viernes, 14 de marzo de 2014

Francis Scott Fitzgerald (Mi ciudad perdida)




“Dos años más tarde, en el oscuro otoño, volvimos a ver a Nueva York. Pasamos por entre unos agentes de aduana curiosamente corteses, y luego, con la cabeza inclinada y el sombrero en la mano, crucé caminando con reverencia el retumbante sepulcro. Entre las ruinas jugaban unos cuantos fantasmas infantiles para mantener la apariencia de estar vivos, traicionando con sus voces afiebradas y sus mejillas tísicas la transparencia de la mascarada. Los cócteles, vacíos sobrevivientes de los días de carnaval, repetían como un eco el lamento de los heridos: “Péguenme un tiro, por el amor de Dios, ¡alguien que me pegue un tiro!”, y los gemidos y los llantos de los agonizantes: “¿Vieron que el Acero Norteamericano ha bajado otros tres puntos?” Mi peluquero había vuelto a trabajar en su local; nuevamente los mozos jefes se inclinaban para llevar a la gente a sus mesas, si es que había alguien a quién llevar. Desde las ruinas, solitario y misterioso como la Esfinge, se erguía el Empire State Building, y, tal como antes solía subir a la terraza del Plaza para despedirme de la hermosa ciudad, que se extendía tan lejos como alcanza el ojo, subí ahora a la terraza última y a la más magnífica de las torres. Entonces comprendí; todo se hizo claro: había descubierto el error soberano de la ciudad, su caja de Pandora. Lleno de jactancioso orgullo, el neoyorquino había subido hasta aquí y visto con espanto lo que jamás sospechara: que la ciudad no era esa interminable sucesión de desfiladeros que él había supuesto, sino que tenía límites; desde la más alta de las estructuras vio por primera vez que se desvanecía en el campo por todos sus lados, en una extensión infinita de verde y azul. Y con la espantosa revelación de que Nueva York era después de todo una ciudad y no un universo, el reluciente edificio que había surgido en su imaginación se vino entero al suelo y se hizo polvo. Ese fue el temerario regalo que Alfred W. Smith hizo a los ciudadanos de Nueva York.

Así me despido de mi ciudad perdida. Vista desde el ferry en las primeras horas de la mañana, no susurra ya palabras acerca de fantásticos éxitos y de la juventud eterna. Las bulliciosas matronas que hacen cabriolas frente a sus plateas vacías no me sugieren la inefable belleza de las muchachas con quienes soñaba en 1914. Y Bunny avanzando confiado con su bastón hacia su claustro, se ha convertido al comunismo y se indigna por los males que sufren los obreros sureños y los campesinos del Oeste, cuyas voces no habían penetrado hace quince años los muros de su estudio.
Todo se ha perdido…”.

 Francis Scott Fitzgerald, (Mi ciudad perdida)



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