sábado, 28 de junio de 2014

Francisco Casavella sobre Kurt Vonnegut.





Las palabras que cito a continuación son del poeta catalán Gabriel Ferrater. Se recogieron en una entrevista para el libro “Infame Turba”:

“El escritor intenta traducir su experiencia, y ésta puede ser diferente para cada cual. Yo, desde luego, practico muy poco la poesía política, pero una persona para quien la política tenga importancia en su vida, en su experiencia personal, pues me parece muy bien que la traduzca en poesía. El caso más notable es el de Louis Aragon, que no escribió más que tonterías en verso antes de que los alemanes invadieran Francia. Durante la invasión escribió poemas estupendos, y cuando los alemanes se marcharon, dejó de hacer poemas tan buenos. En aquel momento, para Aragon lo importante era la cuestión patriótica y política de la Resistencia. Por otra parte, desde luego, es mal negocio que los alemanes tengan que invadir Francia para que Louis Aragon escriba buenos poemas”.




Es un negocio nefasto. Pero no nos engañemos, la literaratura en todas sus facetas se alimenta de la experiencia, y a lo largo del tiempo, la magnitud de esa experiencia, sus circunstancias, si no dan una literatura superior, sí ayudan al menos a que ésta sea más intensa. Y más interesante. La Segunda Guerra Mundial, la mayor catástrofe de todos los tiempos, generó de modo inmediato infinidad de memorias, descargos de conciencia, reclamaciones por aniquilación e interpretaciones poéticas, guiadas siempre, no nos olvidemos, por las circunstancias de los nuevos intereses geopolíticos. Tantas fueron, que llevaron al hastío. Muchos lectores, en el nivel cultural más alto, añoraron enseguida otro tipo de literatura que extraviase su imaginación y alimentase su inteligencia con armas menos destructivas que las del recuerdo bélico. Sin embargo, esas nuevas formas crearon depósitos que se llenarían muy pronto de aquella experiencia inolvidable, la Segunda Guerra Mundial. Y aunque siguiera sin ser un buen negocio el estallido y culminación de la más grande de las tragedias, de algún modo fue una suerte para los lectores que permaneciera en ciertos novelistas la necesidad de esa catarsis narrativa cuando se diese la oportunidad formal y política de ser expresada.




Ahora que veo lo escrito, me doy cuenta de que es tal el absurdo de lo que acabo de escribir, tan irresoluble el conflicto que se plantea entre horror, vida y literatura, tan irreconciliable con el sentido común, que es una tontería. Pero no tengo más remedio que continuar.

Según los expertos, la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias marcaron el fin de la Edad de Oro de la narrativa estadounidense. Tras el conflicto, los grandes nombres mueren o decaen. Poco a poco, descreída de sí misma, de su vigor, de su capacidad para desentrañar el sentido trágico de la vida, la novela americana deja de ser ingenua y directa y se vuelve astuta e irónica. El posmodernismo aparece lentamente y fluctúa a la baja del interés del público. Como ocurre siempre, ésa es sólo una de las historias posibles: pese a seguir la misma ruta cultural de sus congéneres, alguno de esos novelistas sigue aportando cierta grandeza y habla de modo directo a un público mayoritario que los lee con avidez pese a su calidad y a lo intrincado de sus tácticas narrativas. O gracias a ellas. Porque esas novelas vuelven a hablar de la guerra, de la experiencia de la guerra. La primera de ellas es “Trampa 22”, un retrato judío, heredero de la mejor picaresca, de “El buen soldado Scheik”, de Kafka y de los “stand-up comedians” que recitaban sus peroratas en los cafés bohemios del Village en los 50. Su autor, Joseph Heller, antiguo piloto de bombarderos durante el conflicto en el frente italiano, escribe una de las sátiras más divertidas y patéticas de la historia de la literatura. Su estructura espiral, de un chiste sobre otro, hasta llegar una y otra vez hasta el callejón sin salida que es reflejo del callejón sin salida burocrático, esconde, una y otra vez también, la necesidad de narrar un suceso: la muerte de un soldado en brazos de otro. El éxito y el reconocimiento literario de “Trampa 22” fueron instantáneos.





En 1969, la historia se vuelve a repetir con “Matadero Cinco”, de Kurt Vonnegut, polémico autor que empezó su carrera como escritor “pulp” de ciencia-ficción. La coincidencia del empleo de numerales en el título no es la única entre las dos novelas. Vonnegut desea también narrar un suceso de la Segunda Guerra Mundial, y desde las primeras páginas nos explica su dificultad para contarlo, la necesidad que tiene de contarlo y lo absurdo que puede resultar contarlo. Empieza con ese dilema y ya no tiene más remedio que continuar.

¿Qué es lo que Vonnegut nos quiere contar en “Matadero Cinco”?

El 13 de febrero de 1945 tiene lugar uno de los acontecimientos más desconocidos de la guerra: aviones británicos y americanos bombardean la ciudad alemana de Dresde. El enclave no posee otro interés que no sea su pintoresca belleza arquitectónica; no hay en las proximidades fábricas de armamentos, nada que justifique una intervención de tipo estratégico. Dresde es bombardeada en parte como represalia por la utilización sobre Londres de los proyectiles V1 y V2 (origen esto último, por cierto, de otra gran novela: “El arco iris de gravedad”, de Thomas Pynchon). Dresde es bombardeada también para coaccionar la rendición del mando alemán, un caso parecido al posterior de Hiroshima y Nagasaki. La bella ciudad de Dresde es destruida, en fin, por otra de las terribles operaciones absurdas que toda guerra trae consigo. En el bombardeo murieron 135.000 personas. No sobrevivió casi ninguno de los habitantes de la ciudad. De los pocos supervivientes, y por otro absurdo, la mayoría eran prisioneros estadounidenses que estaban encerrados en los sótanos de los mataderos municipales. El futuro escritor Kurt Vonnegut era uno de ellos.


¿Y cómo quiere contar, cómo puede contar, Vonnegut esa masacre?
Pues por el método espiral, como si no le quedase otro remedio que dar vueltas en torno a la bibliografía de un personaje que ha creado ante los ojos del lector. Se llama Billy Pilgrim. El lector saltará en el tiempo y se enterará de muchos sucesos de la vida de Pilgrim, anteriores y posteriores al bombardeo: sus éxitos y sus desgracias personales y, sobre todo, su bendita locura, hasta que el mismo relato del bombardeo, y la reflexión sobre la magnitud del horror que produjo, queden como escondidos entre los absurdos que forman su vida, cualquier vida.

No contento con eso, Vonnegut parece pedir ayuda e introduce en su novela a personajes de sus obras anteriores: el Howard Campbell de “Madre Noche”, el señor Rosewater de “Dios le bendiga, Mr. Rosewater” y, el mejor de todos ellos, el amargado escritor de ciencia ficción Kilgore Trout, la persona que Vonnegut pudo haber sido y quien con sus novelas baratas, en las que los saltos en el tiempo son una obsesión, proporcionará al desventurado Billy Pilgrim de postguerra un refugio seguro en el planeta Tralfamadore, lugar en el que nuestro protagonista afirma haber pasado una larga temporada después de su abducción por los muy desarrollados tralfamadorianos. En Tralfamadore  conocen cada momento de la existencia, cada uno de los instantes de cualquier vida está registrado, y del mismo modo que sabemos la fecha de nuestro nacimiento sabemos la de nuestra muerte. Nada, al fin, es inquietante y nada presagio de un horror más allá del horror habitual de la vida de cada ser humano.




En la película ¡Quiero vivir!, un cliente le hace a Susan Hayward, una chica alegre, la siguiente y rotunda afirmación: “La vida es absurda”. Entonces ella responde: “¿Respecto a qué?” Desde su nube, Billy Pilgrim podría contestar: “Respecto a la guerra y respecto a Trafalmadore”.

Finalmente, ¿qué piensa el autor de este prólogo sobre lo que se oculta tras esa reticencia narrativa de Vonnegut, de ese parecer no desear contar lo que en realidad siente absoluta necesidad de contar?
Que existen horrores en la guerra y maldades en sus agentes que hacen dudar de la imprescindible ilusión del libre albedrío para siempre. Pero no tenemos más remedio que continuar dibujando esa geografía de espirales si no queremos acabar en los tralfamadores que las vicisitudes de la vida nos reservan, sea o no un buen negocio vivir para contarlas y no nos quede más remedio que continuar.

Francisco Casavella (Prólogo a “Matadero Cinco”)


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