miércoles, 9 de abril de 2014

Exposición de dibujos de Jacopo Pontormo




Jacopo Pontormo

Su nombre era Jacopo Carrucci ( 1494-1557)pero le dio por nacer en la villa de Pontormo y, ya se sabe, Jacopo Pontormo quedó. Dice Vasari, el de siempre, la fuente inexcusable del renacimiento,  que desde muy joven era rarito: solitario y melancólico y algo paranoico. Durante un tiempo trabajó de aprendiz en el taller de Leonardo pero su gran maestro fue Andrea del Sarto. Su mal carácter, “una personalidad extravagante” y quizá los celos “profesionales” más que fundados del maestro de turno, hacen que Jacopo opte por independizarse y, no mucho tiempo después, consiga en Florencia, primero en los alrededores, el patrocinio de los Medici, los “namberuan” de la época.









En sus dibujos, y en sus pinturas y murales, se aprecia el profundo conocimiento y la absoluta admiración por la obra de Miguel Ángel y, a través de las estampas grabadas, de Durero. Y como se apropia, ya desde su periodo formativo, de los recursos y la iconografía de ambos maestros. Uno y otro –aunque desde luego no exclusivamente- fueron al mismo tiempo o alternativamente “utilizados” como base de sus composiciones. El “estilo peculiar” de Pontormo, es decir, su aportación magistral, -puesto que maestro de la escuela manierista es considerado- consistió en un audaz y refinado alargamiento de los miembros y las figuras y, lo que me parece más importante, en un toque de elegancia que no sólo se aprecia en las estilizadas proporciones y poses si no sobre todo en el movimiento, o mejor dicho, en el instante congelado del movimiento de cada uno de los personajes. Según mi opinión, ese “fotograma” astutamente elegido nos desvela “realidades” ocultas a nuestra (salvadas las distancias)  “limitada” percepción… y me atrevería a afirmar que se trata de realidades hurtadas o escondidas, bien por la socorrida coartada del decoro, o más probablemente por ese entramado intolerante que constituyen las tiránicas normas y reglas de la reaccionaria TRADICIÓN.







(En el debe de nuestro pintor sin duda sus fallidos “grupos” de figuras, me refiero a los agrupamientos poco agraciados, casi siempre amontonadas, muy mal acopladas: en fin, magníficas “partes” que bajan escandalosamente la nota cuando se encuentran insertas en el “todo”. Del mismo modo que a veces un pequeño detalle ilumina todo el "conjunto" que conforma la obra, también puede ocurrir que el "conjunto", o más bien la fórmula de acople elegida,  oscurezca  todas las "luminosas" partes que lo constituyen como tal "conjunto".)






En las ilustraciones que acompañan esta nota, y que en su mayoría no se corresponden con la muestra, creo que se pueden apreciar claramente algunas de las aportaciones de Pontormo -observen esas manos, esas delicadas y sugerentes torsiones de cuellos, ese expresivo juego de anatomías distorsionadas más que deformadas, en el que participan todo el mecanismo expresivo corporal en compañía de esas turbadoras miradas que nos hablan calladamente de desasosiego e incertidumbres- que con mi habitual torpeza estoy tratando de destacar.
Y digo más, Pontormo miente mejor que Miguel Ángel o Rubens a la hora de inventarse, siempre sobran piezas, músculos. No, no se trata de hacer cuentas, es lo que “trasciende”, la “manera” en que  consigue una apariencia menos atosigante, menos de amasijo carnoso, ligamentoso, muscular. Y puede apreciarse así  incluso cuando dibuja imposibles figuras en escorzo –casi siempre- con esos inverosímiles retorcimientos, flexiones, pandeos… hasta para  un consumado y descoyuntado contorsionista.









Ir un paso más allá de lo conocido es inevitable cuando pretendes superar o ampliar o enriquecer el canon de reglas y leyes heredado (también las teológicas, no olvidemos la época y sobre todo quienes eran los exigentes comitentes), en este caso el del clasicismo renacentista, otra cosa puede ser que el salto, una vez traspasada la frontera cierta, no encuentre suelo firme y consista pues en una insospechada caída a un abismo tenebroso e insondable… pero el miedo a experimentar, a tantear, a investigar el reverso de las certezas, a probar arriesgando, no forma parte de la naturaleza de los grandes artistas, quiero decir de los que aspiran a poseer “estilo” propio, de los que se mueven obsesivamente en ese pantanoso terreno entre el “ser” y el “parecer” de las cosas y de uno mismo, de los que se empeñan en añadir su huella imborrable, a la historia y a  la tradición que han heredado y digerido.






Un buen ejemplo de lo que acabamos de señalar puede contemplarse en el gran lienzo: “El Descendimiento de la cruz” (1528) que está considerada como su obra maestra (que evidentemente no forma parte de la expo). Y en el que contó con la colaboración de su discípulo e hijo adoptivo, Agnolo Bronzino. Dato que desconocía, -si no fuera por estos ratitos y los de comer y los de beber- y que me confirma una sospecha que fue creciendo en la misma medida en que iba contemplando sobre todo los rostros de cada uno de los personajes en los espléndidos dibujos que cuelgan en la muestra. El “pronto”, más que el “aire”, de los personajes de Bronzino –que debían de andar ocultos en mi memoria visual- es el mismo que adorna a los de su papá-maestro. Leo ahora que “los expertos” dudan en muchos casos sobre la autoría específica en estas obras en las que colaboraron. Si acaso, así lo veo yo, el Bronzino, me refiero a “sus” posteriores obras personales (véase la excelente “Alegoría del triunfo de Venus” (1540-50), y además sobrevivó a Pontormo algo más de 15 años), “estiró” algo menos los miembros, por supuesto de forma proporcionada sin llegar a achatarlos ni restarles delicadeza y elegancia, pero ya digo, quizá decidió que su peculiar aportación consistía en ir un poco más acá. Espero que valga el juego de palabras, en caso contrario en la red están las obras que lo cantan, si es el caso, todo.







Al final de la muestra hay una urna que contiene lo que dicen que es el diario del retraído, neurótico excéntrico Jacopo  Pontormo, y que abarca los dos últimos años de su vida. Como no tengo un pavo no he leído el super catálogo y no les puedo decir nada sobre el contenido de ese, en principio, interesante e inquietante cuaderno de reflexiones íntimas… porque, claro, destinado a la venta no parece que estuviera… disculpen la pamplina, pero es que soy incapaz de hablar sobre un tipo del siglo XVI y soslayar que lo hago desde el XXI… aunque no lo parezca…

ELOTRO






Leo en el folleto: “Durante los últimos años de su vida, entre 1554 y 1556. Pontormo escribe un diario, que se convierte en un manifiesto de sus obsesiones más importantes: su carácter hipocondríaco, su trabajo, su miedo a la muerte y su rutina al narrar de forma casi maníaca sus comidas y digestiones y, sobre todo, su necesidad de encerrarse a dibujar, lejos del mundo”.




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