lunes, 23 de junio de 2014

Implicación y utopía en Alfonso Sastre / Vicente Romano




Implicación y utopía en Alfonso Sastre 

Los denominados medios de comunicación de masas defienden, como se sabe, los intereses de sus propietarios. Estos medios, junto con la escuela y todo lo que comprende la supraestructura de una formación social propagan e inculcan los valores de su dominación. Y, como es fácil de entender, silencian y combaten todo lo que se oponga a sus intereses. Por eso no es de extrañar que silencien y hasta criminalicen la persona y la obra de Alfonso Sastre, el intelectual más preclaro y honesto de nuestra cultura. Se trata de uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX, conocido, traducido y representado en numerosos países y lenguas.
Alfonso Sastre, “el maldito”, según Andrés Sorel, nació en Madrid en 1926 y a partir de 1977 reside en Hondarribia (Guipúzcoa). Desde sus años de estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid estuvo siempre implicado en la lucha contra el fascismo y el imperialismo. Implicación que ha mantenido a lo largo de toda su vida. Toda su labor creativa se ha centrado en esta lucha por el cambio de este mundo a otro mejor. Su creación literaria es tan prolija que apenas puede esbozarse aquí. A. Sastre no sólo es un extraordinario dramaturgo, sino también un excelente ensayista, poeta, narrador, teórico. Tal vez sea este hecho de destacar en varias disciplinas y artes a la vez una de las razones de su silenciamiento, marginación y criminalización. Se trata de un rasgo típico de nuestra tradición cultural y académica. Ha sido y es un revolucionario entregado al combate contra la organización social existente, la estulticia cultural, la represión física y espiritual, y por la libertad individual de los seres humanos y la libertad colectiva de los pueblos grandes y pequeños. De ahí que, parafraseando a B. Brecht, se le persiga por buenas razones. Sus encarcelamientos físicos y espirituales se iniciaron en 1956 y se mantienen hasta hoy día. Calvario que recorrió también su esposa, Eva Forest. Hasta sus potenciales amigos e intelectuales supuestamente afines lo abandonan y se mantienen alejados de la posible contaminación de sus ideas socialistas, incluido el PCE, partido en el que militó, y del que ambos fueron expulsados.



Pero Alfonso y Eva nunca abandonaron la utopía que convirtió sus vidas en una dolorosa aventura de compromiso por el que pagaron un alto precio.
Alfonso Sastre se autodefine como “comunista errático”, intelectual malpensante y escritor implicado (no comprometido) en un proyecto utópico.
Al considerar su situación con los intelectuales, algo que Carlo Frabetti analizará con más detalle y sabiduría que yo en su próxima intervención, Sastre nos dice que, antes, la población “bienpensante” era de “derechas” y hoy es “la gente de izquierdas”. Para sí mismo reivindica una posición no bienpensante. Y ésa es la postura que le propone a la izquierda deseable y seriamente radical, por paradójico que resulte. Mi modo de “pensar bien”, dice, es “pensar mal”. Por lo que “pertenezco a la izquierda malpensante”.
Tal vez el discutible concepto de “tonto útil” sea ampliable a otras categorías y haya que hablar también de “cobardes útiles”. Para Sastre, quienes quieren nadar y guardar la ropa merecen más desprecio que indulgencia. Esa población “bienpensante”, esa “gente de izquierdas”, los “progres”, como suelen llamarse, participa activamente en la marginación y acoso de todo pensamiento crítico que se oponga al sistema social vigente. Se trata de los que a mí me gusta llamar los “ex” y los “trans”.
En esta tarea innoble e inhumana colaboran con desmedido entusiasmo y voracidad una caterva de “profesionales” de última hora, papanatas del último mecanismo tecnológico yanqui, expertos del “trepe”. Una turbamulta de arribistas se ha encaramado a los puestos y hasta las cátedras, sobre la base de renegar de su pasado, incluso de sus propios progenitores. Tras subirse a la chepa de siglas otrora gloriosas como las del PCE, y pasarse luego a las del PSOE, o acogerse a éstas por primera vez, abandonaron rápidamente sus ideales “revolucionarios” o progresistas, si es que alguna vez los tuvieron. Estas bandadas de “ex” (ex-falangistas, ex-comunistas, ex-ORT, ex-curas, etc.) y de “trans” (tránsfugas, transversales, transnacionales -por lo de su afán al transporte de los viajes y sus dietas-, etc.) una vez agarrados a las mezquinas parcelitas del poder, no parecen ver otro modo de mantenerlas si no es reprimiendo, a veces con saña, cualquier atisbo de pensamiento crítico a costa de lo que sea. Su origen pequeñoburgués y su experiencia insolidaria pueden explicar, tal vez, estos comportamientos, algunos de los cuales son bien conocidos de la opinión pública.



En el corazón sin sangre de estos pragmáticos modernos y postmodernos no caben sentimientos ni valores humanistas, como la solidaridad, la amistad o la emulación. Sus portavoces ideológicos y “académicos” se escudan en la defensa de las tecnologías y la rentabilidad financiera inmediata frente a la rentabilidad social. Como la memoria histórica estorba sus intereses y la comodidad en que se han instalado, olvidan consciente o inconscientemente la necesidad del cambio social.
Para Sastre, la postura que hay que mantener frente a la necesidad del cambio social es simplemente luchar políticamente. Frente a la interesada imagen violenta que transmiten los medios, Sastre es uno de los autores más declaradamente pacifista y antimilitarista. Sus Revelaciones inesperadas de Moisés, por ejemplo, es un alegato contra todo tipo de violencia y contra toda clase de guerra, aunque siempre distinguiendo. Para él, ni siquiera lo más sagrado justifica una guerra. He aquí un pequeño poema con que responde al silenciamiento a que está sometido
HAN BORRADO MI NOMBRE
Han borrado mi nombre De todas las listas existentes. En el Registro Civil debe de haber Algo como una sombra leve. Pero a pesar de todo existo y ando Y consto por la fuerza De mi sencillo nombre Inscrito en todas, todas, todas las listas negras. (Madrid, 13 de abril de 1971) II Yo, confiesa Alfonso Sastre, Trato de dar un paso, bien que modesto, en la vía de la revolución cultural que es un frente más en el marco revolucionario de la lucha global.
Y los zapatos que se calza para su andadura son los elaborados por los clásicos del marxismo. Este parece ser su delito, la causa de su marginación. 





En consecuencia con el método establecido por Marx y Engels para analizar las relaciones entre arte y literatura, moral y política, filosofía y ciencia, marca así su propia actuación:
1. Proceder de los acontecimientos: de la praxis y de la investigación histórica. 2.. Acceder al mundo de las estructuras. Regresar con el conocimiento así obtenido a la praxis histórica.
Por eso rechaza el humanismo abstracto, porque tiene un efecto paralizador que “tiende un velo a la realidad radical que es, hoy por hoy, la lucha de clases. En cuanto al llamado “humanismo socialista” contiene en sí los gérmenes de la disolución de la militancia.
No se trata de conseguir mayor resistencia a las agresiones del medio sino de modificar ese medio, de actuar sobre él y cambiarlo, afirma.
En este sentido parafrasea la conocida tesis XI de Karl Marx sobre Feuerbach, que reza así: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”
Por eso, nos dice Alfonso Sastre, el arte es una de las formas de incorporar la imaginación a la lucha revolucionaria. Para él, la belleza no es otra cosa que una expresión de la justicia y la libertad.
Frente al “intelectual comprometido” Sastre propugna el “intelectual implicado”. Y la clave de la implicación es la libertad. El escritor y el artista se implica en los procesos que impugnen los órdenes de la dominación, de la negación o constricción de la libertad, tanto individual como colectiva.
Escribir supone independencia y libertad, conceptos reñidos con las leyes del mercado, como testimonia Andres Sorel. De ahí que “hacer literatura no es bastante”, proclama Sastre . Es menester la rebelión contra el poder político y contra el poder del mercado. Y también contra los terribles errores de la izquierda, que no supo crear un marco cultural que condujese al hombre nuevo, a inculcar los valores y la conciencia socialistas. De ahí que “quizás haya llegado el momento de aparcar definitivamente el fantasma de Stalin y dedicarnos decididamente al futuro: a las nuevas tareas que nos propone la necesidad de cambiar el mundo. Un escritor es algo más que sus narices, o no es nada.”



El escritor se tiene que definir por su comportamiento social y político. La literatura es un arma de combate para transformar el mundo y la sociedad. Todo escrito combativo tiene que ser estéticamente válido para poder ser considerado y valorado como obra literaria. Brecht pedía ya el lenguaje más bello para la clase trabajadora.
El acto literario es válido cuando es social, cuando irrumpe en el mundo de la realidad social e histórica, para transformarla. De nuevo la tesis de Marx.
Preguntado en una entrevista si se arrepentía de su compromiso, he aquí lo que respondió:
- No, yo no me arrepiento de mi implicación en la vida social y política durante la dictadura y después, hasta hoy. Por el contrario, sufriría una vergüenza insoportable de no haberlo hecho y de no seguir haciéndolo a mi modo y manera. III El proyecto utópico en el que se ha implicado Alfonso Sastre es el de crear una sociedad socialista, lo que él llama la utopía “imposibilista”. Pero imposibilista no quiere decir que sea imposible, sino que nos la imposibilitan.
A la libertad, entendida como capacidad para la autodeterminación, no se puede llegar sin el conocimiento, el análisis crítico y la superación de las trabas que la imposibilitan, esto es, sin la superación de la heterodeterminación.
De ahí que la naturaleza del ser humano sea la crítica. Su gesto no es la reverencia, sino la discusión.
Según esto, lo “realista” es enarbolar la política de la verdad y afirmar la independencia, la no subordinación – ni política ni cultural – con respecto a las políticas del orden, a fin de subvertir el orden de la dominación y superarlo.
Si el posibilismo podría resultar una manera de practicar la rebelión, como consideran los intelectuales bienpensantes, la actitud “imposibilista” ante las formas impuestas por lo existente es la manera más eficaz de implicarse con éxito en un proyecto de cambio colectivo.
Para Sastre, la condición de la libertad de uno es la libertad de los demás. La libertad individual es la clave de la implicación: para ser libre un escritor necesita de lectores libres, a fin de ensanchar la propia libertad en la medida de la libertad de los otros.
Por ello la política de Sastre es condicional. Se implica hasta la muerte en los procesos que resultan de impugnaciones contra los órdenes de la dominación.
En el plano del discurso, la búsqueda de la verdad depende del uso lingüístico condicional, de la reflexión y cognoscibilidad del sujeto y predicado. De eso se nutre el discurso crítico y la claridad entre pregunta y respuesta. La claridad del lenguaje hace que el pensamiento esté más abierto a la valoración relativizadora. Esto no es bueno para los poderosos. Así que hay que eliminar las frases en condicional, suprimir el subjuntivo, el predicado se escurre en una substantivación y aparece en lugar del sujeto. No debe averiguarse quién actúa. Los sujetos responsables desaparecen en las instituciones que representan. No se admiten contradicciones ni matices. La definición cerrada de los conceptos (libertad, terrorismo, guerra, etc) pervierte de tal modo el discurso que en nombre de la libertad de expresión se cierran y bombardean periódicos y emisoras de radio y televisión. Esta perversión del lenguaje puede llevar a que las guerras se califiquen de humanitarias, a que las bombas sean inteligentes, los bombardeos resulten quirúrgicos y las víctimas se conviertan en “daños colaterales”. La utopía es la opción imposibilitada, afirma Sastre. Para él, como para Marx, la libertad no se construye a partir de una ”táctica de lo posible”.



Lenin lo sabía: la única manera de hacer avanzar las conquistas de la revolución de febrero de 1917 era marchar hacia la revolución socialista, lo que era considerado en aquellos días como horizonte utópico por antonomasia.
Al reivindicar a un tiempo el contenido revolucionario de los ideales comunistas y libertarios , esto es, anticapitalistas, Sastre es acusado de lo mismo que connotaba el concepto de “izquierdismo” en la época de Lenin. No sólo se le acusa de utópico, sino de amante romántico y sangriento de la subversión Pero estos días, cuando con tanto boato, fastuosidad e hipocresía se celebra el vigésimo aniversario de la apertura del muro de Berlín y el colapso del socialismo de cuartel en Europa Oriental y la URSS, renace de nuevo la utopía comunista. Su razón de ser está, como en Octubre de 1917, está en el fracaso del capitalismo para dar solución y superar las dificultades que conduzcan al bienestar de la humanidad. Cada vez son más las voces que, como la de Alfonso Sastre, están convencidas de que otro mundo es posible y claman por la creación de un orden socialista.
Sí, nos dice Alfonso Sastre, “la verdad es que la casa del ‘socialismo real’ estaba tan mal construida que no valía la pena poner más esperanzas en esa edificación.” Mas, frente a quienes proclaman la imposibilidad de la utopía comunista y el fin de las utopías con el colapso de la URSS y del “socialismo realmente existente”, Alfonso Sastre advierte de que hay que andarse con cuidado en esto de las utopías sociales, pues una utopía puede convertirse fácilmente en distopía, en un horror como el de la utopía nazi del III Reich. “Es preciso partir”, nos dice, “de que la utopía es una noción reivindicable sólo si la recuperamos tanto del campo de lo distópico, ahora recordado, como de los territorios de la mera fantasía que relegan la utopía a ‘lo imposible’, a lo metafísicamente imposible. Utopía es para nosotros -¿o no?- lo que no hay todavía, y sería deseable que lo hubiera, y es posible que llegue a haberlo por medio de una práctica revolucionaria de la imaginación dialéctica, y a pesar de las ideologías reaccionarias.” Para Sastre, “el comunismo no es sino una carga enorme de liberación”.
Ante los reproches de homogeneización propugnada e impuesta por los pocos grandes y poderosos, eso que se llama globalización, Sastre defiende apasionadamente la legitimidad de los muchos pequeños a autogobernarse, esto es, el derecho a la vida y a la riqueza espiritual. La sociedad sin clases comunista no estará exenta de contradicciones, sino que producirá “una floración de diferencias nuevas y superiores en el orden cultural”, eso que Mao resumía en su metáfora del jardín con cientos de flores. Por eso, para Sastre, la tarea del ser humano es la de Eurípides: comprender, discernir, analizar los “orígenes de los sufrimientos humanos”. Distinguir es visibilizar, revelar lo escondido, enfrentarse al silencio impuesto por los usos de las palabras. Discernir es recuperar la relación entre libertad y lenguaje, afirmar la desnudez del rey, devolver la “pureza a las palabras de la tribu”.
Pensar es distinguir. Sastre se apunta al combate por la distinción. Así, si se distingue bien, la patria puede devenir cárcel, el patriotismo se puede medir por hectáreas, la tolerancia puede devenir barbarie, el humanismo puede devenir terror. La patria es opresión en el chovinismo, en el fascismo. La tolerancia puede ser “una forma indirecta, enmascarada, de barbarie cuando tolera los actos bárbaros del imperialismo o las torturas de la policía”.
El humanismo abstracto puede ser cómplice del terrorismo de Estado al condenar de forma acrítica, por ejemplo, las guerrillas revolucionarias. Lejos de morir, como proclaman sus augures desde hace varias décadas, la utopía socialista revive con nuevos bríos al otro lado del Atlántico, donde siempre la ubicaron los utopistas europeos. Con el derrumbe de la Unión Soviética y del “socialismo realmente existente” de los países de Europa Oriental, el sueño de otro mundo más justo y libre emerge de nuevo en América Latina, que celebra ahora el bicentenario de sus independencias del colonialismo europeo. Ahí están la supervicencia de Cuba en medio del acoso y bloqueo usamericano, los esfuerzos revolucionarios de Venezuela, Bolivia y Ecuador por demostrar que el ideal de una sociedad socialista es realizable. Sí, otro mundo es posible reclaman cada vez más personas a lo largo y ancho del planeta tierra. Y eso para ridículo del eurocentrismo. Pues esta utopía está hoy protagonizada por pueblos y culturas que Europa siempre ha menospreciado y, claro está, explotado.
Se trata de lo que empieza a denominarse el “socialismo del siglo XXI”, una criatura recién nacida, todavía sin desarrollar. Pero ya empieza a dar sus primeros pasos. Un socialismo que, tras aprender de los errores de la Revolución de Octubre, se enriquece con las culturas y experiencias de todo un continente.
Sí, la utopía socialista cabalga de nuevo por las llanuras venezolanas, el altiplano boliviano y la selva ecuatoriana. Es la floración nueva de que habla Alfonso Sastre. América Latina se ha convertido en un lugar para la utopía. Como reza el lema de la Escuela de Cine y Televisión San Antonio de los Baños (Cuba):
Para que la utopía, que por definición no está en ninguna parte, esté en alguna parte.
Termino. Según Sastre, los intelectuales son los profesionales de la opinión (y actúan como creadores de opinión), de la crítica (y son críticos sociales) y de la exploración de la realidad por medio de la inteligencia y de la experiencia organizada (y son filósofos y científicos). Por ende, afirma Sastre, el arte tiene que ser una representación reveladora de la realidad. Para Sastre, el revolucionario vive y muere en el goce de esa condición que es siempre pluridimensional: la necesidad “izquierdista” de ampliar el contenido revolucionario de la revolución. De ahí que la función del arte, como proclamase ya Christopher Caudwell en su análisis de la Agonía de la cultura burguesa, estriba en la ampliación de la conciencia, del conocimiento del entorno humano, la sociedad. Porque, como dice Faustino Cordón, nuestro gran científico silenciado y marginado, al igual que Alfonso Sastre: La única manera de ser feliz es entender la realidad para dominarla.
Gracias por la atención.

Vicente Romano


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