viernes, 21 de marzo de 2014

El laberinto de algunos premios literarios/ Josep Mengual




Los premios literarios son un poco como la lluvia: nunca caen al gusto de todos. Sin embargo, más allá de las recurrentes y ya acostumbradas querellas acerca de la pertinencia o no de premiar a determinada obra o autor, otras polémicas más delicadas han salpicado a casi todos los premios importantes (y no parece que vayan a dejar de hacerlo).


Uno de los premios literarios españoles más importantes y prestigiosos, el Nadal, nació ya con polémica, en la que César González-Ruano tuvo un papel protagonista. Instalado desde  septiembre de 1943 en Sitges, y amigo personal del grupo de hombres de letras que se movían alrededor de la revista y editorial Destino (Juan Ramón Masoliver, Carlos Sentís, Rafael Vázquez Zamora, Ignacio Agustí…), en cuanto supo de la creación del premio Ruano se ofreció a Ignacio Agustí a ganarlo con el argumento de contribuir de este modo a darle mayor empaque, cuando en realidad el objetivo del galardón era descubrir nuevas voces que renovaran el panorama literario español. Según cuenta Sergi Doria en su biografía Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza, cuando “un Ruano tan seguro de su carisma como ahogado por las deudas insinúa la posibilidad de firmar ya un contrato privado donde se consigne el anticipo a cuenta de cinco mil pesetas del premio”, Agustí “echa balones fuera”, y cuando Ruano insiste con la misma propuesta ante quien se encontraba al frente de la editorial, José Vergés, éste echó a Ruano con cajas destempladas. Es bien sabido que ese primer Premio Nadal lo obtuvo Carmen Laforet por la novela Nada, pero lo que en realidad indignó a Ruano fue que, además, la prensa que había hecho el seguimiento del premio le había señalado como principal candidato a llevárselo, e incluso en el madrileño Café Gijón se daba ya por hecho. Eso acabó con la amistad e incluso con toda relación entre Agustí y Ruano.


En la estela del Premio Nadal, el editor barcelonés Josep Janés creó en 1946 su Premio Internacional de Primera Novela, en el que uno de los platos fuertes era el renombre de los miembros del jurado (de Somerset Maugham a Salvador Dalí, pasando por Eugenio d´Ors, Walter Starkie o John Knittel). Si bien en aquellos años el hecho de obtener un galardón era un arma empleada a menudo para presionar a la censura a autorizar determinadas novelas, a Janés la jugada le salió fatal. Obtuvieron el premio o fueron finalistas las primeras obras de autores tan importantes hoy como Francisco González Ledesma o Antonio Rabinad, pero la censura se cebó con particular saña en sus obras, que consideró impublicables y tardarían muchos años en ver la luz.
En 1958, donde hubo escandalera sonada fue en el Premio Ciudad de Barcelona, que se concedía a obra publicada o en proceso de publicación. En aquella convocatoria se interpretó que no se premiaba la novela Desiderio. La ceniza fue árbol de Ignacio Agustí –a quien sólo defendía un miembro del jurado (Sebastià Juan Arbó)– como un desaire al autor. Eso daba muchas posibilidades a Francisco Candel, que había presentado Donde la ciudad cambia su nombre (publicada por Janés). José María Castillo Navarro contaba con el apoyo de Mercedes Salisachs; Manuel Vela Jiménez con el de Luys Santa Marina, y parece que quien estaba destinado a desequilibrar la balanza era el novelista y editor Mario Lacruz. Candel decidió no asistir a las tradicionales deliberaciones del 26 de enero, pero se enteró por la radio de que su novela no fue eliminada hasta la penúltima votación, tras la que se premiaría Las uñas del miedo, de Castillo Navarro, y como finalistaLos dineros del diablo, de Manuel Vela Jiménez. Corrió el rumor, y Candel lo puso a posteriori por escrito, que “después de la antepenúltima votación se levantó Luys Santa Marina y dijo que se tenía que eliminar a aquel analfabeto de barrio. El Santa Marina andaba inspirado debido a los efluvios o vapores de una buena cena. Dio algún puñetazo sobre la mesa. Los demás se acoquinaron y la novela de Candel fue eliminada. El Sebastià Juan Arbó se marchó cabreado antes de finalizar el acto”.


Aun así, quien busque escándalos en los premios literarios, donde tiene un filón es en el Planeta, que ha acabado por convertirlos en marca de la casa e incluso en uno de los principales reclamos periodísticos. Ya en 1962, entre 178 obras presentadas, un jurado formado por Ignacio Agustí, Joaquín de Entrambasaguas, Ricardo Fernández de la Reguera, José María Gironella, Sebastián Juan Arbó, Carmen Laforet, José Manuel Lara y Manuel Lombardero (secretario) eligió como vencedora una novela de Concha Alós (El sol y las bestias). Lo que al parecer desconocían todos ellos es que, con el título Los enanos,Alós tenía comprometida ya con la colección de Plaza & Janés Selecciones Lengua Española que dirigía Tomás Salvador (ganador del Planeta en 1960, por cierto), quien montó un escándalo de proporciones notables en cuanto se anunció el fallo: “¡Llevaré al Juzgado a Concha Alós! Su libro lo tengo yo contratado”, bramó en medio de la ceremonia (cabe recordar que tenía graves dificultades auditivas). Plaza & Janés publicó finalmente la novela de Alós ese mismo año 1962, pero, como era de suponer, el asunto se resolvió al estilo Lara: Alós ganaría el Planeta en 1964 con Las hogueras, y todos contentos. Luego se supo que Concha Alós había presentado esa misma novela, con títulos distintos, a tres premios.



Tanto la entrada como la salida de Juan Marsé del Premio Planeta también fue acompañada de cierto ruido. En 1978, año en que se premió La muchacha de las bragas de oro, su llegada a ultimísima hora en el Princesa Sofía acompañado de José Manuel Lara Bosch, y vistiendo informalmente en un salón del Princesa Sofía en el que todos vestían de rigurosa etiqueta, causó sensación y fue ampliamente divulgada. Más todavía lo fue la fotografía del presidente de la Generalitat, Josep Tarradellas, entregándole con toda solemnidad el premio a alguien vestido con cazadora amarilla. Con el tiempo, Marsé se integraría en el jurado del Planeta, y en 2005 volvió a dar la nota al comentar en público el escaso nivel y los fallos narrativos, tanto de la novela ganadora (Pasiones romanas, de Maria de la Pau Jané) como de la finalista (Y, de repente, un ángel, de Jaime Bayly). La cosa podría haber quedado ahí, pero dos días después dimitió como miembro del jurado e hizo público un comunicado al respecto que dejó a todos un poco atónitos.


Aun no era miembro del jurado Juan Marsé cuando en 1991 el Planeta se le otorgó a Antonio Muñoz Molina. También esa edición del premio generó una corriente subterránea de chismorreos acerca del hecho de que un autor como él se prestara a contribuir a la campaña emprendida entonces por la editorial de Lara para dar una pátina de prestigio literario al galardón. Los premios a Torrente Ballester (1988), Soledad Puértolas (1989) y Antonio Gala (1990), y posteriormente a Vargas Llosa (1993) y Camilo José Cela (1994), los ha inscrito la rumorología del sector editorial en esa misma campaña. Hasta ese momento, Muñoz Molina había ido consolidando un prestigio de independencia y honestidad artística que al aceptar el Planeta empezó a ser tímidamente cuestionada soto voce. La extensión de la novela que obtuvo el premio (El jinete polaco) era bastante mayor a la de las novelas anteriores de Muñoz Molina (Beatus ille, El invierno en Lisboa y Beltenebros), y se ajustaba en cambio a la deseable por el departamento comercial de Planeta (que se movía con la lógica de a mayor extensión, mayor precio de venta y por consiguiente mayores beneficios). Eso bastó para que se oyeran susurros de “encargo”. También es cierto que volvería a la novela extensa en obras como Plenilunio(1997), Sefarad (2001) y particularmente La noche de los tiempos (2009), y que El jinete polaco obtendría el refrendo del Premio Nacional de Narrativa.


En 1994 el premio vino marcado por las declaraciones de Miguel Delibes y Ernesto Sábato en el sentido de que les habían propuesto el galardón por obras que no estaban ni siquiera escritas, propuestas que ambos rechazaron. Ese año se llevó el galardón Camilo José Cela, quien en la multitudinaria rueda de prensa posterior declaró acerca de otro de los grandes premios literarios españoles, el Cervantes: “Está lo suficientemente desprestigiado y cubierto de mierda” como para no importar lo más mínimo. Como no podía ser de otra manera tratándose de Cela, al año siguiente asistía al Paraninfo de la Universidad de Alcalá para, en un acto presidido por el Rey, recibir de sus manos el Cervantes.


En 2012, fue Javier Marías, que ya había anunciado en más de una ocasión que no aceptaría premios institucionales, quien protagonizó cierto revuelo al rechazar el Premio Nacional de las Letras por su novela Los enamoramientos. Sin embargo, como él mismo reconocía en el comunicado que emitió en ese momento, en 1979 había aceptado el Premio Nacional de Traducción (por la de Tristam Shandy, de Laurence Sterne).


El año siguiente (2013), la aceptación por parte de Muñoz Molina del Premio Jerusalén, de manos de Simon Peres, volvió a poner a este autor en la picota, por entender algunas organizaciones que aceptarlo era poco menos que contribuir a una campaña de imagen del Gobierno israelí y que el escritor era víctima de una manipulación política que pretendía encontrar avales a la política israelí contra el pueblo palestino. Al margen de las muy comprensibles peticiones de la Red Solidaria contra la Ocupación de Palestina y de la Campaña Palestina de Boicot Cultural y Académico contra Israel, no es fácil olvidar la reputación y la solvencia de los nombres de los intelectuales que se movilizaron y firmaron una muy conocida carta abierta en que se le pedía que renunciara a recibir el premio (Stéphane Hessel, Roger Waters, John Berger, Ken Loach, Luis García Montero…). En ese texto se señalaba, por ejemplo, que acudir a recoger el premio contribuía a “legitimar la ocupación y el apartheid en Palestina”.


El último episodio de esta cadena de polémicas se generó el 1 de marzo de 2014, cuando el periodista de La Vanguardia Josep Massot tuiteaba la siguiente “apuesta”: “¿Alguno de los premiados en el González-Ruano renunciará al premio? Muñoz Molina, Savater, Edwards…”. A los nombres mencionados por Massot podrían añadirse los de otros premiados insignes: José Luis Garci (1989), Vicente Verdú (1996), J. J. Armas Marcelo (1993), Pérez-Reverte (2003), Felix de Azúa (2011)… El motivo del envite de Massot fue la inminente publicación en Anagrama de El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, de Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas, en que se ponen al descubierto las inmorales trapacerías del periodista y escritor que daba nombre el premio instituido por la Fundación Mapfre (que después de leer dos capítulos del libro vetó a sus autores el acceso al fondo González-Ruano que conservan). Muy oportunamente, y coincidiendo con el proceso de investigación de Sala Rose y Garcia-Planas, se decidió el cambio de nombre del galardón a Premio Mapfre de Relato Corto. No es difícil imaginar el cambio de nombre a la naturaleza de las revelaciones de El marqués y la esvástica, en el que, además de acreditar la condición de Ruano de escritor al servicio de la propaganda de Goebbels, se documenta cómo se aprovechó, engañó, robó e incluso puso en el camino de una muerte más que probable a muchos judíos atrapados en el París ocupado por los nazis.

Josep Mengual

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1 comentario:

  1. Mires para dónde mires, todo huele a podrido, en Cataluña solemos decir "no n'hi ha un pam de net" (no queda ni un palmo que esté limpio), Estando como está el patio como podemos pensar que los premios literarios estén inmaculados. No, nada de esto, y mucho menos cuando se manejan cantidades importantes y derechos muy dotados. Las grandes editoriales son multinacionales donde sólo importa la cuenta de resultados y la calidad literaria es puera anécdota. Interesa la literatura espectacular y el escritor mediático y banal.
    Salud
    Francesc Cornadó

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