miércoles, 30 de abril de 2014

DEFENSA DE LA IMAGINACIÓN / José Maria Blanco White





DEFENSA DE LA IMAGINACIÓN

La afición de los españoles a obras escritas en estilo oriental y llenas de ficciones de encantos y de seres sobrenaturales, abrió, en mala hora, la puerta a mil extravagancias en la multitud de libros de Caballerías. La inmortal obra de Cervantes hizo en breve que su nación diese en el extremo opuesto; y, de no gustar más que de hechicerías y vestigios, vino a caer en una apatía de imaginación que no da, ni admite una vislumbre del fuego que el clima, y los árabes, les comunicaron en otro tiempo. Yo confieso que a pesar de mi admiración del Quijote, he tenido por muchos años la sospecha de que sus efectos morales y literarios, no fueron favorables a la nación española. Esta sospecha crece en mi día a día…




El alma de los pueblos modernos… se formó de la mezcla del valor y generosidad de los pueblos del Norte, con la sensibilidad y ardor de los del Mediodía. En semejante carácter la imaginación tiene el mayor influjo, mejor diré, sin ella no es posible que exista. Cervantes, sin intentarlo, le cortó las alas, y contribuyó a la obra, en que la casa de Austria se empleaba, de reducir a los españoles a meros instrumentos, con que establecer su despotismo. Los españoles del siglo XVII perdieron lo que pudiera llamarse el noble y generosos Quijotismo de la edad anterior. Quedóles el valor obstinado con que pelearon bajo los Felipes contra su propia libertad y la de Europa; pero de generación en generación fueron perdiendo aquella lozanía de ingenio, aquella esplendidez de carácter de que tantos rasgos vemos en la historia de los siglos catorce y quince, sin que reste nada más de lo que eran que una especie de fuego ahogado en cenizas…



No quiero decir que esto sea totalmente efecto de la obra del incomparable Cervantes; pero no puedo menos de creer que el Quijote contribuyó a producirlo. Dominaba, es verdad, en la nación española un mal gusto favorable a las ficciones extravagantes de los libros de Caballería; pero esta afición debiera haberse corregido, no sofocado. Las armas de lo ridículo son instrumentos envenenados que en vez de cortar excrecencias, destruyen el total que hieren.



El placer de las ficciones que nos transportan a un mundo imaginario poblado de seres superiores al hombre, y sujeto a otras leyes que las inmutables de la naturaleza visible es tan natural y tan inherente a nuestra constitución, que no puede arrancarse del alma sino con violencia. Examínese la historia del género humano, y se hallará que hasta en el estado más rudo y salvaje, la imaginación se emplea en crear seres sobrenaturales, habitantes de un mundo invisible, que, o vagan por este, o lo visitan de cuando en cuando, mezclándose en los negocios y tomando parte, ora favorable ora adversa, en los intereses del hombre. Propensión tan natural y decidida no se debe aniquilar, sino dirigir al bien y utilidad de la especie… Mas ¿no podríamos pasar sin ficciones?. Muy bien, si quisiéramos, o pudiéramos convertirnos en una especie de seres de cal y canto, en quienes solo hiciese mella o impresión un martillo. Pero en vano se cansan los que a título de Filósofos, quieren extirpar de la mente humana la facultad que nos lleva a pintar mundos invisibles…

No quiero, por título alguno, decir que la intervención de seres sobrenaturales, y fuerza misteriosas, tales como la creencia popular las figuraba en los tiempos caballerescos, sea necesaria, y ni aún admisible, en todas ocasiones. Mi intento es sólo protestar contra la sentencia de destierro que se ha fulminado sobre ellas, especialmente en España…



Pero ¿qué ventaja, me preguntarán, se saca de estas suposiciones? La de variar las situaciones. Cualquiera que haya probado a escribir obras de imaginación, habrá visto cuan difícil es el poner a los personajes en circunstancias, que desplegando todo su carácter, los hagan hablar y proceder de modo que exciten fuertemente nuestros afectos y simpatías. El orden de los acontecimientos humanos, en la vida social, forma un círculo de acontecimientos, en que hay poquísima variedad. La introducción de agentes sobrenaturales abre un campo extendido, en que el carácter humano se despliegue con el mayor efecto. La falta verdadera de los más semejantes escritos no es, que las situaciones son inverosímiles, sino que los afectos y expresiones no corresponden ni a los caracteres ni a la situación. La magnífica tragedia de Shakespeare, Macbeth, se funda en la predicción de unas hechicerías, con que la ambición del héroe se despierta, apoderándose poco a poco de toda su alma. Esta ambición, como tea encendida que se acerca a combustibles violentos, pone en acción el carácter feroz y determinado de su mujer, quien precipita a Macbeth al crimen horrendo de asesinar, en una misma persona, a su rey, su amigo, y su huésped. Nada es más inverosímil que la predicción; pero nadie, a no ser otro Shakespeare, podría dar más realidad y verdad a las pasiones que sus personajes expresan en consecuencia de la situación en que el espectador permite que el poeta los ponga. Ejemplos de esto se podrían aglomerar, tanto de obras antiguas como modernas.

José Maria Blanco White



***