sábado, 24 de mayo de 2014

“Esconder” un documento: la saga Melos. / Luciano Canfora




Al silenciar el decreto sobre Samos, Jenofonte estaba a punto de privarnos de una importante pieza que, ulteriormente, aclara la mentalidad de la Atenas imperial. Pero en rigor deja a la sombra una deliberación que no tiene influencia en los hechos, que nunca se traduce en acción. Y tal vez precisamente por eso la silencia.

En cambio, en otros casos el silencio de la tradición historiográfica nos parece no sólo intencionado, sino inquietante. Una vez más los descubrimos gracias a un documento. Y esta vez se trata nada menos que de Tucídides, es decir, el más proclive, de los historiadores que conocemos, a utilizar documentos. Todo el mundo (o al menos mucha gente) conoce la “mancha” que empaña la imagen de Atenas a lo largo de los siglos: la feroz represión de la ciudad de Melos (416 a.C.) culpable de querer conservar su status de república neutral durante el conflicto de poder entre Atenas y Esparta y sus respectivos aliados en un momento histórico en que todo el mundo griego estaba alineado con una parte o con la otra. De este modo, la ciudad símbolo de las más altas formas del espíritu (la poesía, la filosofía, etc.) se convierte también –ya que Tucídides ha dedicado a esta represión del pequeño Estado neutral un enorme espacio narrativo- en la feroz defensora del derecho del más fuerte contra cualquier apelación a la justicia o meramente a la previsión.




En un diálogo altamente dramático, Tucídides confronta a víctimas y verdugos. Y hace decir a éstos últimos las palabras que quedarán para siempre como las de la más cínica Realpolitik:

“En efecto, creemos que los dioses y los hombres (en el primer supuesto se trata de una opinión, y en el segundo, de una certeza) imperan siempre, en virtud de una ley natural, sobre aquellos a los que superan en poder. Nosotros no hemos establecido esta ley, ni la hemos aplicado los primeros; ya existía cuando la recibimos, y habremos de dejarla como legado a la posteridad. Y sabemos que también vosotros, y cualquier otro, de llegar a estar en la misma situación de poder que nosotros, haríais lo mismo. Así que, por lo que respecta a la divina protección, no tememos, verosímilmente, sufrir menoscabo. Y en cuanto a la opinión que tenéis sobre los lacedemonios (que a causa de su concepto del honor confiáis que van a venir a socorreros), os felicitamos por vuestra inexperiencia del mal, pero cuando se trata de su comportamiento con los demás (y podría uno decir muchas cosas de cómo proceden), lo aclararía diciendo, en resumidas cuentas, que de todos los pueblos que conocemos son los que del modo más claro consideran honorable lo placentero y justo lo útil. Y en verdad, tal manera de pensar no favorece esa vuestra actual e irracional esperanza de salvación.”





Todo esto es bien sabido y ha sido objeto de reflexión filosófica y politológica.

Pero el cuadro, al menos en parte, es falso. El descubrimiento en la acrópolis, a mediados del siglo XX, de notables fragmentos de mármol con las relaciones de los tributos que los aliados de Atenas pagaban a la ciudad que ejercía la hegemonía, ha resquebrajado la construcción historiográfica (tal se afirmaba con autoridad) según la cual en aquel año de 416 a.C. se perpretó el inhumano crimen de la matanza de los neutrales que se obstinaban en continuar siéndolo en contra de la voluntad de la gran potencia que dominaba el mar. Un pequeño fragmento de esa gran losa despedazada conserva un dato que cuestiona el teorema: mucho antes de 416, Melos pagaba ya tributo a Atenas, es decir, era parte de la liga. Demasiado entregados a la autoridad de Tucídides, los modernos han buscado escapatorias: por ejemplo, han sugerido, que fuera un tributo “previsto”, sólo deseado, pero no cobrable de forma efectiva. La misma naturaleza del documento excluye este tipo de vericuetos. Tucídides dejó de lado un dato para quitar del medio un “claroscuro” que complicaba fastidiosamente su teorema. La ferocidad de Atenas sigue siendo indiscutible: pero la represión ejercida contra un aliado incumplidor y terco es (¡especialmente para la mentalidad griega del siglo V a.C.!) todo lo contrario de la fría agresión a una república neutral.  La presentación de los hechos que avala Tucídides corresponde plenamente a la propaganda antiateniense, que hizo del “caso” Melos la “Hungría” del imperio ateniense (para hablar en términos del siglo XX). También podemos considerar que el largo diálogo que leemos al final del actual libro quinto de la obra de Tucídides, es un texto que el autor no pensaba incluir en la narración, una especie de diálogo socrático sobre la justicia. Pero lo cierto es que el breve contexto narrativo que enmarca el episodio presenta la misma versión, sugiere la misma inaudita violación del derecho internacional. Cae de su peso que este diálogo, cualquiera fuese su destino en las intenciones del autor, ha potenciado el efecto “ético” de todo el relato. Gracias al diálogo, el episodio de Melos queda inscrito a fuego, como mancha indeleble de los atenienses, en una larga tradición historiográfica que llega hasta nosotros.


Luciano Canfora (Aproximación a la historia griega)


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