viernes, 25 de abril de 2014

Franz Kafka (Diarios)





21 de noviembre (1911). Mi antigua niñera, la de la cara amarilla negruzca, la nariz cuadrada y una verruga, que tanto me gustaba entonces, en algún lugar de la mejilla, estuvo hoy en casa por segunda vez en poco tiempo, para verme a mí. La primera vez no me encontró, y esta segunda, yo quería que me dejasen en paz y dormir, y mandé decirle que no estaba en casa. ¿Por qué me habrá educado tan mal? No obstante, yo era dócil; ahora mismo se lo está diciendo en la antesala a la cocinera y a la institutriz; yo era de carácter tranquilo y formal. ¿Por qué no supo aprovecharlo en beneficio mío y no me preparó para un futuro mejor? Está casada o viuda, tiene hijos, habla con una vivacidad que no me deja dormir, piensa que soy un caballero alto y sano, en la hermosa edad de veintiocho años, que me gusta recordar mi adolescencia y que, sobre todo, sé lo que debo hacer conmigo. Y sin embargo estoy aquí, tumbado en el canapé, expulsado del mundo de una patada, a la espera del sueño que no quiere venir, y si viene, me rozará tan sólo; tengo las articulaciones lastimadas por el cansancio, mi cuerpo reseco camina temblando hacia el abismo, con excitaciones de las que no debo tener plena conciencia; las sacudidas de mi cabeza son asombrosas. Y ahí están las tres mujeres, ante mi puerta; una me elogia tal como era, dos tal como soy. La cocinera dice que me iré en seguida (quiere decir sin dar rodeos) al cielo. Así será. (…)




22 de noviembre. (…) Es evidente que mi estado físico constituye un obstáculo fundamental para mi progreso. Con semejante cuerpo es imposible llegar a nada. Tendré que acostumbrarme a sus constantes renuncias. A causa de las últimas noches, llenas de arrebatados sueños, en las que apenas si he dormido a trechos, me he sentido esta mañana tan falto de coherencia; no sentía otra cosa que mi frente, veía un estado medianamente soportable, situado mucho más allá del actual, y me hubiera gustado acurrucarme sobre las losas de cemento del corredor, con las actas en la mano, de tan dispuesto como estaba a morir. Mi cuerpo es demasiado largo para sus flaquezas, no tiene la menor cantidad de grasa para producir un calor beneficioso, para preservar el fuego interior, ninguna grasa de la que el espíritu pudiese alimentarse al margen de las necesidades diarias más indispensables, sin perjudicar el conjunto ¿Cómo puede mi débil corazón, que a menudo me ha atormentado últimamente, impulsar la sangre a través de toda la extensión de estas piernas? Bastante trabajo debe tener para hacerla llegar hasta las rodillas, y luego ella se limita a irrigar las frías pantorrillas con una fuerza senil. Y he aquí que ahora vuelve a ser necesaria en la parte de arriba; uno espera que suba, pero ella se desperdicia allá abajo. La longitud del cuerpo hace que todo se desperdigue. ¿Qué rendimiento puede dar si –aunque fuese más compacto- tal vez no tendría fuerzas suficientes para lo que yo quiero conseguir?”

 Franz Kafka (Diarios)



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