jueves, 15 de mayo de 2014

PIEDRA, CORAZÓN DEL MUNDO / Antonio Orihuela





Las necesidades de la industria y de los grupos económicos, políticos y culturales poderosos, han vuelto a ocupar una posición central en el drama educativo.
Desgraciadamente, en este drama no puede haber un rápido "happy end" para los desfavorecidos.

M. W. APPLE, Ideología y currículo



A finales de los años sesenta
el FMI, el G7, la CIA y hasta Roberto Alcázar y Pedrín
avisaron a los tecnócratas franquistas del Opus Dei que
o enseñaban al pueblo a leer y escribir
o el despegue económico español se estrellaba en el mismo Barajas.
En los diez años siguientes
se construyeron en España más centros educativos
que en toda la historia del país,
y el primer objetivo,
que los curritos entraran por el aro del consumismo
sabiendo leer los prospectos,
se cumplió con éxito.
En todo aquel montaje,
el único atisbo de Nueva Pedagogía que recuerdo
era el posabrazos deslizable de la silla del profesor,
todo un invento,
todavía en buen uso a mediados de los ochenta.
Después llegaron los socialistas
y ajustaron la acción educativa a su concepción del hombre
y del mundo,
lo que en cristiano quería decir que como
ya sobraban más de la mitad de los que sabían leer y escribir
para ocupar lo que quedaba del mercado laboral,
había que transformar los viejos centros en disimuladas prisiones
para potenciales jóvenes delincuentes,
a los que a falta de ley de peligrosidad social
con que darles en las costillas,
se les aplicó la teoría de la moratoria social
con la que recluirlos hasta los 21 años,
sin más derechos que un Certificado de Estudios Primarios
cuando se les estuviera cerrando la barba.
En este nuevo tiempo
que parecía también destinado a durar mil años,
los profesores, convertidos en carceleros,
perdieron el gusto por enseñar
y de su antiguo estatus
sólo les quedó el regusto, durante los exámenes,
de verse convertidos, temporalmente, en jueces.
Esos días atravesaban los pasillos
más sonrientes que un policía por la DGS
después de firmar el parte de defunción
por ataque al corazón
de un sindicalista.
Era lo único que les quedaba,
aunque también en esto el ministerio había cogido las tijeras
y no aceptaba porcentajes inferiores al 60% de aprobados,
así que, en una farsa que se podía prolongar todo el curso,
se bajaban y subían los baremos
hasta que por fin se ajustaban a las previsiones oficiales.
En aquellos días,
también se puso fin al tirón de orejas
que habían dado al régimen para fabricarnos,
y comenzaron las especulaciones entre los conservadores de museos
para darnos trabajo, siquiera,
dentro de una vitrina del Museo de Ciencias Naturales,
con un letrero que certifique que fuimos
la generación de españoles mejor preparada de todos los tiempos
y además
sin distinción de clases.


Antonio Orihuela



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