sábado, 22 de marzo de 2014

Once cromos de fútbol / Marta Sanz





1. A un hombre le ha salido un grano en la frente. El grano es un balón de fútbol y la imagen, firmada por el dibujante El Roto, se titula “El tumor”. Comparto el mismo prejuicio ideológico. Procuro ser honesta y confieso: ése es mi
punto de partida.

2. Aludo de pasada a la obscenidad económica del fútbol. Negocietes inmobiliarios, contratos fraudulentos, inversiones. A quién y qué pagamos al consumir fútbol. Y lo peor de todo: cómo ese modelo de espectáculo y negocio se quiere aplicar a otras manifestaciones culturales para aniquilarlas a partir del principio de la oferta y la demanda. Vean los comentarios de los troles que analizan en los periódicos digitales el fenómeno del cine español.

3. La imagen de El Roto podría haberla protagonizado una mujer. La feminización del fútbol espectacular resume el sesgo que a veces adquiere el feminismo en nuestras sociedades: no se trata de inaugurar un discurso anticapitalista
y emancipador, sino de celebrar despedidas de soltera en un boys con una diadema-polla, ser una jefa viril y competitiva, leer el Marca. En el fútbol los gays son los cristianos de la catacumba.

4. El Roto y yo somos antiguos. Para muchos, la normalización del gusto desprejuiciado por el fútbol refleja la normalización de placeres pequeños demonizados por la izquierda a lo largo de la dictadura como símbolos del franquismo. Para no ser puritana, la izquierda reivindica copla, toros, anisete, feria de abril y fútbol. Que se me paren
los pulsos. Yo me quedo con la copla. Indiscutiblemente.




5. La normalización de los pequeños placeres tolerados por el régimen asume que, tras el rodillo de la Transición, se han limado las contradicciones en la nueva España democrática. Podemos reivindicar símbolos que no nos pertenecían. Por ejemplo, la bandera rojigualda. Repita conmigo: “¡Y una leche!”

6. La intelectualización de los placeres pequeños les hace perder gracia: el fútbol no es poesía. Valdano debería ir a la cárcel como sumo sacerdote de una sacralizada retórica del fútbol, el tecnicismo y “la profundidad de análisis” aplicada a un sofisticado toque de empeine. El fútbol son 22 pegándole patadas a una pelota mientras en cualquier rincón del mapamundi alguien se comunica a través de una camiseta con el dorsal de Piqué. El fútbol es la lengua franca de la globalización. La lengua franca de la globalización es el merchandising. Apliquen la lógica de si p entonces q.

7. El fútbol son niños entusiasmados en el patio de un colegio, sudando como pollos, detrás de una pelota o un trapo atado. El fútbol es la redención de las favelas. Con el éxito de los futbolistas de éxito se consagra el mito capitalista
del self made man: la humilde extracción social de Cristiano Ronaldo en Madeira, mamá limpiadora y papá borracho, el chico que con su esfuerzo –el de la gran víscera de su corazón– consigue mantener a la familia, pagar un vientre de alquiler, tener una novia modelo, comprarse unos pendientes, convertirse en icono de una marca de calzoncillos…
Qué buenos son el espíritu de superación y la sana competencia: esos valores que llevan a los atletas a hacer campaña con el PP.




8. El self made man, hombre que medra, difícilmente podrá ser un investigador de la mitocondria o la epéntesis. Al investigador lo han dejado sin becas y sin prestigio social. Como a los actores: el 72,9% no puede vivir de su trabajo.
Los niños españoles quieren ser un cocinero de Master Chef. O Jorge Javier Vázquez. O Iniesta que, nadie sabe por qué, es muy buen chaval.

9. Pan y circo. Pan y toros. Pan y fútbol. El deporte, como la cultura, se convierte en espectáculo de masas. Los deportistas son hologramas que salen en los anuncios: niños obesos, aunque probablemente desnutridos, los
observan en sus televisores mientras se comen un sándwich de fuagrás industrial. Los futbolistas copan los programas del corazón. Los informativos. Uno acaba sabiendo de fútbol aunque no quiera. El fútbol sería un entretenimiento legítimo –inofensivo nunca– si no fuera tupido velo. O la caja a la que tiramos el sapo y la culebra, la insatisfacción. Violencia en los estadios. Pepe se suena los mocos contra el careto del oponente. O le pisa la cabeza. Hay quien se hace del Barça para sentir que gana. O del Atleti para impostar la pose del que sabe perder. Y es popular.

10. En las sociedades del individualismo radical, los hikikomoris y los corazones solitarios que ligan por internet,
necesitamos vivir la ficción de estar hermanados. De que somos muchos y formamos parte del mismo corazón. Tolón. Tolón. Las victorias futbolísticas sacan lo peor de una épica patriótica que nos retrotrae a la caverna. Casillas canta “Y viva España” con Manolo Escobar. Nos transformamos en turbamulta: “Yo soy español, español, español…” Ondea en Colón la bandera. Reivindicamos símbolos de significado espeluznante. Vivimos una fantasía de comunidad que nos aparta de las verdaderas experiencias de comunidad. Como cuando pensamos que
somos “activistas” por firmar peticiones de Amnistía Internacional por Internet.




11. Disfrutamos como niños en una sociedad que nos trata como a niños. Vemos El hormiguero. Nos acordamos de
Heidi. Llevamos en el bolsillo un peluche del pulpo Paul. Y, sin embargo, qué saludable es el golpe de muñeca del futbolín, la golfería de los billares, la rebeldía, los botellines o las rodillas despellejadas de un niño al que, de verdad de la buena, le gusta jugar.

Marta Sanz es escritora




***