sábado, 15 de marzo de 2014

Tiempo de patrañas, de Gregorio Morán



en La Vanguardia, 8 marzo, 2014 

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Es verdad que nos matan los cánceres y la mala vida y los hábitos poco saludables, pero he llegado a la conclusión de que sobre todo nos mata el ambiente. No lo digo sólo por la mierda que respiramos, por la ciudad cada vez más invivible, por la lectura de los periódicos y esa desazón que nos dejan y que nos puede durar hasta la noche. Esta sociedad quema por dentro y por eso luego viene el bueno de tu médico para precisarte que te ha salido no sé qué y que además es maligno. Cualquiera que tenga mi edad, que haya nacido en España y que lleve años sometido a la erosión cotidiana de los patriotas –multiforme colección de funcionarios, eventuales o fijos–, con toda probabilidad no anda bien de salud.
Deberíamos exigir que igual que obligan en las cajetillas de cigarrillos a poner “Fumar mata”, hubiera que hacer lo mismo con otro montón de objetos. Los bancos, por ejemplo. Incluir un lema, en letras muy gordas, al final de los contratos: “Este documento puede tener consecuencias para su salud”. Y en los coches, y en los acuerdos laborales en precario de millares de jóvenes: “Muchacho, la firma de este papel amenaza desquiciarte”. No digamos en las oposiciones a cualquier cosa: “La organización advierte que estas pruebas pueden afectar a su estabilidad mental”. Mata más el capitalismo que el tabaco.


Volvemos a escribir mentiras como en los años más infelices de nuestra adolescencia. Por eso, después de leer la sarta de falaces boberías a la muerte de Ana María Moix decidí no asistir a su funeral. ¿Quién me iba a echar en falta? Al fin y al cabo de las dos únicas personas a las que me hubiera gustado dar un abrazo cómplice, una era la muerta, y la otra, su compañera Rosa Sénder, que estaría rodeada de tartufos y viejas glorias. Me lo he jurado. No quiero asistir a ninguna ceremonia más donde las víctimas y sus verdugos se “recompalmean y fraternulian”, que escribió Cortázar en uno de sus cuentos más singulares.
Me afectó mucho la muerte de Ana María Moix, no sólo por la amistad, por lo que había significado en mi vida al tratarse de uno de los insólitos casos de una intelectual con bondad natural, mala leche, discreción y valentía en tiempos de patrañas; las de antaño y las de ahora. Parece como si mi destino fueran las necrológicas sobre lo evidente. Cada vez que un indocumentado, que no ha leído y menos aún tratado a Ana María Moix, se pone a escribir sobre la Nena, sé que me encuentro ante un chorizo o un impostor, sin paliativos. Me parece abominable ese grado de intimidad de los verdugos, de todos aquellos que con su desdén, cuando con no su rechazo, la ningunearon hasta la ruina: ni le dieron crédito literario y menos aún trabajo. Y sobre todo cómplices de un silencio, como si aquella muchacha taciturna en un club de hombres arrogantes fuera un juguete de infancia.
“Todos eran unos marranos, así titulé mi primer libro. Tenía doce años y la vaga sensación de que alguien me había estafado”. Son las frases con las que ella abría sus versos de esa colección deleznable, que todo el mundo cita y casi nadie ha leído, que se tituló Los nueve novísimos, donde sólo quedará algún verso suelto y las imágenes de dos escritores marginales: la propia Ana María y un zumbado genialoide, Leopoldo María Panero, nuestro peculiar Hölderlin, que por eso de los milagros de la literatura permanecerá, con toda probabilidad, como el más interesante de la histórica saga de los Panero. Casualidad: murió anteayer en el psiquiátrico de Las Palmas.
Con Los nueve novísimos del Castellet de 1970 ocurre un poco como con la denominada gauche divine de la misma época. El tiempo será implacable con los supuestos protagonistas. El valor del mestre Castellet me temo quedará a la altura de su modestia intelectual; un lector de novedades italianas y francesas, con algo de impostura. Un promotor cultural que perdió el tren, o se cansó, o sencillamente se acomodó a los nuevos tiempos que preludiaba el nacionalismo que él no vio venir hasta que lo tuvo encima. ¿Habrá que recordar que fue Jesús Aguirre, futuro duque de Alba, director editorial de Taurus en los setenta, quien le animó a hacer el libro sobre Salvador Espriu? ¡Y le dio un premio!



Lo más patético del nacionalismo rampante se reduce a una paradoja: vive de un pasado que desconoce, y para no esforzarse, tarea intelectual de fuste, se ha inventado otro. Hace semanas uno de esos genios en ordeñar el erario público, Bru de Sala, escribía que Joan Triadú ¡no sólo estaba a la altura de Gyórgy Lukacs, sino que el mayor error del pensador húngaro consistía en no haber “aprendido de Triadú”! Es como el president Artur Mas llamando a Paco Candel “nuestro Mandela”, definición que merecería una explicación que no voy a hacer por autocensura dado el poso que tiene de afrikáner. Gentes formadas en la soberbia de la clase dirigente, la que se enriqueció en el franquismo y luego quemó su pasado. Ocurrió con los historiadores ideólogos: primero quemaron todas las colecciones de Arriba, el periódico falangista, depositados en los archivos de Catalunya y en el que escribían ellos o sus tíos o sus abuelos, y luego pidieron la devolución de los archivos de Salamanca de la Generalitat. Quemaron las huellas del Burgos franquista de sus padres y reivindicaron la memoria del “enemigo republicano”.
El “cofoísmo” está en la entraña de la mediocridad. Aquello a lo que hubo de enfrentarse Ana María Moix, una escritora muy superior a su adorado hermano Ramón, más conocido como “Terenci”, del que confieso no haber sido capaz de leer ni un solo libro. Un buen tipo que quería ser famoso a lo Montserrat Caballé o Isabel Preysler, sus divas favoritas.
¡Ana María Moix, cuánto te han querido cuando te has muerto! No deja de ser una siniestra ironía que en Barcelona las conferencias mejor pagadas sean las organizadas por el Consorcio de Cementerios, en comandita con la Institució de les Lletres Catalanes, que se celebran en la Biblioteca de la Colección de Carrozas Fúnebres de Montjuïc. Ni la mente más divertida de aquella generación de gozosos, nada funerarios, que fue la gauche divine hubiera imaginado evento tan surrealista. Se denominan “Letras en el Cementerio”. ¿Hay metáfora más rotunda de nuestra inteligencia autóctona? Es verdad; no es una idea de Pitarra.


La invención de la gauche divine estuvo bien mientras duró. ¿Qué tenía que ver una chica del Barrio Chino con los muchachos de Sarrià-Sant Gervasi que impulsaron el cambio filológico a Barrio del Raval, con lo que pretendía eliminar la leyenda pero no la realidad? Hubo una generación de gente rica y de izquierdas que fue muy útil para la cultura en general; oxigenaron la inmensidad gris y eliminaron el “cofoísmo”, esa fórmula paleta sobre las bondades de lo nuestro, herencia de los seminarios por donde pasó gran parte del nacionalismo hoy rampante. ¿Cómo se explicaría un grupo como Bandera Roja, que aún pide alguien que lo historie, donde los hijos de notarios y demás clases dominantes eran partidarios de la lucha armada y la dictadura del proletariado, antes de convencerse de que donde esté un buen bufete o un consejo de administración no hay ciudadano que lo resista? De la defensa de la gleba a la defensa de la ley contra la gleba, ¡y por los mismos! Seremos auténtico “bocado de cardenal” para los historiadores del futuro. ¡Pero, ay, mientras llega ese momento!
Y qué decir de la despedida. No, no hubiera querido verlo. Juanito Cruz –“más Cruz que Juan”, en frase atribuida a Octavio Paz harto del agobio de este pelota profesional de nuestra cultura–. Qué cojones pintaba en el funeral ¡y de orador mortuorio! de una escritora como Ana María Moix, un tipo que representa todo lo que ella detestaba: la impostura, la adulación y el cinismo. Mejor hubiera sido arañar del Caballo viejo, esa hermosa canción venezolana del recién fallecido Simón Díaz. Ahí está escrito y en bella copla la conclusión del sufrimiento: “porque después de esta vida no hay otra oportunidad”.

Gregorio Morán


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