miércoles, 7 de mayo de 2014

Erri de Luca (Montedidio)





“A iurnata é ‘un muorzo”, el día pasa volando, es la voz del maestro Errico en la puerta del taller. Yo estaba allí desde hacía un cuarto de hora. Porque quería empezar bien mi primer día de trabajo. Él llega a las siete, sube el cierre metálico y proclama su frase de aliento: el día pasa volando, es corto, manos a la obra. A sus órdenes, respondo, y me pongo a la tarea. Hoy escribo estas primeras notas de mis nuevos días. Ya no voy al colegio. He cumplido trece años y papá me ha puesto a trabajar. Me parece bien, era el momento. La educación obligatoria llega hasta tercero de primaria, él me ha hecho estudiar hasta quinto por mi delicada salud y porque, además, así tendría un título mejor. Aquí los niños trabajan aunque no hayan ido al colegio, papa no quería eso. Trabaja de estibador en el puerto, no tiene estudios, está aprendiendo a leer y a escribir en las clases vespertinas que dan en la cooperativa de los estibadores. Habla dialecto; el italiano, las ciencias y la gente que ha estudiado lo asustan. Dice que con el italiano uno se defiende mejor. Yo lo conozco porque leo los libros de la biblioteca, pero no lo hablo. Escribo en italiano porque es reservado y puedo contar los sucesos del día, sin el bullicio del napolitano.





Por fin trabajo, aunque por poco dinero, pero el sábado llevo una paga a casa. Comienza el verano, a las seis de la mañana hace frío, desayunamos los dos y después yo también me pongo el mono de trabajo, salgo con él, lo acompaño un trecho y luego vuelvo sobre mis pasos, el taller del maestro Errico queda en el callejón de debajo de nuestra casa. Papá me regaló por mi cumpleaños un trozo de madera curvada, se llama bumerán. Lo agarro, no pregunto nada, me hace cosquillas y me pasa un poco de corriente. Papá explica que se lanza lejos y regresa. Mamá se opone: “Ma addò l’adda ausa”, ¿dónde lo voy a usar? Tiene razón, en este barrio de callejones que se llama Montedidio, si quieres escupir al suelo no encuentras un hueco entre los pies. Aquí no hay espacio para tender un trapo. De acuerdo, digo, no lo puedo lanzar, pero puedo ensayar el movimiento. Pesa, parece hierro. Mamá me regala unos pantalones largos, los ha comprado en el mercado de Resina, buena calidad, americana. Son duros, oscuros, me los pongo y los recojo hasta las rodillas. “Mò si’ ommo, puort’ e sorde a cassa”, sí, llevo la paga el sábado, pero de ahí a ser hombre, lo que se dice hombre, queda un trecho. Entre tanto, he cambiado la voz y me sale un tono ronco.




El bumerán papá lo ha conseguido de un amigo marinero. No es un juguete, sino una herramienta de un pueblo antiguo. Mientras me lo cuenta, me familiarizo con su superficie, paso la mano por encima, acaricio el reverso. En el taller del maestro Errico descubro las líneas de la madera, tienen pelo y contrapelo. Aliso el bumerán siguiendo las líneas y se estremece un poco en mi mano. No es un juguete, pero tampoco una herramienta de trabajo, está a mitad de camino, es un arma. Quiero conocerla, quiero entrenarme para hacer un lanzamiento, lo haré esta misma noche, cuando mamá y papá se queden dormidos."

Erri de Luca  (Montedidio)


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