lunes, 14 de abril de 2014

Rafael Chirbes (Los viejos amigos)





“Tanto esfuerzo para nada. En realidad quienes estaban creando recuerdos comunes, experiencias que iban a perdurar con el tiempo, eran quienes se disciplinaban para adaptarse al ritmo que el conjunto de la sociedad marcaba; quienes se casaban por la Iglesia, compraban un piso a plazos en alguna de las modernas barriadas en cuyos bloques se instalaban, recién entregadas las llaves de los pisos, las nuevas parejas, él levantándose a las seis y media, a las siete de la mañana cada día para llegar a la tienda, a la oficina, volviendo a casa a la tarde, yendo de compras los fines de semana al supermercado recién abierto, acostándose temprano para disfrutar de esos primeros meses de deslumbramiento del sexo, fruto del cual vendrían niños normales, que tomarían sus biberones a la hora, se acostarían a la hora, crecerían bajo la vigilancia de médicos y farmacéuticos: bebés pesados cada semana, cada quince días, cada mes, analizados. Ellos, y no nosotros, eran el futuro, ellos eran la punta de lanza de lo que llegó después, llevaban la vida de nuevos habitantes de las ciudades que acabaría siendo la vida normal y, en sus vidas sí, en sus vidas los recuerdos cobran un sentido, porque se han ordenado para llegar a donde hemos llegado, el día de nuestra boda, él con chaqué, ella de blanco a la puerta de la iglesia, pisando un charquito de arroz; el día de tu bautizo, el de tu hermanita, el de la primera comunión, el primer coche que tuvimos, el primer viaje que hicimos a Benidorm con la pequeña recién nacida. Ellos han podido apoyarse sobre esa cimentación de recuerdos confesables y transmisibles, pero en nuestro caso los recuerdos son recuerdos de una pausa en la vida de este país, de algo que no tuvo continuidad y, por tanto, ya no se sabe de dónde venía lo que había que ver, los que menos vieron lo que iba a llegar, y el más bruto, el más torpe, en el centro de la historia, seguramente porque la historia tiene un movimiento propio, un impulso, y gana el que se deja llevar por esa inercia, el perezoso que no muestra resistencia. La historia no se construye con inteligencias individuales, sino con una inteligencia colectiva hecha de multitud de torpezas, de mediocridades, y que, precisamente rechaza las inteligencias individuales, las expulsa a la cuneta en su avance. La inteligencia de trescientos o cuatrocientos millones de personas que deciden ver la final de la copa de futbol. Había abandonado mis clases de matemáticas en Denia, los baños en la escollera a principios de septiembre, la luz narcotizante, para venirme a Madrid a trabajar en un taller de costura, me duele la espalda, me dolía la espalda de tantas horas sentada cosiendo, estaba embarazada. Pau, antes de nacer, ya notó el frío de las madrugadas a la puerta de las fábricas, repartiendo panfletos. Y eso fue todo.”

Rafael Chirbes  (Los viejos amigos)


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