domingo, 9 de marzo de 2014

La balsa / Marina Garcés





En recuerdo de los 15 cuerpos obligados a ahogarse en nuestro mar, rastro clamoroso de los innumerables que desaparecen en silencio cada día.

Las instituciones se agrietan y nosotros ya corremos a salvarlas del desastre y a pensar como renovarlas. Extraño, si pensamos en tantos años de crítica anti-institucional, del 68 hasta ahora. Pero normal, si recordamos que algo de lo que tiene que ver con las instituciones que ahora caen también era nuestro, aunque nos hayan sido expropiadas.

Que cualquiera, que uno cualquiera, pueda acceder a la mejor medicina, que haya escuelas abiertas a la alegría y el deseo de aprender de los niños de cada barrio, que la justicia responda al agravio del más desprotegido, que los políticos puedan ser apoyados o cambiados por la gente con su voto, que haya convenios laborales o que determinados servicios estén garantizados, no son sólo las prebendas de un pacto a cambio de paz social. Son los sueños, los principios y las necesidades por las que mueren y luchan, todavía hoy en todo el mundo, muchos hombres y mujeres.

Conocemos la historia de la instrumentalización de estas conquistas y de estas luchas. Conocemos la recomposición del poder a partir de la lucha colectiva. Sabemos cómo acaban los sueños. Es por ello que en estos momentos muchos nos encontramos entre el estado de alerta y la paradoja. Estado de alerta, por un lado, para no volver a caer en la trampa, en la trampa de repetir la historia inyectando sangre e ideas nuevas a un sistema que finalmente siempre fortalece los mismos órganos. Somos hijos de las conquistas que nos han dado una vida relativamente digna, pero no somos esclavos de sus límites ni de sus chantajes. No queremos restaurar el sistema. Esto nos obliga hoy, por otra parte, a movernos en el terreno de la paradoja: entre el adentro y el afuera, la institución y los movimientos, la espontaneidad y la organización, la construcción y la destrucción, la estabilidad y la movilidad, la solidaridad y el antagonismo.




Las paradojas son aquellas relaciones entre dos términos que no tienen solución ni término medio. Los dos extremos de la polaridad se deben mantener en una relación de unidad activa, tensa, irresoluble, en continuo desplazamiento. Cualquier intento de romper la paradoja y recuperar la coherencia de uno de sus polos es una victoria del poder y de su lógica de la identidad: o dentro o fuera, o en la institución o con los movimientos, o estable o móvil, o espontáneo o organizado, etc. Mirada policial, mirada metafísica: principio de no contradicción que encierra y recompone el campo de los posibles.

Para sostener la paradoja, para pensar lo posible contra lo posible, no se necesitan fórmulas sofisticadas e impronunciables, como ensayó en algún momento la filosofía deconstructiva y postmetafísica. Hay imágenes potentes y sencillas que nos dan la pauta de una radicalidad concreta y practicable, de una posición que se levanta y se moviliza subvirtiendo los marcos dicotómicos del poder. Una de ellas es la de la balsa, con la que el pedagogo francés F. Deligny explicaba sus prácticas educativas en los márgenes del sistema educativo, del lenguaje y de la civilización*. Eran prácticas que no se ponían ni dentro ni fuera y que atravesaban la dicotomía del riesgo o la seguridad, el delirio o la legitimidad. No buscaban ponerse en contra, sino hacer la vida verdaderamente vivible y con ello creaban su propia navegación.
“Una balsa ya sabeis cómo está hecha: hay unos troncos de madera atados entre ellos de tal manera que quedan bastante holgados; así, cuando les caen encima montañas de agua, el agua pasa a través de los troncos separados. Por eso una balsa no es un barco. Dicho de otra manera: nosotros no retenemos las preguntas. Nuestra libertad relativa proviene de esta estructura rudimentaria y yo creo que quienes la concibieron -me refiero a la balsa- lo hicieron tan bien como pudieron, cuando de hecho no estaban en condiciones de construir una embarcación. Cuando llueven los interrogantes, nosotros no cerramos filas -no juntamos los troncos- para constituir una plataforma bien concertada. Todo lo contrario. Del proyecto sólo retenemos lo que nos vincula a él. Podéis ver aquí la importancia primordial de los vínculos y la atadura, así como de la distancia que los troncos pueden tener entre sí. El vínculo debe ser lo suficientemente holgado pero que no se suelte”.


Vínculo y separación. Estructura y fragilidad. Superficie de navegación por encima y por debajo de la línea de flotación. Supervivencia y temporalidad. La balsa es la imagen viva de una colección de paradojas muy simples en las que se pone en juego la vida del náufrago. Nuestro naufragio no apunta, quizás, a la supervivencia de cada uno de nosotros, pero sí a la dignidad de nuestra vida colectiva, dentro y fuera de nuestras fronteras, de las que ni ríos ni mares conocen ni quieren saber los contornos. El texto, a pesar de su carácter metafórico, es bastante explícito:

* Nuestra libertad relativa depende de esta estructura. Libre no es quien se lanza a mar abierto sino quien es capaz de elaborar el dispositivo y las relaciones necesarias para dejar la orilla sin ahogarse.

* La balsa es una tecnología rudimentaria, reapropiable y replicable que se construye allí donde se necesita y según el medio en que se hace imprescindible. En su simplicidad, al alcance de cualquiera, se juega el todo o nada de la navegación.

* El agua pasa a través del troncos separados. No cerramos filas ni retenemos las preguntas. Cuanto más rígido es un barco, más fácilmente se rompe. La fuerza de la balsa está en el modo en que se deja atravesar sin perder su esqueleto mínimo.

* Los troncos están ligados de modo que queden holgados. Sólo así no se sueltan. El vínculo es la separación. La mejor proximidad, la distancia que deja acompasar libremente el movimiento a cada componente.

* Del proyecto sólo retenemos lo que nos vincula a él. Las balsas se construyen y se usan para salvarse, para desplazarse y para llegar a nuevas orillas, pero luego se abandonan. Nadie se queda en una balsa para siempre. Abandonadas cuando ya no hacen servicio, los lazos se deshacen y los troncos vuelven a tierra.

La balsa es la paradoja que rompe la falsa dicotomía: o en tierra, reparando las murallas del castillo o abandonados con el cuerpo desnudo en medio del mar. Entre las grietas de fronteras, murallas y zonas vigiladas ya se cuela el agua. Una nueva institucionalidad-balsa es aquella que hoy nos debe permitir atravesar los escombros de las instituciones existentes, para ir más allá, recomponiendo , religando los troncos de lo que ya era nuestro.
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- De las balsas en educación he hablado en Sense curs, Conferencia inaugural del curso 2013-14 en la Escola Eina, y en el Pressentiment nº27
- F. Deligny, Le croire et le craindre, 1978. Citado en Deligny, F.: Permitir, trazar, ver, MACBA, Barcelona, 2009, p.42



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