domingo, 1 de junio de 2014

Rafael Chirbes, “En la orilla”








“Es la cadena trófica, a la que no hay que buscarle más significado, crueldad anterior a la culpa. Se trataba de sobrevivir. Desvanecida la necesidad, nos hemos corrompido, sofisticado, y ya nada posee ese carácter necesario o urgente que lleva incorporada la absolución. Discutimos si la caza, que ya no es supervivencia, es placer o afición, entretenimiento, vicio, o si simplemente guardamos en los genes una pulsión de muerte, algún resorte del sistema que nos lleva a seguir librándonos de los que no son como nosotros…

-Por desgracia, en demasiados casos la gente se libra con saña de los que se le parecen.
-Claro. Y te libras de ti mismo precisamente porque te pareces demasiado a ti. No te rías, Francisco. Te suicidas porque eres quien eres y no quien quisieras ser, te pegas un tiro porque no te soportas. Por puro odio. Para resistir, para seguir vivo, hace falta una buena dosis de idealismo. Capacidad para mentirse. Sólo sobreviven quienes consiguen creerse que son lo que son.


-Quieres convencerme de que los cazadores buscáis una culpa con la que cargaros cuando ya no hay necesidad, pago aplazado de la inocencia de vuestros antepasados.
-Decir hombre inocente es un oxímoron, ¿no se dice así? Juntar dos palabras que se contradicen para crear un efecto extraño. Me lo enseñaste tú. Oxímoron. Un silencio estruendoso, un hombre inocente. Sirve el uno para la poesía, el otro para la sociología, la religión o la política. Nuestros tatarabuelos comían despojos podridos, restos de lo que las fieras habían cazado y habían dejado a medio devorar. Carecían de habilidades, no corrían ni saltaban como sus presas, no estaban capacitados para abalanzarse sobre un ciervo y clavarle sus colmillos en la yugular. A cambio, llevaban dentro el mal: inventaron trampas, artilugios. Las que yo aún uso para cazar y pescar. Hasta entonces, les disputaban las piltrafas a los perros, a los buitres. No veo inocencia por ningún lado. Astucia y doblez. Aunque no sé qué decirte, Francisco. No siempre buscamos lo más conveniente. Hay egoísmos negativos, deseo de lo que nos destruye. Quizá ahí está lo mejor de nosotros. En ese desconcierto. Nuestra fragilidad. Los hombres somos animales extraños, pensamos con lógica distinta a como sentimos y demasiadas veces lo que sentimos se opone a lo que necesitamos, el amor, la pasión, ésos son los sentimientos,o, por qué no, el odio, pueden llegar a ser nuestra ruina, y avanzamos hacia ella a sabiendas, pero necesitamos seguir haciéndolo, y nadie sabe explicar por qué eso es así.





Podía hablarle de eso. De la atracción con que tiraba de mí el imán Leonor –a cada cual su propia trampa-, pero ése era un secreto que yo había prometido guardarle a ella. Nos veíamos a escondidas. Yo había dejado Madrid, la Escuela de Bellas Artes, y había querido empezar a trabajar en lo que nunca había querido trabajar: carpintero en el taller, con mi padre, y ni siquiera a mí mismo quería contarme que era ella la que me retenía, la que sorbía mis aspiraciones. En realidad, el trabajo era un accidente sin importancia. Odiaba la carpintería, pero eso no constituía para mí un problema, estaba por encima. Me sentía superior. Me parecía estúpido aprender los códigos estéticos que pretendían imbuirnos en la escuela, para qué servía eso; intrascendentes los estudios de Francisco en la facultad de Filosofía y Letras, sus discusiones políticas, artísticas o teológicas, la búsqueda del mensaje que contenían películas y libros, menudencias de adolescentes, porque yo estaba metido en algo que era un asunto de verdad, un tema adulto por el que valía la pena trabajar de lo que fuese, e incluso soportar a mi padre: el empeño de un hombre que busca estrategias para tener a una mujer a su disposición, una mujer que dice: más, fóllame más. Se trataba de eso: trabajar en algo que no te gusta, como hacen los adultos; tener una mujer que te desea, que desea no tu simpatía, tu inteligencia, sino tu carne, así es como funciona el deseo entre adultos. Al menos, eso era lo que yo creía. Y ésa era mi idea de la madurez. Mientras Francisco hablaba de Platón, de Marx o de Antonioni, un bla, bla, bla infantiloide, yo tenía una mujer que me obedecía, que me suplicaba. Házmelo así, que te note bien dentro. No era palabrerío en torno al sentido o la verdad de la vida. Era la verdad de la vida. Poseer esa carne, defenderla del deseo de otros, saberla a tu disposición y vedad para los demás. Ser un hombre. La llamada de la muta originaria.





-Pero Dios…
-Lo de Dios llegó bastante más tarde, cuando hacía milenios que tus abuelos se cocinaban entre sí, y chupeteaban los tuétanos del vecino, metiendo dedos y lengua en la cavidad del hueso. Yo creo que la gente le chupa la polla a otro porque no puede chuparle el tuétano. Pervivencias del canibalismo. ¿No ves cómo nos mordemos cuando follamos? Y durante el polvo decimos cómeme entero: porque yo sabía el sonido de esas palabras vertidas por mi boca en el oído de ella. Y él me hablaba de Dios y de un libro emocionante que acababa de leer.”


Rafael Chirbes, “En la orilla”


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