viernes, 9 de mayo de 2014

Elvira Navarro (La trabajadora)




PESQUISAS

-Me ha contado que tras mudarse con Germán decidió seguir creyendo en una suerte de conspiración.

-En efecto, aún vagué buscando señales cuando me fui a vivir con Germán a un piso que encontramos en Prosperidad. Eso me obligó a deambular por barrios nuevos. El territorio desconocido me daba armas, pues ahí podía reclutar pistas. Al mismo tiempo, durante el día, fingía ante mí que eso no pasaba.

-No entiendo por qué en su libro da por hecho que el lector sabe lo que ocurre entre Germán y la protagonista.

-Me contó que aquella fue una forma desesperada de llamar mi atención. Se había emborrachado hasta estar seguro de que no iba a empalmarse. No hizo nada con mi inquilina, salvo exhibirse. Para que me molestara más aún, había insistido en emborracharse con el alcohol que yo guardaba en el arcón. Él sabía muchas cosas sobre mí. Hacía diez años que nos conocíamos.

-Y ahora es su pareja.

-Pero mi problema no es Germán.

-A lo largo de las sesiones se dará cuenta de que el problema tal vez no está donde cree.

-Bueno.

-El final de su escrito no menciona el tema laboral, que es un desencadenante de su crisis.

-La situación se normalizó, o más bien se estabilizó en lo precario. Pero me pagaron las facturas pendientes. Carmentxu sufrió un ictus y se despidió. Nos reunió a los colaboradores y nos dijo que el trabajo la había enfermado. Probablemente fuera así, aunque ella tampoco se cuidaba. Comía, bebía y fumaba a discreción. En su lugar pusieron a un francés que sigue siendo mi jefe, y que por cierto es muy guapo. Se llama Claude. No sé si es un enchufado; supongo que sí porque, aunque habla muy bien el castellano, no es bilingüe y no puede valorar nuestro trabajo. Pero no me agobio. Germán gana más que yo: con su sueldo da para pagar el piso. Y además tengo menos encargos y he estado escribiendo la novela. Eso me ha llevado a otro sitio. A otro lugar mental. Supongo que más adelante tendré que volver a afrontar el problema laboral, pero de momento lo he aparcado.

-Dice que ha superado su, digamos, alucinación, pero desea grabar nuestros encuentros para usarlos después como una especie de coda a su novela y fijar así la curación en el papel. Me dijo el primer día que pensaba que lo que había escrito hacía años desencadenó su crisis nerviosa, y quiere dejar constancia literaria de su proceso terapéutico para asegurarse de que nunca más volverá a asomarse al abismo. ¿No esconde eso una nueva fantasía?

-Yo lo llamaría superstición.

-En su novela dice que no es supersticiosa.

-Lo que hay en mi novela es un personaje basado en mí, pero no soy yo. Ni lo que he contado es exacto. He tratado de aproximarme a algo, pero quizá lo que he hecho es otra cosa distinta. El libro no está terminado, y nuestros encuentros forman parte de él. Necesito rematar la obra. Y no puedo inventarme el final. Me resulta falso. Es una ficción todo es falso, pero no me estoy refiriendo a ese tipo de falsedad, sino a respetar la coherencia del texto. Para la coherencia de lo que he escrito, necesito que esta conversación ocurra.

-¿Y qué es más importante para usted, registrar lo que suceda en mi consulta para rematar bien su libro o asegurarse la curación?

-No estoy segura de entenderle.

-Se lo diré de otro modo. ¿Qué pasaría si no logramos que usted se cure? ¿Escribiría sobre su fracaso?

-Si no logro superar la impresión de estar a punto de perder la cordura, esta podría ser la última frase del libro. Porque continuar si no ocurre nada resultaría redundante, ¿no?


Elvira Navarro  (La trabajadora)



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario