miércoles, 25 de junio de 2014

Los tabúes de Podemos / Miguel León






Los tabúes de Podemos 

1. Introducción: el tabú y el poder del lenguaje
Hemos tardado demasiado en escribir sobre Podemos, pero nuestro silencio tiene por lo menos dos razones: por un lado, la necesidad de estar seguros de poder escribir sin ser excesivamente arrastrados por las filias y fobias personales; y, por otro, cierta voluntad de no interferir, puesto que, a pesar de los pesares, entreveíamos que algo de bueno podía tener todo aquello.
Millón y pico de votos después, incluso si la irrelevancia de Podemos no está definitivamente conjurada porque unas elecciones europeas son lo que son, resulta ineludible, para quienes no debemos lealtad a un aparato sino sólo a nuestras convicciones, intentar hacer un balance serio, crítico, de la situación en la que nos encontramos. Esta es, no lo ocultamos, una crítica de Podemos, pero una crítica que parte del respeto a sus votantes y del reconocimiento de la audacia (vamos a asumir aquí su lenguaje) de sus promotores.
Pero ha habido algo más que audacia. Podemos ha cosechado un primer éxito gracias a la astucia, la habilidad técnica y el trabajo eficaz de politólogos profesionales que han cocinado exitosamente esta primera fase y de profesores que han aderezado la mezcla con su puntito ególatra y teatral (que comparten, es cierto, con muchos docentes vocacionales). En ese sentido, sólo en ese, estamos ante un despliegue de leninismo que venía haciendo falta. Pero es un leninismo pobre en su sustento y limitado en su extensión. Y de eso es de lo que queremos hablar apuntando a una cuestión simple pero crucial, que son los tabúes de Podemos.
En Tótem y tabú, Freud compara los rasgos del tabú tal y como se presenta en las sociedades arcaicas con ciertas características de la neurosis, que es, para entendernos, el mínimo común denominador que comparten todos los individuos razonablemente locos que produce la sociedad capitalista como caldo de cultivo de patologías. Uno de ellos, el que nos interesa aquí, es el poder que se atribuye a las palabras-tabú, términos proscritos porque evocan algo, indeterminado, que pende sobre nosotros como una amenaza de castigo. Precisamente Juan Carlos Monedero escribió un libro titulado El Gobierno de las Palabras, una lectura de la que hemos de confesar que nos queda poco más que su amenidad, su espíritu didáctico, y la sensación de que el bueno del profesor no tenía ni la más remota idea de lo que quería decir acerca del lenguaje como eje de la política.
Los términos políticos que no utilizamos porque son tabú forman el rastro que deja el poder desnudo que funda un determinado orden social, sirviéndose normalmente de nuestra reacción contra él. Y existen varias vías por las que esas palabras nos gobiernan: nos gobiernan cuando las decimos y cae sobre nosotros el castigo esperado; nos gobiernan también cuando respetamos la prohibición o la quebramos con la boca chica, como el niño que acusa al otro de haber dicho “hijo-de-y-lo-que-sigue” para así decir y no decir “hijo de puta”; nos gobiernan, por último, cuando las empleamos colectivamente en los momentos permitidos, los carnavales de la izquierda (sean debates de televisión o manifestaciones anodinas).




De nuevo cito a Juan Carlos Monedero, que siempre insistía: realmente tienes una idea clara de lo que quieres decir cuando puedes poner un ejemplo. La Guerra Civil y la represión franquista garantizaron que el término “comunista” estuviera proscrito, la Transición convirtió esa prohibición despótica en un tabú, que podía ser quebrado colectivamente por un PCE reducido a folclore mientras que el sistema político, en la práctica, convertía la represión despótica franquista en ley y resucitaba, con fondos de la CIA, el PSOE como buque insignia de la izquierda (tendremos tiempo de volver sobre el palabro). Y ahí comienza el largo desaprendizaje político que a duras penas comenzó a rehacerse, siempre a trompicones, cuando el insigne José María Aznar decidió que España podía declararle la guerra a Irak.
El reflejo verbalizable de los tabúes son los significante vacíos (salió, por fin, Laclau, referente intelectual explícito de los promotores de Podemos). Éstos son palabras que se han desgastado con el uso igual que las monedas y que pueden significar tantas cosas que realmente no significan nada. Son palabras que sirven, básicamente, para que uno diga lo que no quiere decir y crea llegar a un consenso cada vez que se produce una derrota. Los significantes vacíos son útiles políticamente en la medida en que los llenamos, y si no son como un barco de cáscara de nuez que no lleva dulce miel sino, en el mejor de los casos, nada.
Confundir este punto es uno de los grandes errores históricos de la izquierda tardo-franquista (desde 1975 hasta ahora) y por eso la Constitución de 1978 está llena de significantes vacíos que el PCE aplaudió con las orejas porque creía ver en ellos una posibilidad de transformación social al mismo tiempo que comulgó con ruedas de molino, a veces sin saberlo, cada vez que la derecha y los poderes fácticos nos colaban una palabra con connotaciones claras. Entre los primeros, “Estado social y democrático” (art. 1), “pueblo” (ibid), “nación” (art. 2), “nacionalidad” (ibid), “autonomía” (ibid), “partidos políticos” (art. 6), “derechos fundamentales” (art. 15-29), “derecho al trabajo” (art. 35), “planificación” (art. 38), “vivienda digna y adecuada” (art. 47), etc.; entre los segundos, “Monarquía” (art. 1), “indisoluble unidad” (art. 2), “instrumento fundamental de participación política” (art. 6), “deber de trabajar” (art. 35), “los poderes públicos garantizan y protegen [la economía de libre mercado] y la defensa de la productividad” (art. 38), etc.



Mientras no llenamos de sentido los significantes vacíos, éstos contribuyen a reproducir los tabúes con los que conectan. El caso del término “partido” es muy ilustrativo. Durante el franquismo, y sobre todo a partir del declive de la “familia” falangista, “partido” era un término proscrito, asociado al PCE. En la Transición, sin embargo, se rescata vaciado de contenido para convertirlo en “instrumento fundamental de participación política” y, por esa vía, en aparato del Estado y válvula de control frente al descontento. El PCE no pudo o no quiso oponerse a ese vaciamiento y el término “partido” ha terminado convirtiéndose en tabú, haciendo aquí también que los descontentos asuman como ley los mandatos de la antigua voluntad despótica.
El tabú que recae sobre la palabra es un fetiche y por tanto funciona como una trampa. Igual que el viejo blasfemo de La Vida de Brian, podemos violar las prohibiciones creyéndonos muy radicales y sin evitar que nos lluevan piedras. Frente a eso siempre cabe la opción defendida por el difunto Agustín García Calvo: desprendernos de cada uno de los términos que el poder ha dejado inservibles por unos u otros motivos. Pero esa es una solución para iluminados. La otra vía, potente sin duda, es la de pelear los significados, y decir que democracia no es eso sino esto, donde “esto” puede no ser todavía un significado pero es un sentido acompañado de una práctica [1].
La justificación de esa estrategia es clara: allí donde hay un tabú o un significante vacío hay sin duda poder, pero el poder no está en el término sino en las relaciones que lo atraviesan. Quienes ocupan una posición privilegiada nos gobiernan con el lenguaje porque temen el significado de ciertas palabras (comunista, por ejemplo) y se benefician de la elasticidad de otras muchas (democracia, pueblo…). Con las primeras, viejas y nuevas, nos inventamos a nosotros mismos. Con las segundas disputamos la hegemonía (salió el término gramsciano, otra muleta teórica confesa de los promotores de Podemos) a quienes la detentan. Al hacerlo estamos, desde luego, rompiendo el tabú, pero de una forma muy peculiar: por una parte, es una ruptura colectiva, y no el absurdo brindis al sol de un viejo blasfemo; por otra, es una ruptura que se sale de los cauces establecidos y disputa los significantes vacíos llenándolos de contenido, diferenciándose por tanto de un estallido de carnaval. En resumen, lo que se hace es ignorar el tabú y tomar posesión del vocabulario.



Es por estos motivos que resulta tan interesante, tan crucial, prestar atención a los tabúes de Podemos, ya que éstos son prueba de que Podemos pretende ignorar el tabú respetándolo, y pretende tomar posesión del vocabulario sin acabar con su flacidez. Podemos tiene muchos tabúes, pero nosotros vamos a centrarnos, en lo que sigue, en los cuatro que consideramos fundamentales.

2. Primer tabú: “Partido”
Podemos no es un partido, es un método. Podemos no es un partido, es una multitud (primera muleta teórica implícita: Antonio Negri) de círculos ciudadanos. En rigor, Podemos ahora mismo es una nebulosa tras la cual se puede entrever cierta forma definida. Para analizar esa nebulosa debemos asumir que estamos tomando en consideración la información que ellos proporcionan sobre sí mismos, pero lamentablemente puede haber más que aquello que Podemos deja ver: en 1982 Felipe González también se recorrió España en autobús y también daba la impresión de ir con lo puesto. Hecha esa advertencia, lo cierto es que dar un voto de confianza a los promotores de Podemos en lo que se refiere a la transparencia no es suficiente para echar por tierra el análisis que aquí presentamos.
Por lo que sabemos, Podemos es en primer lugar sus promotores, bien organizados y con tareas bien distribuidas, apoyados en una red de contactos de tamaño medio (todos o casi todos se conocen en persona) que hacen el trabajo cotidiano. En segundo lugar, Podemos es un aparato y una base militante modestos (los de Izquierda Anticapitalista), que han sido fagocitados con a saber qué consecuencias negativas (las positivas son el salto de la irrelevancia a la notoriedad, yendo más allá de lo soñado en Francia por el NPA y Besancenot) [2]. En tercer lugar, Podemos es sus círculos, más o menos numerosos y más o menos homogéneos, más o menos solapados según el caso al remanente de las asambleas generadas por el 15M (todo depende del municipio y hasta del barrio), a las bases militantes de IA y a las distintas mareas. Por último, Podemos es sus votantes, un millón y pico, robados con más razón al PSOE (y hasta al PP) que a IU, y eso sin duda hay que celebrarlo porque contribuye, con sus múltiples límites, a inclinar la balanza institucional [3]. Ahora bien, decíamos que esta nebulosa en realidad esconde una forma definida, que es sin duda la del partido.
El primer indicio son las primarias cocinadas. No queremos decir que hubiera tongo, sino que no hacía falta. La elección de Pablo Iglesias como cabeza de lista era inevitable, y la inteligente abstención de Juan Carlos Monedero le dejaba de hecho sin el único rival de peso en lo escénico. Además, varios de los candidatos a las primarias gozaban de visibilidad previa dentro de los actos de presentación de la iniciativa y/o formaban parte de la selección propuesta por Pablo [4]. Por último, el propio Pablo Iglesias reconoció en una entrevista con Público [5], y este ha debido ser uno de sus pocos renuncios, no solamente que conocía en persona a la mayoría de los candidatos que salieron sino además que lo que realmente le sorprendió es ¡que probaran suerte tantas personas!



El segundo indicio es el reciente anuncio de la creación de un equipo técnico que se encargará de sintetizar y elaborar las propuestas presentadas por los círculos de cara a la gran Asamblea Ciudadana que se celebrará en otoño. La carta de Pablo Iglesias [6] dice: (1) que “le han pedido” que presente un equipo; (2) que hay una semana para presentar candidaturas; (3) que el equipo tiene que estar compuesto por 24 personas; (4) que el perfil de esas personas tiene que demostrar fehacientemente su capacidad para asumir la tarea que se enfrenta. Los entusiastas de Podemos aplaudirán el gesto de “democracia interna” y obviarán: (1) que se presenta como técnico un proceso de enorme enjundia política; (2) que la medida de lo que es un grupo fehacientemente capaz de asumir la tarea que hay que enfrentar la da precisamente el extraordinariamente eficaz grupo promotor; (3) que en una semana es imposible formar con seriedad un grupo alternativo de 24 personas, porque si lo hubiera ya se habría puesto a trabajar y, tal vez, otro Podemos hubiera surgido al mismo tiempo; (4) que por todo ello es evidente que hasta los que somos escépticos asumimos que el proyecto sólo puede funcionar como hasta ahora si el grupo promotor sigue allí, legitimado o no (es innecesario y hasta puede que torpe hacerlo así) por unas nuevas primarias. Deducimos de todo ello, al menos de forma provisional, que esto no es más que nada un chulesco desafío a los sectores descontentos de IA que creen, y seguramente se equivocan, que pueden hacerlo mejor.
El tercer indicio deriva del segundo, y es el papel reservado a los círculos por el momento. La idea de los círculos deriva de un excelente diagnóstico del límite de las asambleas: se genera mucha información, muchas ideas muy buenas, y no hay quien elabore todo ese flujo y, sobre todo, le dé un objetivo. Además hay mucha gente, demasiada, y la “muestra” de los sectores movilizados que proporcionan las asambleas es mucho más grande de lo necesario si de lo que se trata es de captar las mejores ideas gestadas en estos años de aprendizaje político y, al mismo tiempo, de ver hasta dónde puede llegar el leninismo flácido de los promotores. Los trescientos círculos son un excelente primer filtro natural que, por ejemplo, ha contribuido a dar forma al programa y también a medir la potencial reacción negativa, por parte de los votantes de Podemos ajenos a los círculos, al intento de dar a Jorge Verstrynge un papel visible. En suma, Podemos articula de forma notablemente eficaz la multitud de los círculos como un general intellect y es, para entendernos, la expresión práctica más acertada de las ideas políticas de ese Antonio Negri que decidió, y perdonen la expresión, pasarse a Marx por la piedra (estaba en su derecho, por supuesto).
Si, hasta donde sabemos, los círculos y las bases de IA con su aparato precario hacen el trabajo militante, la financiación deriva del crowdfunding [7] (derivaba, porque ahora reciben dinero público y están financieramente atrapados por el Estado, como toda organización integrante del sistema de partidos), y hay una cúpula que tiene que asumir la tarea crucial de elaborar y sintetizar ese trabajo, ¿qué es lo que diferencia exactamente a Podemos de un partido? Alguien nos dirá que la ausencia de aparato, y responderemos que precisamente eso es lo que va a cambiar desde ahora hasta las elecciones autonómicas, ya que ese equipo técnico diseñado por los promotores de Podemos y refrendado por las primarias tiene que asumir la tarea de dar forma a los elementos esenciales de un esquema orgánico capaz de garantizar a nivel local y autonómico que las primarias sean tan vistosas, legitimadoras e inofensivas como en el caso de las elecciones europeas. Para entendernos: tendrán que garantizar (es lógico que así sea) que no se cuele nadie que no es bienvenido, es decir, nadie que no esté dispuesto a trabajar ciegamente en la dirección en la que diga el grupo promotor.
Podemos no emplea el término partido porque es un significante vacío que ha adquirido, en el régimen de la Transición, un significado aborrecible. Podemos no emplea el término partido, pero tampoco llena realmente de contenido “ciudadano”, ni “círculo”, ni siquiera “método de participación”. Podemos conseguirá demostrar que es posible hacer elecciones primarias abiertas sin poner realmente en peligro la estructura de poder de un partido si se tiene una buena estrategia de comunicación y los medios para llevarla a cabo (y la televisión juega un papel crucial). Esto no contribuirá a democratizar el espacio público sino que reforzará el papel de los medios de comunicación convencionales como instrumentos de control social.
Podemos se comporta como un partido sin decir que es un partido, y por tanto respeta el tabú en su lenguaje y lo reproduce en la práctica. Tal vez Podemos podría reconocer que es un partido y, a partir de ahí, disputar el significante partido para hacernos comprender por qué motivo, y con qué límites y variaciones, es necesario calcar los métodos de “la casta”. Es más, podrían tal vez decirnos por qué, con qué límites y hasta cuándo hemos de asumir que el grupo promotor ha de marcar el rumbo. Eso sería más honesto y audaz (no sabemos si más astuto) que el recurso perpetuo a las primarias cocinadas.



3. Segundo tabú: “Izquierda”
Podemos no dice que es de izquierdas aunque lo sea evidentemente. Podemos utiliza significantes vacíos y dice “ciudadanos”, “sentido común”, “patriota” (cada vez menos), “decente” (como la gente a la que Monedero dedica su curso de política)… Podemos habla de “arriba” y “abajo”. Recientemente en televisión Pablo Iglesias habló de “casta” y un tipo del PSOE se rebotó, negó que hubiera casta, y terminó, con tono siciliano, dándole a Pablo la bienvenida y pidiéndole respeto [8]. Podemos habla de “arriba” y “abajo” porque “izquierda” y “derecha” son palabras que remiten, es verdad, a la lógica parlamentaria. Tomar en consideración el eje de poder es imprescindible. Añadiríamos que, desde su lenguaje, también hay un “arriba” y un “abajo” entre esos que se presentan como “los de abajo y a la izquierda”, y si tal cosa es inevitable estaría bien que se explicara.
Podemos tiene entre sus apoyos a célebres intelectuales de la izquierda (sí, izquierda) que critican el “error histórico” que cometió la izquierda (sí, izquierda) al regalarle palabras como “Estado de derecho” a la derecha. Al mismo tiempo decide regalarle al PSOE el término “izquierda”. ¿No sería más importante intentar llenar de contenido ese significante vacío en vez de camuflarlo, en el mejor de los casos, con el plural “izquierdas”? Lo de ser plurales, por cierto, sí podíamos regalárselo a la derecha, y nosotros trabajar por no serlo; tal vez así conseguiríamos dejar atrás los tiempos en los que la derecha vota unida y las izquierdas a sus partidos (nótese que todo son plurales).
Podemos ha obviado el término izquierda y se lo ha regalado al PSOE precisamente para poder disputarle terreno al PSOE. Alguien considerará por eso mismo que la maniobra ha sido un éxito, y nosotros le responderemos que hasta ahora Podemos lo único que ha hecho, en rigor, es ganar cinco diputados en el Parlamento Europeo. Todo lo demás, todas las victorias cotidianas, son hasta ahora fruto del esfuerzo realizado por otros y que Podemos quiere fagocitar. Podemos ha ganado cinco diputados y le ha disputado terreno al PSOE precisamente en las instituciones, en ese espacio partidista que pervierte inicialmente el término izquierda. Podemos esquiva el término izquierda y con ello puede creer que se lo apropia, cuando lo que hace es legitimar las instituciones que lo vacían de contenido.




4. Tercer tabú: “Ideología”
Lo dicho en el punto anterior nos lleva al tercer tabú, que es la ideología. Podemos no tiene ideología, sino “sentido común”. Podemos no tiene ideología sino círculos y una reivindicación genérica de los derechos humanos. Podemos responde a los puños en alto con las palmas abiertas porque Podemos quiere “pueblo detrás” (las palabras nos gobiernan, querido Juan Carlos). Podemos quiere “pueblo detrás” pero no hace un sólo esfuerzo por definir qué es el pueblo o por organizarlo como sujeto político. Podemos no organiza un sujeto político sino círculos: grupos de discusión espontáneos que recogen ellos solos transcripciones abreviadas de sus discusiones y las ponen al servicio de científicos sociales técnicamente competentes.
Podemos piensa que la ideología es sólo una cuestión de conciencia y que los significantes vacíos ayudan a transformarla. Podemos cree que la ideología es sólo una cuestión de conciencia y no presta apenas atención a los hábitos concretos (también en nuestra forma de hablar). Podemos cree que la forma de avanzar en la apropiación del significante “democracia” son las primarias cocinadas y el general intellect. Podemos quiere combatir la ideología de la clase dominante con una ideología fofa que ha convencido a votantes del PSOE y del PP. La ideología que Podemos pretende no tener tiende a parecerse a la ideología de la clase dominante. A eso Podemos lo llama contrahegemonía.
Podemos no cree que la gente sea tonta. Podemos se ha dado cuenta de que la gente es lista y no lo sabe, y defiende con su práctica que es mejor así porque el “pueblo” vota en primarias cocinadas (lo astuto, por supuesto, es que las primarias estén cocinadas) y se reúne en asambleas que funcionan como grupos de discusión. Podemos busca, más allá de los círculos, votantes a los que no les importe la revolución, siempre y cuando se la hagan otros, que de momento no son realmente ni Podemos ni los círculos que piensan en voz alta, sino otros sujetos a los que Podemos interpela indirectamente. El pueblo va detrás.
Podemos critica a IU y pretende hacer lo mismo que IU: subir como la espuma a cuenta del descontento. Podemos es más astuto y ágil. A IU, en las instancias donde importa, le sobra grasa y le falta materia gris. IU tiene la ideología poco más que en el nombre; Podemos, en el nombre, tiene la traducción libre del eslogan de Obama, el lema de la campaña de promoción de la selección española en el último mundial y una respuesta inteligente, firme, al “sí se puede” coreado en las pequeñas victorias cotidianas en las que Podemos, como tal, no participa, pero de las que Podemos quiere alimentarse a través de las personas implicadas en movimientos sociales que participan en los círculos. El pueblo, ya lo dicen, va detrás.
Podemos es una marca. IU aspira a ser marca. Los dos aspiran a ser homologables con otras “marcas” tras las cuales puede que no haya nada o puede que sí (Syriza, Front de Gauche, ¿un NPA o un Movimiento 5 Estrellas, pero bien hecho?), pero para ambos son sólo eso: marcas. Podemos no tiene ideología sino “ilusión”; la del 82, para ser más exactos [9].
Podemos es una marca magnífica y prometemos invitar una cerveza a quien nos revele cuáles eran las otras opciones. Es más: si nos confirman o desmienten (es sólo una suposición) que hubo un mínimo de trabajo de campo (encuestas o grupos de discusión, por ejemplo) para tantear qué nombres tenían la mejor valoración, serán dos cervezas. Si nos lo cuenta uno de los alumnos que han estado picando datos para los sondeos, ofrecemos una cerveza más. También Carolina Bescansa [10], que es la máxima fuente autorizada, puede decidir respondernos.



5. Cuarto tabú, “Clase”
Podemos es de izquierdas y no lo dice. Podemos no dice que es comunista porque probablemente no lo es. Podemos tampoco es anarquista y desde luego no dice serlo. Podemos es una iniciativa de politólogos que no comprenden de qué manera sus conocimientos son una herramienta de control social. O de politólogos que lo comprenden demasiado bien. Podemos es intelectual pero sin pasarse. Podemos, desde luego, no es marxista, pero ni siquiera marxiano. Podemos es un Antonio Negri atravesado. Podemos no comprende el punto de vista de la clase obrera [11], ni siquiera cuando quien lo explica, con mucho cariño, es el Nega [12].
Podemos no habla de clases (en plural) sino de casta (en singular). Podemos dice “capitalismo” puntualmente y en voz baja, como si estuviéramos en 2007 y la palabra correcta todavía fuera “sociedad post-industrial”. Podemos considera revolucionario reducir la jornada laboral de 40 a 35 horas semanales, como si las 40 no fueran como mínimo 45 y las 35 no fueran a ser 40 o 45. Podemos no entenderá que digamos que como poco habría que plantear las 20. El lenguaje económico de Podemos está lleno de significantes vacíos y conceptos con carga ideológica (del enemigo): “I+D”, “nacionalización”, “productivo”, etc. Podemos cuenta con al menos un economista competente y eso tampoco nos inspira necesariamente demasiada confianza.
Podemos no ha visto un sindicato en su vida. Muchos afiliados a los sindicatos tampoco han visto en su vida un sindicato. Nosotros tampoco lo hemos visto, pero sospechamos que el sindicato de verdad va, igual que el pueblo en Podemos, “detrás”, y la única diferencia es que la cúpula del sindicato, esa que tomamos erróneamente por el sindicato, en contadas ocasiones representa al sindicato. Podemos, por contra, sí representa a sus votantes. O tal vez no, puesto que en realidad Podemos no es un partido, no es de izquierdas, no tiene intención de representar al 15M y no tiene ideología. La ideología que Podemos pretende no tener le hace criticar a Izquierda Unida y le regala el término “comunista” al PCE. A eso Podemos también lo llama contrahegemonía.
Podemos quiere utilizar el significante vacío “pueblo” y no hace apenas nada por conseguir que “pueblo” signifique “clase”. Entre otras cosas, porque regala la “clase” a los sindicatos (a los de mentira) y a un léxico económico que no significa apenas nada. Podemos no ha visto en su vida un sindicato pero ni siquiera sabe por dónde empezar a buscar (o tal vez es que no le interesa). Podemos quiere nacionalizar las grandes empresas y no sabría por dónde empezar. Podemos podría encontrarse a partir de 2015 con una situación como la de la Corrala Utopía en Sevilla y podría tomar una decisión parecida a la que tomó la Consejera de Vivienda, pero si las cosas no cambian mucho el resultado será el mismo: cuando tome esa decisión, independientemente de que la consideremos acertada o no, lo más probable es que no haya ni pueblo ni clase detrás. Mejor dicho: no habrá pueblo porque no habrá clase. Y no estará detrás porque nunca estuvo realmente delante. Y seguirá habiendo casta.



6. Conclusión: la amenaza del politólogo-fontanero
“Partido”, “izquierda”, “ideología”, “clase”. Cuatro tabúes del régimen en descomposición. Cuatro tabúes de la casta acongojada. Cuatro tabúes de un Podemos exultante en una sociedad neurótica perdida. Nuestra responsabilidad, dada nuestra capacidad de hacer una crítica política no mediada por intereses de aparato, era señalarlos.
Podemos ha obtenido hasta el momento victorias tácticas que, más allá de sobrevaloraciones o minusvaloraciones interesadas, sin duda hace a los promotores merecedores de reconocimiento y a sus votantes de nuestra felicitación y nuestro respeto. Esas victorias tácticas dependen de las virtudes de Podemos, que son varias, pero están limitadas por sus defectos, algunos de los cuales hemos intentado apuntar en estas páginas. Pablo Iglesias lo hace fenomenal en la televisión si “fenomenal” significa robarle votos al PP sin hacer nada para cambiar el hecho de que esos votantes son “sociológicamente del PP”.
Podemos se enfrenta, como solución política potencial, a una triste paradoja: sólo puede funcionar correctamente si durante un largo período de tiempo sus promotores actuales marcan el rumbo como hasta ahora, pero eso mismo significa que hay muchas posibilidades de que Podemos sufra un descalabro supino en cuanto tenga que hacerse cargo de las consecuencias de un juego institucional cuyas reglas no están en condiciones de cambiar ni tampoco de seguir.
El gran problema, y la repercusión que eventualmente tenga este texto tal vez dará sobrada prueba de su existencia, es que los principales promotores de Podemos no van a querer o poder ver cuál es el problema porque llevan toda su vida actuando de la misma manera frente a las instituciones, por interés o por negligencia. Los promotores de Podemos no han conseguido adquirir jamás una conciencia crítica acerca de las repercusiones políticas que tienen sus conocimientos técnicos cuando los ponen en juego en su militancia. Podemos es un fontanero frente a un sistema político en declive visto como una tubería rota. Podemos cree que ese punto de vista le dota de un poder extraordinario, y es cierto, pero no se da cuenta (queremos pensar bien) de que el ejercicio de ese poder tiene efectos reaccionarios. La pervivencia interesada pero profundamente equivocada de estos tabúes revela que Podemos es, cuesta creerlo pero es cierto, una solución autoritaria, represiva, a las catástrofes políticas sufridas durante el último siglo.
El reto, repetimos, tiene un enunciado simple pero una solución tan compleja que diríamos que es imposible: Podemos tiene que dejar de ser Podemos si realmente quiere contribuir a la transformación política radical de nuestro país. Mientras eso no suceda, o mientras no nos convenzan de que estamos equivocados (y ojalá fuera así), nuestra posición es clara: si no hemos trabajado gratis para otros partidos no vamos a trabajar gratis (ni cobrando) para ellos, que ya nos conocemos.


Notas:
[1] A este respecto nos remitimos a un artículo publicado hace tiempo: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=163890
[2] La comparación NPA – IA/Podemos es suficientemente suculenta como para merecer un artículo propio. Limitémonos a señalar que Besancenot también salía en la tele y adquirió notoriedad por esa vía, que el NPA también surgió de una especie de “operación coleta” que hizo que de un día para otro un montón de estudiantes movilizados contra Bolonia que eran “de izquierdas” pero sin afiliación pasaran a ser militantes de la nueva organización, también probaron suerte por primera vez en las elecciones europeas… No cabe duda, al menos de momento, de que Podemos se ha beneficiado de circunstancias más favorables y, tal vez, de mejores cerebros.
[3] Si bien el daño orgánico a IU ha sido bestial y, por lo menos a nivel autonómico, si no es a escala federal, la organización ahora se encuentra, si no cambian mucho las cosas, ante el dilema de elegir entre la fusión prácticamente incondicional con Podemos o la irrelevancia. Y es algo que celebramos con tanta moderación como los 5 diputados que se han ganado nuestros colegas politólogos.
[4] Teresa Rodríguez (segundo puesto en la candidatura) ya habló en el Teatro del Barrio (http://youtu.be/vNOsg6KF3Ts) y Pablo Echenique (quinto puesto) lo hizo en la presentación de la segunda fase (http://youtu.be/6bfPGdRwtYY). Los candidatos propuestos por Pablo Iglesias (http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/857/cinco-candidats-para-ganar/) eran los restantes Lola Sánchez (cuarto puesto), Carlos Jiménez Villarejo (tercer puesto) y Tania González (sexto puesto, entrará en el Parlamento cuando el ex-fiscal dimita).
[7] Y habría que darle una vueltecita a eso de que los promotores vean lógico y normal que un simpatizante que decide donarles 1.000 euros (su sueldo, en el mejor de los casos, si el votante-tipo que busca Podemos es, como mucho, un mileurista) reciba a cambio… ¡una cena con los promotores! Por otra parte, la información hecha pública por Podemos en su web muestra que la donación media son 20 euros.
[9] Nuestro aborrecible Ministro de Desmantelamiento de la Educación Pública, José Ignacio Wert, publicó en su momento un análisis de la campaña electoral del PSOE de 1982; lean y comparen: “No puede dejar de mencionarse la magnífica organización de la campaña del líder, que recorrió casi toda España en un autobús especial a lo largo de los veintiún días. Los detalles rituales estaban calculados sagazmente para evitar situaciones comprometidas. Así, al final de las intervenciones de Felipe González, una niña o niño le hacía entrega de un ramo de rosas, con lo que se conseguía un efecto emocional… y se evitaba la posibilidad del saludo con el puño cerrado. «La Internacional» desapareció de la fonoteca del PSOE y en su lugar un jingle («Hay que cambiar») y una composición de música electrónica provocaban los efectos de entrada y salida” (dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/250505.pdf).
[11] Utilizamos el término pensando en la expresión “working-class perspective”, empleada por Harry Cleaver, marxista y trotskista, en Una lectura política de El Capital. Lo decimos por si acaso alguien creyera ver sobre su cabeza la sombra amenazante de un piolet.





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