viernes, 16 de mayo de 2014

Joaquín Maurín, “Dos revolucionarios, Andreu Nin y Joaquín Maurín”, de Victor Alba.




“(…) Baroja, después de estudiar el panorama, comprendió que ni él, con toda su obra literaria, ni Medina, con el recuerdo del ramo de flores ofrecido a la reina Amelia, serían diputados por Fraga. Y decidió retirarse de la contienda.

Viladrich, apesadumbrado, se quedó en el Castillo de Urganda la Desconocida; Alaíz regresó a Zaragoza; Salvador Goñi a Huesca. Y Baroja, Sánchez Ventura y yo nos dirigimos a Lérida.

En aquellos tiempos, ya empezaban a funcionar los autos de línea, pero la escasez de gasolina determinada por la (primera) guerra mundial resucitó la tartana, vehículo de dos ruedas, arrastrado por uno o varios mulos. Cuesta abajo la tartana iba de prisa, pero cuesta arriba se movía a paso de tortuga.

Salimos de Fraga en tartana antes de hacerse de día, y llegamos a Lérida a media mañana.

Generalmente, Lérida en invierno está envuelta en una espesa capa de niebla que se mantiene tercamente durante semanas enteras. Por fortuna, ese día, el cielo estaba despejado, brillaba el sol, y la luz era suave y acariciadora.

La Lérida primitiva se edificó en la falda de una colina, pegada a la margen derecha del Segre. La ciudad, temerosa, estaba apiñada entre el río y la colina.




A comienzos del siglo XIII, una vez expulsados los moros, el rey de Aragón y el conde de Urgel, colocaron en la cima del montículo, donde antes estaba la mezquita, la primera piedra de la catedral, en cuya construcción la arquitectura gótico-bizantina se juntó con el gusto árabe. El campanario, octogonal, muy alto, parecía un minarete.

En la guerra de sucesión, a principios del siglo XVIII, Lérida tomó posición por el archiduque de Austria, en contra del nieto de Luis XIV de Francia. Triunfante el Borbón, conocido en la historia de España con el nombre de Felipe V, Lérida fue severamente castigada: perdió las libertades municipales, la catedral fue transformada en cuartel, y la Universidad, fundada en 1.300,-la primera de Cataluña-, fue trasladada a Cervera, cuyos sabios se hicieron famosos por aquella declaración de principios que empezaba: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar…”

La pérdida de la Catedral no fue enmendada por los liberales del siglo XIX. En 1918 seguía ocupada militarmente.

Creí que a Baroja podría interesarle ver la historia desde la cima de la torre y le propuse visitar la catedral-cuartel.

En una lápida sobre el arco de la puerta estaba escrito el soneto del poeta local Morera y Galicia “Lo Campanar de Lleyda”.
-Esto empieza bien –comentó Baroja, sonriendo-. Es la primera vez que veo versos grabados en la puerta de un cuartel.

La guardia nos autorizó la entrada, y subimos con calma los 232 peldaños que conducen a la plataforma donde están colgadas las campanas. El campanero nos dijo que una de las campanas sólo tocaba cuando moría un canónigo, y que en ese caso él recibía una paga extraordinaria.
-Pues le deseo que la toque con frecuencia –le dijo Baroja.

El campanero agradeció el buen deseo con una risita de conejo.

Subimos el último tramo y llegamos a la azotea. Acariciados por el sol, permanecimos, como encantados, durante un buen rato.

En silencio, contemplando la llanura, con los Pirineos nevados al fondo, Clío, la musa de la historia, nos recordaba:
-Ahí cerca, en el cerro de Gardeny, lucharon Julio César y Pompeyo cuando Ilerda era una ciudad romana… Esta extensa llanura de Lérida fue convertida por los árabes en el jardín que es ahora… El Cid, condotiero al servicio del rey moro de Zaragoza, luchó en estos parajes contra el rey moro de Lérida. En el siglo XV, estuvo aquí preso el príncipe de Viana… En las guerras de Cataluña, en el siglo XVII, la pérdida de Lérida por los ejércitos de Felipe IV determinó la caída del conde-duque de Olivares… Napoleón confirió a Lérida el título de Inmortal, por el asedio victorioso del general Suchet…



Baroja, ensimismado, rompió el silencioso monólogo de Clío, diciendo:
-Es magnífico. Me recuerda la campiña romana…

En el poco tiempo que habíamos estado juntos, creía haberme ganado la confianza  y la simpatía de Baroja, y me aventuré a hacerle preguntas.
Baroja había sido lerrouxista. Fue incluso candidato radical a concejal por un distrito de Madrid. No era el único intelectual lerrouxista. También lo fue Julián Besteiro. Cuando Lerroux, a comienzos de siglo, dirigía El País, diario republicano, escribían en sus páginas, entre otros, Azorín, Maeztu y Baroja. Lerroux, bravo, pícaro, inteligente, con una magnífica voz de tenor, fue el único político español de su generación que tenía lo que ahora se llama “carisma”.
Le pregunté por qué había sido lerrouxista.
-Lerroux –contestó- es un hombre de un gran atractivo personal. Un rato de charla con él resulta sumamente agradable. En una ocasión, hicimos juntos el viaje en tren de Madrid a Barcelona, pues me había preparado una conferencia en un centro republicano. Al cabo de un par de horas de hablar, el repertorio intelectual de Lerroux se había agotado. Fuera de las pequeñas cosas de la vida política, no sabía nada de nada. Era totalmente inculto. Quedé defraudado. Luego vino, en agosto de 1911, la sublevación de la fragata “Numancia”, y Lerroux aprobó el fusilamiento del fogonero Sánchez Moya, que dirigió el motín. Era demasiado: me pareció una ignominia.”

Joaquín Maurín, tomado de: “Dos revolucionarios, Andreu Nin y Joaquín Maurín”, de Victor Alba.


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