viernes, 18 de abril de 2014

Eric Hobsbawm (LA ERA DEL CAPITAL, 1848-1875)





“Hasta fuera de Europa era dramáticamente visible la construcción de naciones. ¿Qué fue la guerra civil norteamericana sino el intento de mantener la unidad de la nación norteamericana contra el desperdigamiento? ¿Qué fue la restauración Meiji sino la aparición de una nueva y orgullosa “nación” en el Japón? Era prácticamente innegable que “la construcción de naciones”, según lo denominó Walter Bagehot (1826-1877), se estaba produciendo en todo el mundo y era característica dominante de la época.



La cosa era tan obvia que apenas se investigó la naturaleza del fenómeno: “No podemos imaginarnos a aquellos para quienes es una dificultad: ‘sabemos lo que es cuando no nos lo preguntas’, pero es imposible explicarlo o definirlo con mucha rapidez”, y pocos creían que lo necesitaban. ¿Seguro que el inglés sabía lo que era ser inglés, y que el francés, el alemán, el italiano o el ruso no tenían dudas de su identidad colectiva? Quizá no, pero en la época de la construcción de las “naciones” se creía que esto implicaba la lógica, necesaria y deseable transformación de las “naciones” en estados –nación soberanos, con un territorio coherente definido por el área que ocupan los miembros de una “nación”, que a su vez la definen su historia pretérita, su cultura común, su composición étnica y, de modo creciente, su lenguaje. Sin embargo, no hay nada lógico en esa implicación. Si es innegable y tan vieja como la historia la existencia de grupos diferentes de hombres que se distinguen de otros grupos por la diversidad de criterios, no lo es, en cambio, que impliquen lo que el siglo XIX, y no digamos nada de los estados coincidentes con “naciones”. Estos fueron fenómenos históricos relativamente recientes, si bien algunos estados territoriales más antiguos, como Inglaterra, Francia, España, Portugal y quizá incluso Rusia, se podían haber definido como “estados-nación” sin que por ello fuera un absurdo. Hasta como programa general, la aspiración de formar estados-nación a partir de no-estados-nación fue un producto de la Revolución francesa. Consecuentemente, debemos distinguir con mucha claridad entre la formación de naciones y el “nacionalismo”, en cuanto que esto tuvo lugar en nuestro periodo (1848-1875), y la creación de estados-nación.



El problema no fue meramente analítico, sino práctico. Porque, sin sin contar al resto del mundo, Europa se hallaba evidentemente dividida en “naciones” sobre cuyos estado o aspiraciones de fundar estados había, adecuada o inadecuadamente, pocas dudas, y en aquellos otros territorios sobre los cuales había gran incertidumbre. La mejor forma de determinar las primeras era el hecho político, la historia institucional o la historia cultural de lo literario. Francia, Inglaterra, España, Rusia eran indudablemente “naciones” porque tenían estados identificados con lo francés, lo inglés, etc. Hungría y Polonia eran naciones porque dentro incluso del imperio de los Habsburgo existió un reino húngaro como entidad autónoma, y hubo durante mucho tiempo un estado polaco hasta que fue destruido a finales del siglo XVIII. Alemania era nación por dos razones: primera, debido a que sus numerosos principados, si bien nunca se unieron en un estado territorial, formaron durante mucho tiempo el llamado “Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana” y siguieron formando la Federación alemana, y segunda, porque todos los alemanes cultos compartían el mismo lenguaje y la misma literatura escritos. Por su parte, Italia, aunque nunca fue entidad política, contaba quizá con la más antigua cultura literaria común de su minoría selecta (Ningún inglés, francés o alemán contemporáneo puede leer las obras literarias del siglo XIV escritas en sus países sin aprender gran parte de un idioma distinto; sin embargo, todos los italianos cultos pueden leer hoy al Dante con menos dificultad que los hablantes de inglés moderno pueden leer a Shakespeare). Y así sucesivamente.



El criterio “histórico” de categoría de nación implicaba, pues, la importancia decisiva de las instituciones y cultura de las clases gobernantes o minorías selectas preparadas, suponiendo que éstas se identificaran o no fueran demasiado incompatibles con el pueblo común. Sin embargo el argumento ideológico a favor del nacionalismo era muy distinto y mucho más radical, democrático y revolucionario. Se basaba en el hecho de que, sea lo que fuere lo que dijera la historia o la cultura, los irlandeses eran irlandeses y no ingleses, los checos, checos y no alemanes, los finlandeses no eran rusos, y ningún pueblo debía ser explotado y gobernado por otro. Se podrían buscar o inventar argumentos históricos para apoyar esta demanda –siempre pueden descubrirse-, pero, en esencia, el movimiento no se basó en la pretensión de restaurar la corona de san Wenceslao, ni el irlandés en la abrogación de la Unión de 1801.  El fundamento de esta actitud de separación no era necesariamente “étnico”, en el sentido de existir unas diferencias físicas o incluso lingüísticas de pronta identificación. A lo largo de nuestro período los movimientos de los irlandeses (la mayoría de los cuales hablaba ya inglés), los noruegos (cuyo idioma literario no era muy distinto del danés) o los finlandeses (cuyos nacionalistas eran de habla sueca y finlandesa) no provocaron ninguna cuestión fundamentalmente lingüística. Si el problema era cultural, no se trataba de la “alta cultura” de la que poco poseían varios de los pueblos en cuestión, sino de la cultura oral –cantos, baladas, epopeyas, etc., costumbres y formas de vida de “lo folklórico”- del pueblo común, o sea, el campesinado a efectos prácticos. La primera etapa del “florecimiento nacional” pasaba invariablemente por la adquisición, recuperación y acumulación del orgullo debidas a esta herencia folklórica . Pero, en sí misma, esta circunstancia no era política. Quienes lo promovían eran casi siempre miembros cultos de la clase dirigente extranjera o minoría selecta, como, por ejemplo, los pastores luteranos alemanes o los caballeros intelectuales del Báltico que reunieron el folklore y las antigüedades del campesinado letón o estonio. Los irlandeses no eran nacionalistas porque creían en los duendes.



Más adelante expondremos por qué y hasta qué punto eran nacionalistas. Lo significativo aquí es que la típica nación “ahistórica” o “semihistórica” era también una nación pequeña, y esto hacía que el nacionalismo del siglo XIX tuviera que enfrentarse con un dilema que raramente se ha reconocido. Porque los defensores del “estado-nación” no sólo afirmaban que debía ser nacional, sino que también debía ser “progresivo” es decir, capaz de desarrollar una economía viable, una tecnología, una organización estatal y una fuerza militar; esto es, tenía que ser por lo menos moderadamente grande. De hecho, iba a ser la unidad “natural” del desarrollo de la sociedad moderna, liberal, progresiva y burguesa de facto. La “unificación”, igual que la “independencia”, era su principio, y allá donde no existían argumentos históricos para la unificación –al contrario de, por ejemplo, en Italia y Alemania-, se formulaba como programa cuando era factible. No hay en absoluto evidencia de la misma nación, pero los ideólogos nacionalistas que surgieron en la primera mitad del siglo pensaron en una “Iliria” apenas más real que la de Shakespeare, en un estado “yugoslavo” que uniría a serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y otros, quienes, para no decir más, aún hoy demuestran que su nacionalismo yugoslavo se halla en conflicto con sus sentimientos como croatas, eslovenos, etc.”

Eric Hobsbawm  (LA ERA DEL CAPITAL, 1848-1875)



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