miércoles, 9 de julio de 2014

1914 y sus consecuencias: The Deluge. Dossier / Ben Shephard, Mark Mazower



El reciente The Deluge: The Great War and the Remaking of Global Order 1916-1931, obra de Adam Tooze, prestigioso historiador de la Universidad de Yale, es analizado en dos reseñas que recalcan su clara y ambiciosa interpretación del surgimiento de la hegemonía norteamericana como consecuecia de la I Guerra Mundial.






The Deluge, un audaz análisis de Adam Tooze sobre la Gran Guerra


David Lloyd George fue el primero en describir la I Guerra Mundial como “el diluvio”. En una alocución dirigida a trabajadores de fábricas de municiones el día de Navidad de 1915, reconocía que la crisis mundial se había convertido en un terremoto, una convulsión de la naturaleza, que estaba desatando fuerzas que los estadistas eran incapaces en su impotencia de controlar, y no digamos ya de detener.  

Catorce meses después, sus palabras se convirtieron en realidad. La Revolución Rusa de febrero de 1917 puso en marcha una terrible concatenación de acontecimientos: la toma del poder por los bolcheviques, Brest-Litovsk [la paz entre alemanes y rusos], el derrumbe de los imperios de los Romanov, los Hohenzollern, los Habsburgo y el otomano, el Tratado de Versalles, la creación de nuevos estados nacionales en Europa y Oriente Medio, la revolución y la contrarrevolución en Europa Central, la guerra civil y la hambruna en Rusia, la ocupación francesa de Renania en 1923 y la subsiguiente hiperinflación alemana. Hasta 1925 no se restauró alguna clase de orden, y sólo para que acabara barrido por la Gran Depresión y los nazis.

Pero, de todos los cambios acaecidos de resultas de la I Guerra Mundial, sostiene Adam Tooze en este audaz y ambicioso libro, de lejos el más importante fue la llegada de los Estados Unidos a una posición de supremacía económica, política y moral sin paralelo. No se trata simplemente de que en 1916 Norteamérica se convirtiera en la mayor economía del mundo, también era el banquero de la guerra. Wall Street pagó la batalla del Somme y el gobierno norteamericano financió Passchendaele. Para 1918, el presidente norteamericano, Woodrow Wilson, estaba en condiciones de dictar la paz al mundo, con su plan idealista para la Sociedad de Naciones como plato fuerte. Sin embargo, cuando llegó el momento de asumir el papel de líder mundial, Norteamérica se echó atrás. El Congreso no ratificó el Tratado de Paz  y Washington no ingresó en la Sociedad de Naciones. Los EE. UU., sostiene Tooze, no eran todavía una democracia suficientemente madura como para asumir sus responsabilidades. Afortunadamente, una generación después, con Roosevelt y Truman, ya lo eran.

Así pues, ¿era inevitable otra guerra una vez que firmó Alemania el Tratado de Versalles? ¿Hizo de la Alemania de Weimar un Estado fallido la insistencia aliada en el pago de las reparaciones (y la insistencia norteamericana en la devolución de la deuda)? No necesariamente, afirma Tooze, las cosas podrían haber funcionado.

Hacia finales de la década de 1920, los europeos estaban en camino de volver a la normalidad, con estadistas como Gustav Stresemann en Alemania y Aristide Briand en Francia, que trabajaban pacientemente en pro de la suerte de comprensión que llevaría a crear el precursor de la Unión Europea en la década de 1950. En 1928, tanto Adolf Hitler como Leon Trotsky desesperaban de que el orden capitalista llegase alguna vez a derrumbarse, pero al año siguiente el crac de Wall Street detonó otra cadena de acontecimientos, que lanzó a Gran Bretaña fuera del patrón oro en 1931 y hundió a Alemania en el caos político y económico.

Algunos historiadores modernos consideran la Europa de entreguerras como un retorno a su obscuro pasado, en el que se rechazó el liberalismo democrático a favor de la autocracia y el fascismo; otros tratan este periodo como un intervalo entre la hegemonía mundial británica y norteamericana. Tooze rechaza cualquier idea de recaída. Para él, todas las naciones de envergadura en Europa y Asia luchaban por habérselas con la modernidad y la geopolítica moderna, tanteando su camino hacia una nueva estructura de seguridad internacional, ligada empero en última instancia a los mandatos económicos de Washington.

En el marco de esta estructura de conjunto, él ofrece revisiones y reescribe el relato convencional. Su Woodrow Wilson tiene tanto de nacionalista norteamericano como de confuso idealista; el primer ministro francés, Georges Clemenceau, estaba perfectamente justificado en su intención de conseguir compensaciones adecuadas en Versalles; el Tratado Naval de Washington de 1922, y no Versalles, fue el que puso el marchamo al nuevo mundo de la supremacía de los Estados Unidos.

Tooze también hace un hábil uso de paralelismos modernos y supuestos contrafácticos preguntándose, por ejemplo, si la determinación de los aliados de continuar la guerra en 1917 no acabó por completo con la posibilidad de una alternativa democrática a los bolcheviques. Entiende las altas finanzas y las presenta con claridad admirable. Muchas de sus estadísticas ponen los pelos de punta: de conformidad con el acuerdo de 1923 sobre deudas de guerra británicas, Londres debía pagar 4.600 millones a los EE.UU. a un interés del 3.3%. El pago anual de 162 millones de libras era equivalente al presupuesto nacional de educación británico.

The Deluge es la obra de un refinado historiador en la cima de sus facultades, formidable en el alcance y dominio del material, escrita en una prosa musculosa y contundente. Es también una lectura exigente, un relato largo, denso, atestado de diplomacia y alta política, en la que medidas políticas, planes y políticos de nombres nada familiares van llegando incansablemente hasta el lector.

Tooze asume la familiaridad del lector con el guión básico (tanto el ascenso de Stalin al poder como el crac de Wall Street suceden fuera del escenario) y el puro empuje de los acontecimiento rara vez deja espacio para el análisis, la anécdota o la atmósfera. No dejé de ir haciendo culpables y nutritivas paradas técnicas en Peacemakers, el chismoso libro de Margaret MacMillan sobre la Conferencia de Versalles, que rebosa del tipo de detalles humanos con los que Tooze no se molesta. Con más de sofisticado comentario académico que de historia narrativa, su libro echa humo, pero no llega a arder.

Se harán inevitables las comparaciones con The Wages of Destruction, el magistral relato de Tooze sobre el Tercer Reich, que utilizaba el poder explicativo de la historia económica para abrir nuevos senderos. En esto su enfoque resulta más convencional; ya desde que  John Maynard Keynes escribiera The Economic Consequences of Peace, el relato central de la década de los 20 ha sido siempre económico. Con todo y con eso, se trata probablemente de lo mejor del actual diluvio de libros sobre la I Guerra Mundial.

Ben Shephard (1948) estudió Historia en Oxford y ha trabajado en la television británica a lo largo de varias décadas como productor y realizador de documentales históricos, sobre todo de las dos guerras mundiales, como The World at War. Es conocido por libros de historia como The Long Road Home. The Aftermath of the Second World War y su última publicación es Headhunters: The Search for a Science of the Mind (Bodley Head).

The Observer, 1 de junio de 2014







The Deluge [El diluvio]



"Creo en el excepcionalismo norteamericano con todas las fibras de mi ser", afirmó el presidente Obama en West Point el mes pasado. Su discurso constituía la reafirmación de los EE.UU. como nación indispensable, destinada a dirigir el mundo. Ya llevamos conviviendo mucho tiempo con esta especie de retórica, tanto que parece que haber estado siempre con nosotros. El nuevo libro de Adam Tooze nos lleva un siglo atrás, a la época en que todo esto resultaba muy nuevo. Ofrece una reinterpretación audaz y persuasiva de cómo se elevaron los EE.UU. a una preeminencia global y refunde por el camino la historia completa de cómo se tambaleó el mundo de una conflagración a la siguiente.    

A finales del siglo XIX, el mundo estaba dominado por las grandes potencias imperiales europeas, que se repartían entre ellas cualquier territorio disponible en África y Asia. Los Estados unidos observaban desde un lateral, como actor secundario en los asuntos internacionales, y la energía de sus políticos se dedicaba a superar el amargo legado de la Guerra Civil. Con una armada desdeñable y un minúsculo servicio diplomático, apenas sí era un poder siquiera de segundo rango y, aparte de los infortunados habitantes de Cuba y Filipinas, las gentes del mundo entero podían vivir toda su vida en el desconocimiento de las Barras y Estrellas.

Tooze muestra, con más énfasis que cualquier otro especialista que yo haya leído, de qué modo tan decisivo y radical la I Guerra Mundial  acabó con este estado de cosas. En mitad de la guerra, el poder financiero y naval, especialmente, se desplazaron al otro lado del Atlántico para no regresar jamás. En esta situación, Woodrow Wilson no intentaba substituir simplemente a los británicos como poder hegemónico de un orden comercial liberal, como solían contarnos los historiadores. Antes bien, quería desplazar el orden internacional en su conjunto más allá de las prácticas de la rivalidad imperial de las grandes potencias a las que culpaba de la guerra misma. De aquí que se negara a tomar partido y siguiera siendo agudamente crítico con los británicos y franceses a lo largo de la guerra, tratando de situar a su país como árbitro del destino de la humanidad, más que como apoyo de un lado u otro. Sólo la estupidez de los militares alemanes y su continuación de una guerra submarina sin restricciones fue lo que le empujó de modo renuente hacia las potencias de la Entente. Pero la suya siguió siendo siempre una visión en la que los EE.UU. enseñarían a los pueblos del mundo una nueva forma de convivencia.

La fuerza de esto no residía solamente en los recursos de la ponderosa maquinaria industrial que lo apuntalaba sino también en su plausibilidad básica. Los estadistas de muchos otros países se creyeron esta percepción fundamental de que luchar por la tierra ya no tenía sentido; compartían la visión de un sistema internacionalista basado en un orden financiero abierto asegurado por formas de cooperación recién institucionalizadas y transfronterizas. Tooze nos recuerda que esta idea sobrevivió al fracaso norteamericano a la hora de unirse a la Sociedad de Naciones y que, a lo largo de la década de 1920, los estadistas británicos, franceses, japoneses y alemanes la consideraban todos un logro influyente y trataron de aportar su parte para que pudiera funcionar. Ciertamente, al no llegar a unirse a la Sociedad de Naciones, los norteamericanos no hicieron otra cosa que afirmar su propia indispensabilidad. Lo que contaba para la reconstrucción de la economía europea no era el ingreso en la Sociedad sino las riquezas de J.P. Morgan y los recursos de Wall Street.

The Deluge resulta especialmente bueno a la hora de ridiculizar la idea de que el bolchevismo representaba alguna clase de amenaza seria a esta transformación del capitalismo global. Por el contrario, demuestra la debilidad del nuevo Estado soviético en la década de 1920, sobre todo en Europa, y la fundamental asimetría de poder entre los comprometidos con la visión de un nuevo orden y los opuestos a ella. Para 1925 ya se había producido una deslumbrante inversión de los papeles de cincuenta años antes: antiguas grandes potencias como Alemania, Rusia y Francia quedaban ahora empequeñecidas por el gigante del otro lado del Atlántico.

Para Tooze, sin embargo, los bolcheviques suponían una amenaza para los intereses occidentales en otras formas. La Internacional Comunista proporcionaba una infraestructura organizativa de control ideológico transfronterizo que carecía de obvios precedentes en la historia. Se trataba de una poderosa innovación. Por encima de todo estaba la sensibilidad de Moscú a la importancia potencial de China y la impresión de que Eurasia podía convertirse por medio del apoyo a los comunistas chinos en un bloque de poder continental que pudiera rivalizar con el orden liberal unido por el mar y dirigido por los norteamericanos. En resumen, The Deluge nos ofrece una revisión auténticamente global de la visión convencional de la década de los 20, que muestra qué débiles eran verdaderamente los enemigos de esta nueva pax americana y cuán amplia era su base de apoyo. .

Lo que vuelve aun más crucial entender por qué fracasó. ¿Por qué, sobre todo, habiendo logrado remontar la depresión de los años 20, se vino abajo tras el crac de Wall Street una década más tarde? Tooze nos recuerda que el camino a la supremacía global norteamericana fue tortuoso y que entre los enemigos que le aguardaban estaba la misma Norteamérica. Para cuando se celebró la conferencia de Londres de 1933 destinada a devolver la fe en un sistema monetario internacional, Roosevelt había decidido que tendría que sacrificar el papel mundial de Norteamérica para salir de la depresión en el propio país. Gracias a su intervención se vino abajo el patrón oro de una vez por todas, los países dejaron de pagar sus deudas de guerra y se centraron en cambio en combatir el desempleo y el sufrimiento causado por el desplome. En ambos lados del Atlántico, una de sus consecuencias consistió en un enorme aumento del poder del Estado central como garante del bienestar social así como de la salud monetaria.

Para quienes deseaban hacer pedazos la pax americana y reafirmar su propio poder fuera de sus fronteras, ya se tratara de expansionistas alemanes, japoneses e italianos, o de Stalin en la URSS, el derrumbe norteamericano proporcionó una breve ventana de oportunidad. Lo que emerge con la contundencia que cabría esperar del autor del clásico The Wages of Destruction, su genial estudio, anterior, de la economía de guerra nazi, es un poderoso análisis de lo imprudente que resultaba esta empresa, qué espectacular el esfuerzo que presuponía y de qué forma tan inevitable llevó a los regímenes que cabalgaban el tigre por la senda de la movilización total. El desafío norteamericano forzó a los regímenes fascistas y comunistas a idear formas de reclutamiento que no tenían precedentes. La impresión de Hitler y Mussolini de la escala abrumadora del poder norteamericano ayuda a explicar uno de los rasgos más importantes de su visión del mundo: su sentido de urgencia, del tiempo que siempre se les escapaba.

El brillante relato de Tooze ofrece también material de reflexión para cualquier observador de la actual escena internacional. Cuando los EE.UU. aceptaron su papel global en 1945, lo hicieron de tal modo que les permitió combinar por vez primera su influencia económica en el exterior con la consolidación de un enorme y poderoso Estado federal interno. ¿Lo hizo esto solamente posible la buena suerte del país al salir de la II Guerra Mundial con una ventaja relativa aun mayor que la de la I? Dicho de otro modo, ¿hasta qué punto fue contingente el ascenso de los EE.UU. al globalismo? Y por extensión, ¿hasta dónde podríamos esperar que las actuales incertidumbres económicas del país aceleren alguna forma de retirada de su preeminencia durante la Guerra Fría? Si le echamos de nuevo un vistazo al discurso de Obama, de pronto ya no nos parece tanto una receta para más de lo mismo sino una defensa típicamente pragmática de una nueva comprensión de lo indispensable de Norteamérica basada en la premisa de un esfuerzo por achicar tanto compromisos como expectativas. El mundo de The Deluge no parece tan lejano.

Mark Mazower (1958), especialista británico en los Balcanes y la historia europea del siglo XX, enseña Historia en la Universidad de Columbia. Entre sus libros se cuentan Hitler's Empire: Nazi Rule in Occupied Europe, Dark Continent: Europe's Twentieth Century y Governing the World: The History of an Idea.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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The Guardian, 19 de junio de 2014



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