domingo, 6 de abril de 2014

En el 450 aniversario del fallecimiento de Galileo Galilei (con un recuerdo para Francisco Fernández Buey) (*VI) / Salvador López Arnal







Tres grandes filósofos ibéricos que ya no están entre nosotros, decíamos, se aproximaron a la figura del científico y filósofo pisano. El tercero que queremos traer de nuevo a nuestro recuerdo, Francisco Fernández Buey [FFB], dedicó a la figura de Galileo Galilei páginas hermosísimas (e imprescindibles) en su libro póstumo Para una tercera cultura (Barcelona, El Viejo Topo, 2013).
Muchas más desde luego.
Entre sus materiales de trabajo, seguramente para sus clases de historia de la ciencia en la Universidad Pompeu Fabra, un apartado lleva por nombre: “MATERIAL PARA EL CONOCIMIENTO DE LA OBRA CIENTÍFICA DE GALILEO. Ciencia, concepción del mundo y ética en los orígenes de la ciencia europea moderna.” Iniciamos nuestra aproximación a Galileo del autor de La ilusión del método con estos apuntes:
  Galileo Galilei, que nació en 1564, podía ser considerado como un científico-filósofo entre los siglos XVI y XVII, señala FFB. Galileo estuvo científicamente activo “desde la última década del siglo XVI hasta su muerte en 1642”. A finales del XVI, cuando tenía alrededor de treinta años, “trabajaba ya en cuestiones de mecánica y de dinámica relacionadas con la caída de los graves”, y también “en la resolución de problemas técnicos (en 1593 inventó una máquina para elevar el agua), pero se interesaba igualmente por la teoría astronómica de Copérnico, se ocupaba de la cuestión de las mareas y se carteaba con Kepler”.
Sus principales descubrimientos, prosigue FFB, los hizo, sin embargo, en el primer tercio del siglo XVII y en este siglo “publicó también las obras por las que ha pasado a la historia de la ciencia moderna: 1610, El Sidereus Nuncius (Mensajero sidéreo); 1613: Cartas sobre las manchas solares, 1616: Discorso del flusso e reflusso del mare; 1622: Il Saggiatore, 1630-1632: Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo; 1633-1638: Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze.
FFB anota entre sus observaciones: “Buena cronología con suficiente detalle en Antología al cuidado de Víctor Navarro: Península, Barcelona, 1991.”.
Proseguía con un apunte contextualizador que nos ayuda a entender como concebía la historia de la ciencia al igual que la historia de las ideas.
Galileo nació “el mismo año que Shakespeare y Calvino, era un poco mayor que Monteverdi, Kepler y J. Donne, que Rubens y Quevedo” y había empezado a trabajar en temas científicos poco después de que se publicaran los Ensayos de Montaige y había empezado a publicar “poco después de la muerte de Giordano Bruno en la hoguera (1600), casi al mismo tiempo en que nacía Gracián, mientras se estrenaba Hamlet (1602) y se publicaba la primera parte del Quijote(1605).”



El florecimiento de su obra científica había sido contemporáneo de la gran obra histórico-metodológica de “Francis Bacon (1605-1630, La gran restauración [recuérdese el título de una de las grandes obras de FFB: La gran perturbación], 1620) y de Descartes, para el que ha sido un referente importante (Reglas para la dirección del espíritu en 1628, Discurso del método, en 1637), mientras Rembrandt pintaba la lección de anatomía y Velázquez La rendición de Breda,mientras Calderón creaba al Segismundo de La vida es sueño (1636)”, una obra, esta última, muy apreciada por él.
Además, Galleo había conocido en su vejez a J. Milton y “su teoría probablemente ha influido en un paso importante y dubitativo de El paraíso perdido” (véase sobre éste el capítulo 2.2. de su libro póstumo). El científico pisano había vivido en carne propia “la involución fundamentalista de las religiones enfrentadas en el primer tercio del siglo XVII, las consecuencias de Trento y de la Contrarreforma, de las guerras de religión y de liberación en Francia (1560-1598), en los Países Bajos (1572-1609) y en Alemania (1618-1648), del establecimiento de los Estados Generales en Holanda (1576)”.
El copernicanismo y el galileismo, concluía FFB este apartado, se había encontrado “con la oposición casi simultánea de las jerarquías del protestantismo y del catolicismo, casi coincidentes en esto”.
A continuación, nuestro gran gramsciano dedica un apartado a “La revolución científica de los siglos XVI y XVII.”
El conjunto de fenómenos socioculturales que se conoce con el nombre de “revolución científica”, señalaba, tenía una dimensión cronológica muy amplia -desde mediados del XVI hasta finales del XVII- y se basaba “en el desarrollo de las poblaciones urbanas, en la extensión del comercio y de la industria, en la existencia de medios más eficaces de transporte, en la ampliación de los mercados, en el aumento constante de la producción de mercancías en función de la ampliación de los mercados, en la sustitución de los servicios forzosos por el pago al contado.”
Esta mutación había afectado en primer lugar “a unas pocas ciudades de Italia, Holanda, Alemania del norte y España, luego también a Francia, y Gran Bretaña; y finalmente a Dinamarca y Polonia”. Se podía decir que en esta época “hubo una interrelación entre la resolución de problemas prácticos que da lugar a las invenciones técnicas, las transformaciones técnicas que alientan el espíritu científico y los descubrimientos científicos que producen nuevos cambios técnicos”. El espíritu científico-técnico que caracterizó a esta época, “sobre todo en sus fases segunda y tercera”, se podía sintetizar en dos palabras: experimento y cálculo. La vida de Kepler y de Galileo -“La naturaleza está escrita en lenguaje matemático, Il Saggiatore- resumía bien esto”.
(Reproduzco, entre paréntesis, un apunte de Sacristán sobre este lenguaje matemático de su presentación a Sigma. El mundo de las matemáticas al que también su discípulo y amigo prestó atención:
Principio del formulario
FFB proseguía con una propuesta de trabajo e investigación para este período: “Bruegel el Viejo y la ciencia del siglo XVI. Cómo puede usarse el estudio de una pieza de la historia del arte para la historia de la ciencia. Fuente de información: H. Arthur Klein, “Bruegel el Viejo, guía para el estudio de la ciencia del siglo XVI”, Investigación y ciencia nº 20, mayo de 1978, páginas 86 y ss.
De lo que solía llamarse “revolución científica” (o sea, del conjunto de mutaciones técnicas, económicas y científicas propiamente dichas), en los albores de la época moderna, se había dicho que resultó ser ”un fenómeno social de mayor envergadura incluso que el descubrimiento de la agricultura, porque contiene en sí misma las posibilidades de un progreso interminable.”. FFB añadía al polémico juicio de J.D. Bernal otra opinión igualmente polémica “aunque también sugerente”, del historiador de la ciencia Herbert Butterfield, “según el cual en comparación con la revolución científica del XVII fenómenos socioculturales de tanta importancia como el Renacimiento o la Reforma han sido sólo “meros episodios”, “simples desplazamientos internos dentro del sistema medieval cristiano”.

Es cierto, proseguía, que como fenómeno histórico “la revolución científica de esta época tiene un carácter que puede considerarse único: se trata de una revolución que se produjo con laceraciones en el marco de la cultura europea pero sin rompimiento, en la continuidad, y sin influencias culturales externas de nota” (Bernal, cit, 325). En general, señalaba, aquella que llamamos “revolución” no se había vivido como tal, “salvo, tal vez, en unas cuantas cabezas”, sino como un fenómeno ambivalente de discontinuidad y continuidad: “de ruptura con el pasado y de retorno a las ideas de una cultura más antigua, de mayor envergadura y más filosófica: el humanista que no rechaza toda autoridad anterior sino que elige ventajosamente entre autoridades (los trabajos matemáticos de Apolonio y de Arquímedes citados por Kepler) para romper el monopolio de Aristóteles y de la doctrina aristotélica.”
A las “fases de la revolución científica” está dedicado el siguiente apartado de estos apuntes.






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