sábado, 29 de marzo de 2014

Periodismos (y 2) Gregorio Morán





La Vanguardia el 22 marzo, 2014 

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El libro de Saviano resulta conmovedor en su evidencia. No sólo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta
Si mi intención en el primer artículo dedicado al periodismo se limitaba a mostrar una manipulación, enmascarada en un juego, sembrar desconcierto sobre el hecho más inquietante de la transición, el 23-F, el segundo capítulo y último de esta serie de acercamiento al periodismo que se hace hoy día pensaba dedicarlo al napolitano Roberto Saviano y su estremecedor libro sobre la cocaína titulado Cero Cero Cero (Anagrama).
Aunque a más de uno le llame la atención y para evitar esos comentarios que genera la ignorancia, debo contar algo de la cocina periodística. Por razones difíciles de entender pero muy fáciles de explicar, de un tiempo a esta parte los columnistas de opinión debemos entregar nuestros artículos el jueves para facilitar que puedan salir el sábado. Esa distancia de 24 horas, tan importante en un diario y que es lo que lo hace diferente de un semanario, puede tener consecuencias imprevisibles, como son las de este caso.
Cuando pensé en la serie y empecé con la manipulación sobre el 23-F no tenía ni idea de que el destino iba a poner ante mis ojos una oportunidad periodística única: la entrevista entre un chico de Cornellà de Llobregat, con la formación y la cultura de oídas de los pulpos en los garajes, y un tipo bragado, que sabe lo que es escribir, hablar y pelear en lugares inimaginables para un chaval formado en la España de la transición. Por cierto, con el detalle añadido, de que Roberto Saviano es cinco años más joven que nuestro colega autóctono, cosa que no se percibe en el aspecto físico; todo lo contrario, ser una vedette mediática ayuda a conservarse, ser un perseguido, multiplica tu envejecimiento. Tener una cultura es importante hasta para ser puta; y si me permiten la audacia, añadiría que en casos de oficios de riesgo, aún lo es más.
Una sorpresa. Jordi Évole entrevistaba a Roberto Saviano en Nueva York, en su condición de autor y de objetivo mafioso. Primera extrañeza que hacía chirriar la verosimilitud periodística: si la sala de grabación, con mesa de bar para seriales de bajo costo, sumado a la cámara en plano fijo, fue en Nueva York la empresa audiovisual nos ha tomado el pelo o ha perdido un montón de dinero, amén de hacer el ridículo. Aquello era Torrelodones, aunque reconozco que no tiene el mismo efecto publicitario que decir “New York”. Pero lo importante era el encuentro entre dos formas de hacer periodismo, el chico de Cornellà, el rey de la pregunta, frente al chaval envejecido a quien la vida ha enseñado a detectar a un simple a partir de la primera intervención estelar.
Fue un combate dialéctico patético y juro por mi honor que no conozco de nada a Évole, que jamás se cruzaron en nuestras vidas ni una brizna de hierba, que su estilo me cae bien porque representa una generación, más joven que la mía, y que carece de la emboscada maldad de los colegas de mi época que parecen recién salidos del convento o del consejo de administración. ¡Pero uno no hace “un viaje a Nueva York” para hacerle una entrevista a uno de los periodistas más interesantes y lúcidos del momento sin haberse leído su libro!


No tenía, lo que se dice, ni puta idea. A mí me parece normal, no hay tiempo para todo, pero siempre hay alguien que te puede hacer unos folios dignos. Momentos estelares de la entrevista: cuando Saviano le dice que España es el centro de entrada de droga más importante de Europa. Silencio. Podía haber añadido Évole que el responsable del puerto de Barcelona, un tal José Mestre, principal empresario del puerto, si no me falla la memoria, gran capo y modelo del empresariado autóctono fue detenido con alijos alucinantes. Por cierto, ¿está en la cárcel o tiene beneficios penitenciarios? Nunca nadie ha vuelto a hablar de él.
Otra genialidad, lo de ETA. “Usted, dice el agudo Évole, pasa en su libro sobre el tema ETA como de puntillas”, cito de memoria. Hay que tener unos huevos blindados para que un tipo que no ha leído el libro, que no tiene zorra idea de ETA, no haya recurrido a los archivos para saber que hubo dos crímenes de ETA, ambos en Gipuzkoa, relacionados con la droga, sobre los que se pasó por encima hace ya muchos años, porque es un tema muy sensible para “la izquierda española” –Saviano dixit– . Le faltó añadir que no hay organización terrorista, nacionalista o islámica que no trafique con droga a unos niveles difíciles de seguir: sencillamente el trueque entre cocaína y material selecto –explosivos o armas–. Las historias del IRA irlandés son legendarias. ¿A qué se van a dedicar buena parte de los exreclusos etarras, tras más de quince años de cárcel? ¿A porteros de discoteca? ¿A jardineros del ayuntamiento?
La desgana de Saviano en la entrevista era tan palpable, tan evidente, que causaba cierta incomodidad visual. Para quien ha seguido la trayectoria del napolitano desde Gomorra –hablo del libro, no de la película– sabe que se trata de un tipo brillante capaz de improvisar un monólogo en la televisión italiana de casi una hora, sin cortes, y sin las torpezas de esas realizaciones hispanas que parecen aún un residuo de la TVE de los sesenta. ¿Pero, y ese momento en el que señala que la banca en general, y la española en particular, se salvaron gracias al blanqueo mafioso? Hostia, eso son palabras mayores. No permiten que te escaquees, o lo abordas o saltas de pregunta. ¡Imagínense que llega a preguntar el audaz reportero que citara alguna entidad de aquí, no a los bancos gringos con bandera pirata!



La única sonrisa de Saviano, desganada y un tanto sarcástica, le vino al relatar que para la mafia italiana nuestra costa mediterránea, de Catalunya hacia abajo, la denominan “La Costa Nostra”. Incluso precisó que hay 50 kilómetros construidos explícitamente con el blanqueo de la droga. Seamos sinceros, resultaba un tanto vergonzoso; uno se sentía como en los viejos tiempos, cuando había que cambiar de tema antes de que te cambiaran de programa.
Y sin embargo debo insistirles en que el libro de Saviano Cero Cero Cero resulta conmovedor en su evidencia. No sólo por todo lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. No es la audacia, eso que le ha obligado a vivir durante siete años en clandestinidad, 2.300 días con escolta, que a los chicos les parece como algo desdeñable, un incidente que le lleva a la gloria. Hay una generación de analfabetos funcionales, algo inédito en la historia de la humanidad, que sueñan con la gloria al precio que sea, pero con el mínimo esfuerzo; no servirían ni como sicarios, no saben lo que es el miedo, fuera de aquella noche que se pasaron con farlopa y alcohol y condujeron diez kilómetros con la izquierda en el volante y la derecha haciéndose una paja, rodeados de jaleadores.
Lo más desasosegante del libro último de Saviano es su reconocimiento de la derrota. Ellos han ganado, aunque sólo sea porque le jodieron la vida y para siempre, mientras el público asiste al espectáculo. ¡Cuándo matarán a ese cabrón con cara de funerario! ¡Qué tristeza da este libro fino y brillante y bien hecho, como un estilete!
El lunes de esta misma semana hubo un suceso común en la carretera que lleva a Taranto, en Apulia, el sur de Italia. Los sicarios mafiosos hicieron parar el coche que conducía Carla María Forlani, 31 años. La acribillaron a ella, a su acompañante Cossimo Orlando, de 43, y al niño de tres años que este llevaba en los brazos. El arzobispo de Taranto, Filippo Santoro, se mostró indignado porque pueda “matarse con tanta facilidad” y “sin piedad”, a mujeres y niños. Los adultos, ya se sabe, son siempre susceptibles de riesgos.



Ricardo Saviano, con media sonrisa, le decía a nuestro periodista local “los españoles no tiene conciencia de la mafia”. Hubiera sido necesario ilustrarle: nosotros hubiéramos escrito: “Carla M. F. y Cossimo O. fueron acribillados en una carretera secundaria”. ¡Imagínense lo que supondría llegar más lejos y precisar qué carretera, qué muertos y qué sospechosos! Te podría meter un puro uno de esos bufetes dedicados a cubrir cadáveres y pulir fortunas.

Gregorio Morán


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