miércoles, 23 de abril de 2014

Raymond Queneau (Diario íntimo de Sally Mara)





“…Por suerte tuve una idea. Una idea estupenda, lo confieso sin falsa modestia. Atravesó la barrera de mis labios incluso antes de que me diera cuenta.
-Señor Baoghal, ¿y si me mostrara las obras de la señora Baoghal?
-¿Qué obras? –preguntó desconcertado.
-Las que pinta ahí, en esa mesa, durante mis clases.
Como yo había previsto, estaba completamente confuso.
-¡Ah! ¿Las obras que pinta ahí, en esa mesa, durante sus clases?
No sabía qué hacer.
-¡Ah, sí! –añadió-. Sus miniaturas, sí, sus miniaturas. ¿Las que pinta ahí, en esa mesa?
Estaba hecho un lío.
-¿No podría mirarlas? –le pedí con mi expresión más pura.
-Claro que sí, seguro.
¿Qué otra cosa podía decir? Se acercó a la mesita con paso mesurado y levantó reverencialmente el papel pintado que cubría los trabajos de la dueña de la casa.
Me acerqué. Había tres o cuatro miniaturas terminadas, y dos o tres esbozos. Siempre era lo mismo. Se parecían exacta y escrupulosamente a las que me había mostrado Mève. Es curioso cómo la gente que tiene obsesiones perseveran en ellas y se obstinan. Cualquiera que fuera el planeta o la nebulosa de donde vinieran, los genios celestes y los puros espíritus de la señora Baoghal parecían ser, para un ojo tan ingenuo como era el mío en ese momento y pese a sus alitas, simples chivos.
Con el dedo señalé una de las imágenes y dije:
-He ahí uno en el que esa parte del cuerpo me parece de proporciones exageradas.
-¡Ahoh!
-¿A usted no le parece, señor Baoghal?
-¡Ohah!
-Y este otro me parece realmente demasiado favorecido por la naturaleza.
-¡Ahoh!
-Respecto a aquel, debe hacerse un lío con las piernas, a menos que se la ponga en bandolera.
-¡Ohah!
-Por fin uno que me parece mucho más equilibrado, aunque debe reconocerse que no lograría pasarla por el ojo de una aguja.
La cara de Baoghal me encantaba. Tan noble siempre y ahora tan estúpida, tan pomposa y tan hipócrita, tan estable y tan frágil. Deglutía mis palabras con estupor, como si, sin que yo lo supiese, hubieran sido oráculos.
-Y ese, tiene un buen par –declaré designando las alas desplegadas de un espíritu seguramente uranista.
-¡Ohohohohohohohohoho! –se puso a aullar Padraic Baoghal presa de un súbito desenfreno.
Se puso a dar brincos a través de la habitación, saltando por encima de las sillas (las que no eran demasiado altas) y agitando su cabellera, ya un poco grisácea. Tras haber realizado dos o tres circuitos, se volvió hacia mí manifestando intenciones francamente satíricas. Lo esperé preparada; una zancadilla elemental me permitió enviarlo bailando contra la pared. Como se golpeó la cabeza en ese obstáculo, mi agresor se derrumbó completamente sonado.



Esta última escena había hecho algo de ruido. Una puerta se abrió lenta y tímidamente. El morrito de Mève asomó. Después de una mirada en redondo, entró y se acercó al supuesto cadáver:
-¿Lo ha matado? –preguntó.
-Claro que no –le respondí-. Se despertará en cinco minutos.
-Habría sido bath si lo hubiera matado –murmuró.
Me abrazó y se estrechó frioleramente contra mí. Miramos en silencio al desmayado, ella con una intensidad tal que entreabría algo la boca asomando un trocito de lengua rosa. Se dio cuenta de que la miraba y levantó la vista hacia mí. Descubrí en ella tanta ternura y fervor que pronto nuestros labios se unieron y nuestras lenguas se mezclaron en un beso lleno de moderación. Luego, con mano casta, apreciamos mutuamente nuestros encantos respectivos. Mi slip cayó púdicamente a mis pies, la manita enérgica de Mève me arrastró hasta un diván, y allí, con los ojos cerrados, comencé a sentir los efectos de la espiritualidad más pura. Al umbrío valle con el arroyuelo tumultuoso vino a beber la gata, cuya lengua rasposa se obstinó contra una diminuta roca como si quisiera hacer manar un manantial. Por mucho que yo me repetía: “Agárrate bien al mango, agárrate bien al mango”, terminé por dejarme llevar, diciéndome: “¿qué mango, qué mango?” y en seguida se produjo el milagro, me fundí en estrellas y mojé el cielo.

Cuando bajé a Dublín, a casa del poeta Padraic Baoghal, una dulce cabeza descansaba entre mis muslos y sus cabellos se mezclaban con los que, por una de esas fantasías particulares de la naturaleza, ornan las muy intimidades femeninas. Pasé lentamente los dedos por la melena de Mève, que tuvo un escalofrío. Quiso enderezar la cabeza, pero se la incliné imperativamente y de nuevo gocé de los púdicos transportes de mi almita (inmortal).”

Raymond Queneau  (Diario íntimo de Sally Mara)


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