domingo, 23 de marzo de 2014

Las Marchas de la Dignidad / Miguel Sánchez-Ostiz / Olga Rodriguez / Diego Cañamero




Las Marchas de la Dignidad / Miguel Sánchez-Ostiz

Hace semanas que decenas, centenares, y unos cuantos miles de ciudadanos se echaron a las carreteras españolas, con pancartas, banderas autonómicas y republicanas al hombro camino de Madrid con la sana intención de copar su centro. Objetivo cumplido. Eran parados, desahuciados, víctimas de los recortes sanitarios, de las ruinas, las privatizaciones, las estafas institucionales, currelas, jubilados, funcionarios, jóvenes… y viejos jóvenes.
Las marchas han sido ampliamente silenciadas o desdeñadas por los medios de comunicación nacionales, cuya mayor difusión, se dijo, fue la radio de onda corta de los antidisturbios. Hay que decirlo para saber quién está con quién, y quién no.



Es del dominio público que quien va más allá de los límites constitucionales es el propio gobierno del partido al que pertenece el González de los áticos que preside la comunidad de Madrid y que tiene el cuajo de comparar las Marchas de la Dignidad con los neonazis griegos. Un desvergonzado que representa a la clase responsable de esta estafa. El González de los áticos y su partido tienen mala memoria y poca o nula conciencia de sí mismos, porque quienes practican de manera asidua actuaciones no ya autoritarias en extremo, sino propias de un régimen policiaco, son ellos. Para dictadura y violencia, la suya. Un régimen que miente, agrede y viola impunemente la Constitución convirtiéndola en papel mojado. Han fundando un régimen policiaco. Que esto último no haya tenido consecuencias políticas, gracias al entreguismo social, no cambia nada… «Queremos trabajar, pero con dignidad».
Las Marchas de la Dignidad tratan, entre otras cosas, de empezar a sacudirse ese régimen, de poner en escena un verdadero cambio social. Los extremistas que decía un granuja gubernamental pedían trabajo, vivienda, sanidad, educación, servicios públicos y no negocios a costa de los menos favorecidos, libertades individuales y que la crisis la paguen quienes la han provocado… todo lo que ha sido recortado y pisoteado y que ahora mismo es el colmo de lo subversivo: «Diles que se vayan… de una puta vez».
         



Frente a esa genuina demostración popular, pacífica, democrática, la indeseable de siempre preparó un «potente dispositivo» de 1.750 uniformados en el que con seguridad no faltaron infiltrados ni provocadores no identificados, lamentablemente. No en vano estaba prevista la asistencia de observadores internacionales que en otras ocasiones han sido expulsados del territorio nacional con impunidad de régimen dictatorial, para comprobar si el derecho a manifestación se respeta en este país, algo por demás dudoso.
         Las marchas han circulado entre el apoyo popular y la hostilidad gubernamental y de clase, por no hablar de la mala fe policial que retuvo sin motivo o sin otro motivo que fastidiar, 100 autobuses. Han contado con muchos apoyos también y una eficaz organización, incluida la de abogados que aconsejan algo que ya es una rutina y que debería enseñarse en las escuelas: que hay que negarse a declarar en las comisarías si no se hace con asistencia plena de abogado con el fin de impedir abusos y que el detenido se vea amedrentado e intimidado, y declare en contra de sus intereses. Hay que dar batallas judiciales y administrativas, hay que dar batallas en todos los frentes, en la calle y en las instituciones –más fuerza y más dureza en la oposición… y en los sindicatos– sin servilismos, sin falsas maneras: «No es una crisis, es una estafa».
         No sé si estas marchas han servido o van a  servir para algo. Son un principio, eso desde luego. Más sólido de lo que parece. Creo que la ocupación de la calle, la multi ocupación, es un paso más firme que la desobediencia civil que no sé en qué puede consistir, en la medida en que los actos administrativos a los que se podía desobedece se generan con independencia de la presencia activa del ciudadano que desea rebelarse.  No pagar la luz, te la cortan; no pagar impuestos, te los detraen; no hacer la declaración, se genera automáticamente; simpas en transportes públicos, tienes la paliza y la multa aseguradas; no… ¿qué más? Me gustaría saberlo. Cuando las urnas solo justifican el abuso sistemático del gobierno, se impone una rebelión pacífica, y necesaria, y un estado de revuelta social permanente: «Sí se puede».





NOTA BENE: El artículo, publicado hoy en el Diario de Noticias, de Navarra, y en otros periódicos del Grupo Noticias, lo terminé de escribir ayer tarde poco antes de que los incidentes finales comenzaran. Es, digamos, un precedente de lo que ya publicado en este blog, hace algunas horas… imagino que el lector está ya cansado de sesudas reflexiones en torno a algo que sobre todo fue Calle.

 

Fuente: http://vivirdebuenagana.wordpress.com/2014/03/23/las-marchas-de-la-dignidad/

 

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22M: Canto de la Libertad con disparos de fondo / Olga Rodriguez


La manifestación tenía permiso hasta las nueve de la noche, pero los agentes no esperaron a que terminara para provocar su disolución. 



El carácter heterogéneo de las Marchas de la Dignidad, así como la ausencia de un gran aparato detrás en su organización, son características que hacen de este movimiento algo nuevo e imprevisible. En ellas confluyen personas de diversos colectivos y procedencias, coordinadas de forma transversal, de abajo arriba, con ganas de participar.

Lo que están reivindicando son derechos fundamentales y el empoderamiento de la gente que se ha quedado sin lugar en esta sociedad. De eso se habló ayer en las marchas.

Se pidió trabajo y techo, el pan y las rosas, el derecho a decidir de todos, la unidad de la gente afectada por esto que algunos llaman crisis, y una democracia real, con una economía al servicio de las personas.




 Hubo emoción, poesía, música y mucha dignidad. "Esto ha sido un éxito, tenemos que repetirlo de vez en cuando", decía un representante de uno de los colectivos organizadores.

La Solfónica, el coro surgido con el movimiento 15M, subió al escenario levantado en Colón, ante una marea humana que participó en la manifestación. "Nacimos con el 15M y ahora estamos aquí para unirnos a este movimiento por la dignidad", dijeron ante el micrófono.

Sus integrantes interpretaron Nabucco de Verdi y el Canto a la Libertad de Labordeta. La plaza estaba llena. La gente, mirando al escenario, cantaba o tarareaba. Eran las ocho y media de la tarde. Fue entonces cuando los antidisturbios entraron en escena y se produjo la primera carga policial. 


Los agentes irrumpieron en la concentración, avanzaron hasta la mitad de la plaza y ahuyentaron a parte de los manifestantes. Visto desde lo alto, su intervención se asemejó a la entrada de una mancha oscura, debido al color de sus uniformes, que fue apagando el ambiente colorido creado por las camisetas y chalecos reflectantes de muchos participantes en las marchas.





La Solfónica dejó de cantar, la gente levantó las manos, los integrantes del coro alzaron sus violines y partituras y todos corearon al unísono: "Estas son nuestras armas, estas son nuestras armas". De fondo, se escuchaban los disparos de las pelotas de goma de la policía. La manifestación tenía permiso hasta al menos las nueve de la noche, pero los agentes no quisieron esperar a que terminara para provocar su disolución. Alguien desde el escenario habló: 

"Recordamos a la policia que está interfiriendo un acto totalmente legalizado y que abandone la plaza, que está siendo objeto de una agresión ilegal. Estamos concentrados legalmente, hagan el favor de abandonar inmediatamente la plaza por favor, no ha terminado este acto, y está totalmente legalizado".

La gente gritó "fuera" y "vergüenza". Las mujeres de la Solfónica volvieron a cantar: "Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad". El contraste de la música, la gente huyendo y el sonido de los disparos fue una estremecedora metáfora.

Me topé en uno de los laterales de la plaza con una familia que salía corriendo asustada ante la carga. Fue así como la manifestación quedó prácticamente disuelta antes de tiempo, con una despedida atropellada. La noticia del día, la de una protesta multitudinaria en reivindicación de la dignidad, se vio empañada en los informativos de las nueve de la noche por imágenes de las cargas policiales.




En algunas portadas de los diarios de este domingo las Marchas de la Dignidad aparecen recortadas, estigmatizadas o ninguneadas. Mientras, una muerte que aún no se había producido ha acaparado más atención que las marchas.
El discurso dominante se muestra más preocupado por la restricción del uso del coche en día de manifestación que por los seis millones de parados y los tres millones de niños en riesgo de pobreza. Importan más las marquesinas y los contenedores de las calles que el medio millón de desahucios y las personas amenazadas con perder su casa. El periodismo lleva una extraña deriva.





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