión en un régimen corrupto y policiaco. Ahora, a la vista del evidente deterioro social y político, y del aluvión de noticias sobre hechos ominosos que salen a la luz un día tras otro y te hacen pensar en cuánto será lo que permanece oculto,  me hago la misma pregunta y ya no sé si contestar lo mismo que hace un año, más que nada porque si bien está todo muy dicho, está todo muy poco hecho.



Dudo mucho que esta situación que vivimos tenga un arreglo por medio de las urnas a corto o a medio plazo, el mismo tiempo en que nuestra vida pública se puede deteriorar de manera irreversible, y también la privada, en la medida en que aquella la afecta.  En la tierra en la que vivo sé que nos viene encima una burla política sonada que hace de la autonomía democrática una farsa.¿Seguir en esa trocha por obligación? No, lo haré por no dejarles en paz, pero como yo quiera, no al dictado de nadie ni de nada.

Lo mismo me pregunto por lo que se refiere a la memoria histórica. Voy viendo que junto a gente que da lo mejor de sí misma, con generosidad, sentimiento, entrega, hay profesionales de la política, pertenecientes a la nueva casta patricia, que sacan réditos personales sobre las espaldas de las verdaderas víctimas de la guerra y del franquismo: un sistema de sectas y pequeños reinos de taifas que cuando menos apestan. De escribir algo nuevo, lo haré también sobre ellos y sé que no les va a gustar.
Me pregunto qué ganamos señalando un día tras otro las andanzas del oputarra Fernández Díaz, denunciando en balde las trastiendas del ministerio de Defensa, las leyes Mordaza y de la matonería, la injerencia grosera  de la iglesia, el poder efectivo de la banca y de las transnacionales que hacen de la soberanía nacional y del sistema democrático un guiñol perverso, el enésimo caso de corrupción institucional, la patraña como sistema político, en tu pueblo y fuera de él, los abusos policiales, las trapisondas judiciales, una monarquía de guiñol podrido… Llevamos dos años, o más, con este menú del día y seguro que yo no soy el único que sospecha que tenemos para rato,
¿De qué escribir, entonces? ¿Del bandidaje practicado por el partido en el gobierno? Bien, sí, ¿Y? ¿Hoy, mañana, pasado mañana… en dónde, con qué alcance? Mejor no olvidar que el círculo de tus lectores va hasta donde va, en un ámbito por fuerza reducido el mío. ¿Para satisfacer tu ego recogiendo el aplauso de tus amigos o de una parroquia de ocasión? ¿Para dormir mejor? ¿Para arrimar agua al molino de quién? ¿Por militancia? No tengo ni la voy a tener jamás. Más de diez años de artículos semanales críticos y combativos parecen ser suficientes, pero no, no lo son, sobre todo para mí, algo me impulsa a no callarme. Esa brutal realidad que vivimos se impone de manera grosera, pero no puede abducir y agotar toda mi capacidad de escritor, no puedo perder en ello lo que es mi mundo literario que igual ya ni existe o está arruinado, pero esas ruinas me siguen pareciendo valiosas, sin ellas no estaría hora escribiendo esto. ¿Compromisos? ¿Con quién, con qué? Conmigo mismo o mi conciencia en todo caso… Sin olvidar que tener o dejar de tener algo que decir en ese terreno de lo público depende más de tus lectores y de quien te lo bendice y aprueba, que de lo que pienses y de cómo lo expreses. Y casi peor que escribir al dictado de nadie, es hacerlo en busca de su beneplácito y aplauso.



No es esta una declaración de principios ni de fines ni de nada, es una carta de dudas y perplejidades, sin más. Para qué dar explicaciones a quien no las entiende porque no puede y sobre todo no quiere.
¿De qué escribir, insisto? Miren, a cierta edad, cuando empiezas a verle las orejas al peor de los lobos, escribes de lo que te da la gana, sin servidumbres ni militancias, lo haces donde te dejan y te puedes dar con un canto en los piños que te queden si todavía tienes lectores. Las cosas como son, carajo.

Miguel Sánchez-Ostiz



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