sábado, 14 de junio de 2014

Carta abierta de una keynesiana a un marxista ortodoxo / Joan Robinson






El texto de Joan Robinson que a continuación se reproduce fue originalmente publicado por estudiantes de izquierda de Oxford en 1953. Es una estupenda polémica, políticamente amistosa, pero analíticamente demoledora, con un marxista ortodoxo de la época (que típicamente confundía la ciencia con la pasión del escoliasta). La señora Robinson ha sido una de las más grandes economistas del siglo XX, y su texto, lleno de vigor y claridad mental, no ha perdido un ápice de actualidad; al contrario. Hace poco se cumplió el 40 aniversario de su muerte. Valga esta publicación para recordarla y recomendarla calurosamente ahora que la crisis del capitalismo ha permitido que vuelva a sacar cabeza el pensamiento económico-científico serio, es decir, ni acríticamente apologético de lo existente, ni limitado “críticamente” a puras labores escoliásticas. SP





Le prevengo: le va a resultar a usted muy arduo seguir esta carta. Y no porque –eso espero—  sea muy difícil –no le importunaré con fórmulas algebraicas, ni con curvas de indiferencia—, sino porque le considerará tan desconcertante que no sabrá usted como tomársela.
Empezaré con una declaración personal. Es usted muy cortés y procura que a mí me pase inadvertido, pero siendo yo una economista burguesa, su único posible interés en prestarme atención es el de pillarme en algún sinsentido. Peor aún: yo soy una keynesiana de izquierda; saqué conclusiones más rojas que azules de la Teoría General mucho antes de que el libro fuera publicado. Me encontré en la privilegiada posición de pertenecer al grupo de amigos que trabajaban con Keynes cuando lo estaba escribiendo. Así pues, fui la primera gota vertida en el frasco llamado “keynesianismo de izquierda”. Además, ahora mismo ocupo un gran volumen del contenido de ese frasco, porque, entretanto, buena parte del resto se ha evaporado. Muy bien; ya sabe usted lo peor.
Pero le ruego que piense en mí en términos dialécticos. El primer principio de la dialéctica es que el significado de un enunciado depende de lo que niega. De manera que el mismo enunciado tiene dos significados, según se venga a él desde arriba o desde abajo. Se más o menos desde qué ángulo viene usted a Keynes, y me percato bastante bien de su punto de vista. Use usted también un poco de dialéctica, y trate de percatarse del mío. Yo estudié en una época en que la teoría económica vulgar se hallaba en un estado particularmente vulgar. Teníamos una Gran Bretaña con nunca menos de un millón de obreros desempleados, y ahí estaba yo, con un director de tesis que me enseñaba que era lógicamente imposible que hubiera desempleo, dada la Ley de Say.
Y va Keynes y prueba que la Ley de Say es un sinsentido (ya lo había probado Marx, huelga decirlo, pero mi director de tesis jamás me había hablado de las tesis de Marx al respecto). Además –y por eso soy una keynesiana de izquierda, y no del otro tipo—, me percaté al punto de que Keynes mostraba que el desempleo iba a ser un hueso muy duro de roer, porque no es un mero accidente: cumple una función. En una palabra: Keynes puso en mi cabeza la idea misma del ejército laboral de reserva que mi profesor tan meticulosamente había mantenido alejada de mí.




Si conserva usted un adarme de dialéctica, se dará cuenta de que el enunciado “Soy una keynesiana” tiene un significado completamente distinto dicho por mí y dicho por usted (claro que usted no podría decirlo en ningún caso).
Lo que trato de decirle, y que va a dejarle a usted o demasiado anonadado o demasiado encolerizado –dependerá del temperamento— para poder comprender el resto de esta carta, es esto: yo entiendo a Marx infinitamente mejor que usted. (En un minuto le daré una explicación histórica interesante del porqué, si es que no se ha quedado usted ya  completamente helado –o ha alcanzado el punto de incandescencia—, antes de que se la suelte.)
Cuando digo que entiendo a Marx mejor que usted, no quiero decir que conozca el texto mejor que usted. Si usted me sale escupiendo citas, me dejará al punto perpleja. Lo cierto es que yo me niego desde el principio a participar en ese jueguecito.
Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula ósea y usted, a flor de labio. Pongamos un ejemplo: la idea de que el capital constante incorpora fuerza de trabajo gastada en el pasado. Para usted, este aserto tiene que probarse con chorros de palabrería hegeliana. En cambio, yo me limito a decir: (sin, por cierto, servirme de ese pomposo léxico): “¡Naturalmente! ¿Y qué otra cosa podría ser?”.
Por eso me dejó usted tan terriblemente confundida. Como andaba todo el rato tratando de probarlo, yo pensé que estaba usted hablando de otra cosa –no conseguí adivinar cuál— que necesitaba probarse.
Análogamente, suponga que los dos queremos discutir sobre un paso abstruso de El Capital, por ejemplo, el del esquema del final del Volumen II. ¿Qué hace usted? Abre el volumen, y echa un vistazo. ¿Qué hago yo? Agarro el primer sobre que a mano tengo y, en el dorso, trabajo el problema.
Y ahora voy a decirle algo aún peor. Suponga que, a título de mera curiosidad, voy al Capital y me encuentro con que la respuesta que he escrito en el viejo sobre no coincide con lo que dice el libro. ¿Qué hago? Repaso mi solución, y si no puedo descubrir ningún error en ella, busco el error en el libro. Bueno, supongo que aquí debería dejar ya la cosa, porque usted penará que me he vuelto loca de atar. Pero si puede aguantar y seguir leyendo un poco más, trataré de explicárselo.
Yo fui educada en Cambridge, como le dije, en una época en que la teoría económica vulgar había llegado al fondo del pozo de la vulgaridad. Con todo y con eso, entre tanto disparate, se había conservado una herencia preciosa: el hábito ricardiano de pensar.
No es cosa que se pueda aprender en los libros. Si quieres aprender a montar en bicicleta, no será con un curso por correspondencia, ¿verdad? Claro que no; te harás con una vieja bicicleta, montarás en ella, te caerás, te lastimarás las rodillas, volverás a subir e irás dando tumbos, hasta que, de repente, ¡vaya, sabes montar en bicicleta!. Seguir un curso de economía en Cambridge era algo parecido. Como montar en bicicleta: una vez aprendido, es como una segunda naturaleza.
Cuando leo un paso de El Capital, lo primero para mí es averiguar el significado de c, si lo que tenía en mente Marx en este punto era el stock total de trabajo incorporado (él no da demasiadas pistas aludiendo explícitamente al problema: ¡hay que elaborarlo a partir del contexto!): entonces monto en bicicleta y me siento perfectamente cómoda.
Para un marxista es harto diferente. Sabe que lo que Marx dice tiene que ser correcto en cualquier caso, ¡a qué entonces desperdiciar energía mental averiguando si c es un stock o un flujo?
Llego entonces a un paso en el que Marx dice que quiere decir flujo, aun cuando es evidente por el contexto que tiene que significar stock. ¿Puede usted creer lo que yo hago entonces? Me bajo de la bicicleta, corrijo el error, vuelvo a montar, y sigo.





Pues bien; supongamos que le digo a un marxista: “Fíjese en este paso: habla de stock o de flujo?”. El marxista dice: “C es el capital constante”, y me da una pequeña conferencia sobre el significado filosófico del capital constante. Y yo, que repongo: “Déjese usted de capital constante: ¿ha confundido Marx un flujo con un stock?”. Replica el marxista: “¿Cómo podría haber cometido un error? ¡¿No sabe que estamos hablando de un genio?!”. Y me da una pequeña conferencia sobre la genialidad de Marx. Yo me digo para mis adentros: puede que este hombre sea un marxista, pero no sabe mucho de genios. Tu torpe y lenta mente va paso a paso, y se da tiempo para ser concienzuda y evitar deslices. Tu genio calza botas de siete leguas, va a toda mecha dejando atrás pequeños errores aquí y allá sobre el papel (¿y quién le importa?). Y digo: “Déjese genialidades de Marx. ¿Se trata de flujo o de stock?”. El marxista, entonces, se envara un tantito, y cambia de tema. Y yo me digo para mis adentros: “Puede que este hombre sea un marxista, pero no sabe mucho de montar en bicicleta”.
Lo que resulta interesante y curioso en todo esto es que la ideología que, como una niebla, rodeaba mi bicicleta cuando la monté por vez primera tenía ser muy distinta de la ideología de Marx, y sin embargo, mi bicicleta tenía que ser la misma que la suya, con unas cuantas mejoras modernizadoras aquí y allá y unos cuantos empeoramientos modernizadores aquí y allá. Lo que voy a decir ahora está más en su línea, así que relájese por un momento.
Ricardo existió en un momento muy particular de la historia de Inglaterra, cuando estaba en trance de doblar tan bruscamente una esquina, que las posiciones progresistas y reaccionarias cambiaron de bando en el curso de una generación. Él se hallaba en la esquina misma, cuando los capitalistas estaban a pique de superar a la vieja aristocracia terrateniente y substituirla como clase dominante. Ricardo estaba en el bando progresista. Su preocupación fundamental pasaba por mostrar que los terratenientes eran parásitos de la sociedad. Al hacerlo, se convirtió en cierto sentido en el campeón de los capitalistas. Eran parte de las fuerzas productivas enfrentadas a los parásitos (dada la Ley de Hierro de los Salarios, los obreros saldrían malparados, pasara lo que pasara).
Ricardo tuvo dos seguidores tan capaces como bien entrenados intelectualmente: Marx y Marshall. Lo que entretanto pasó es que la historia de Inglaterra había doblado la esquina, y los terratenientes habían dejado de estar en cuestión. Ahora se trataba de los capitalistas. Marx dio así la vuelta al argumento de Ricardo: los capitalistas son extremadamente parecidos a los terratenientes. Y Marshall le dio la vuelta contraria: los terratenientes son extremadamente parecidos a los capitalistas. Justo a la vuelta de la esquina de la historia de Inglaterra, lo que se observa son dos bicicletas de la misma factura: una montada por la izquierda y otra por la derecha.
Marshall hizo algo harto más efectivo que cambiar la respuesta. Cambió la pregunta. Para Ricardo, la Teoría del Valor era un medio para estudiar la distribución del producto total entre el salario, la renta y el beneficio, considerados cada uno de ellos como un todo. Enorme cuestión. Marshall convirtió el significado del Valor en una pequeña cuestión: ¿por qué un huevo cuesta más que una taza de té? Puede ser una cuestión ínfima, pero es, al mismo tiempo, muy difícil y compleja. Toma mucho tiempo y mucha álgebra elaborar una teoría para responderla. Por eso mantuvo a sus discípulos ocupados en el asunto durante 50 años. No tenían tiempo de pensar en la gran cuestión, ni siquiera de recordar que subsistía una gran cuestión, porque tenían que deslomarse elaborando la teoría del precio de una taza de té.
Keynes recuperó la gran cuestión. Empezó pensado en términos ricardianos: si el producto debía comprenderse como un todo, ¿a qué preocuparse por una taza de té? Cuando piensas en el producto como un todo, los precios relativos dejan de importar (incluidos los precios relativos del dinero y del salario). Lo que entra en el argumento es el nivel de precios, pero entra como complicación, no como asunto principal. Si tienes cierta práctica con la bicicleta de Ricardo, no necesitas detenerte y preguntarte qué hacer en un caso como ese; simplemente, lo haces. Prescindirás de la complicación, hasta que hayas trabajado suficientemente en el problema principal. De modo que Keynes comenzó dejando de lado los precios del dinero. La taza de té de Marshall se evaporaba como el humo. Pero si no puedes servirte del dinero, ¿qué unidad de valor usarás? Una hora de tiempo de trabajo humano. Es la medida más asequible y plausible, y por lo mismo, obviamente, la más usadera.  No tienes que probar nada; simplemente, hacerlo.



Pues bien; en eso estamos, de vuelta a las grandes cuestiones de Ricardo. Y nos servimos de la unidad de valor propuesta por Marx. ¿De qué se queja usted?
Y hágame el favor de sacar las narices de Hegel de aquí. ¿Qué demonios pintan entre Ricardo y yo?


Joan Robinson (1903-1983) fue una economista inglesa, una de las grandes del siglo XX



***