domingo, 27 de abril de 2014

(1) Gabo entrevistado en 1972 / Por Plinio Apuleyo Mendoza








Gabo entrevistado en 1972
(Extractos)
Por Plinio Apuleyo Mendoza

“Necesito silencio y muy buena temperatura para escribir desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde”, dice García Márquez. El lugar donde trabaja, en su apartamento del barrio de Sarriá en Barcelona, corresponde bien a estas exigencias: un cuarto pequeño, con una ventana de planta baja que da a un trozo de césped y a una calle tranquila, de aspecto provincial…
Buena parte del cuarto está ocupado por dos muebles: una mesa mallorquina, amplia, con soporte de hierro forjado, vagamente episcopal, y un diván moderno forrado en tela roja. Todo está dispuesto en orden sobre la mesa, como, como en el taller de un relojero: carpeta, lápices, lámpara, un par de anteojos…

García Márquez tiene apenas dos años menos de la edad que siempre consideró como la ideal para un escritor: 43 años. (“45 es la edad para escribir buenas novelas”.) Hoy ha perdido el aire de argelino desamparado que tenía en París, cuando por culpa de su aspecto y de la guerra de Argelia los policías franceses lo metían a empellones en los coches celulares con demasiada frecuencia… (…)

-¿Qué hiciste de especial en ese viaje?

-Simplemente viví en el Caribe, que es el único mundo en que no me siento extranjero, y donde pienso mejor. Lo más interesante fue volver a las Antillas Menores: Antigua, Martinica, Guadalupe, Trinidad, Barbados, Curazao. Son unas islas hermosas y miserables, donde uno vuelve a convencerse de que los españoles, con todo lo que les reprochamos, son los únicos que pusieron los riñones en su empresa colonial, y los que de veras crearon un mundo nuevo. Los franceses y los ingleses no han dejado siquiera un idioma, y hay una separación radical entre los colonos y los nativos. Por un lado están los pueblos polvorientos y ardientes cuyas casas de madera se desbaratan con los ciclones, están los chinos cruzados de indios que lavan ropa y venden amuletos, y los hindúes verdes que salen de sus tiendas de marfiles para cargarse en la mitad de la calle, y por otro lado están los rascacielos de vidrios solares de los hoteles de los gringos, con su mar de topacio y sus playas privadas. Es un mundo sin términos medios.




-¿Cómo te pareció Curazao?

-Es una bella locura de los holandeses, lo único distinto de las Antillas. La ciudad es una miniatura de Amsterdam, con canales interiores de puentes levadizos, y tulipanes en las refinerías de petróleo, y casas de madera de colores muy vivos con techos para la nieve en un trópico de 30 grados. Yo llegué un martes cualquiera pero el comercio estaba cerrado y había banderas en los balcones y música en la calle, porque era el cumpleaños de la reina de Holanda a 10.000 kilómetros a través del océano. No logré convencer a nadie de que aquello no tenía sentido porque en Amsterdam ya era miércoles y el cumpleaños de la reina había sido ayer. Todo es posible en Curazao: tú te sientas a tomarte una cerveza en la terraza de un café, y de pronto te quitan la mesa, y te dicen que te apartes, y es que un trasatlántico blanco está cruzando el centro de la ciudad por entre las vitrinas de las tiendas y las cocinas de los hoteles. (...)




-Es curioso, pero de París, en cambio, no pareces conservar ningún recuerdo nostálgico. Es una ciudad que nunca hemos visto del mismo modo ¿Se debe a tu conocida fobia contra los franceses?

-No, también conservo de París una imagen fugaz que compensa todas mis hambres viejas, y toda la grosería y la mezquindad de los franceses. Había sido una noche muy larga, pues no tuve donde dormir, y me la pasé cabeceando en los escaños, calentándome en el vapor providencial de las parrillas del metro, eludiendo los policías que me cargaban a golpes porque me confundían con un argelino. De pronto, al amanecer, tuve la impresión de que todo rastro de vida había terminado, se acabó el olor de coliflores hervidos, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint Michel sentí los pasos de alguien que se acercaba en sentido contrario, sentí que era un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en que nos cruzamos en el puente ví su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando.




-¿Cuál es tu sitio ideal para escribir?

-Para mí el sitio ideal es la isla desierta por la mañana y la gran ciudad por la noche. Yo necesito silencio y muy buena temperatura para escribir desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, pero por la noche necesito un poco de alcohol y muy buenos amigos para conversar, y siempre tengo que estar en contacto con la gente de la calle y bien enterado de la actualidad. Esto corresponde a lo que quiso decir William Faulkner cuando declaró que la casa perfecta para un escritor es un burdel, pues en las horas de la mañana hay mucha calma para escribir, y en cambio todas las noches hay fiesta. Es curioso que esta declaración la publicó The Paris Review, cuando yo vivía en Barranquilla, y precisamente en un burdel.

(Continuará)


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