martes, 29 de julio de 2014

35 años después, ¿qué fue de la revolución sandinista? / Marcos Roitman Rosenmann

              


 35 años después, ¿qué fue de la revolución sandinista?
                              
El pasado siempre vuelve para  desgracia de los desmemoriados.  La identidad nacional,  memoria colectiva de un pueblo, se construye sobre sus mitos,  derrotas y  esperanzas, en ocasiones  traicionadas,  abandonadas o travestidas. Así se hace la historia de América latina, a retazos.   Nicaragua, paso de la noche a la mañana a condensar  los sueños de emancipación política del continente. Los ojos del mundo se dirigieron hacia ese pequeño país centroamericano desconocido para intelectuales, académicos y políticos occidentales. Hubieron de  recurrir al mapa para situarlo en el mundo. 



Nicaragua se puso de moda. El nombre Cesar Augusto Sandino,   general de hombres libres,  quien luchara contra la invasión  yanqui, asesinado en 1933,   unió su gesta al Frente Sandinista de Liberación Nacional, cuyos militantes entraban un  19 de julio de 1979, en  Managua, hondeando  banderas rojinegras en señal de un triunfo doloroso, que dejó  miles de muertos en la guerra contra la tiranía.  Una insurrección popular, gestada en décadas, lograba deshacerse de una de las dictaduras más siniestras: los Somoza.  Una saga familiar que se adueño del país gracias a Estados Unidos. Sus posesiones cubrían todo el espectro económico,  agencias de viaje, plantaciones, cementeras, alimentación,  hasta la  compra y venta de sangre. 
El fin de la dictadura fue una bocanada de aire fresco, en medio del pesimismo que asolaba a la izquierda, tras el golpe de Estado en Chile,  que puso un final trágico a la vía pacífica al socialismo, defendida por el gobierno  de la Unidad Popular. En este contexto,  pocos apostaban a un triunfo armado e insurreccional. Estados Unidos se sentía cómodo apoyando dictaduras militares  en Guatemala, Nicaragua,  El Salvador y Honduras, dejando a Costa Rica como el escaparate de una sociedad ordenada y democrática.  Era una época donde  se expandían las dictaduras hegemonizadas por  las fuerzas armadas bajo la doctrina de la seguridad nacional,  el enemigo interno, la lucha contra el marxismo-socialista y el  comunismo internacional. Cuba sobrevivía en medio del bloqueo internacional  y la acusación de instigar todas las revoluciones en América latina.  Las guerrillas y ejércitos de liberación nacional habían sido política  y militarmente perseguidas hasta  reducirlas a la nada. El asesinato del Che fue el comienzo de la debacle. Desde México hasta Chile, la población civil pasó a ser un objetivo militar en la guerra contrainsurgente.
Para darnos cuenta de la situación, en 1975,  Regis Debray,  escribía una obra demoledora contra la lucha armada en América latina: La crítica de las armas,  las pruebas de fuego.  Su autor  acompaño al Che en Bolivia y encandiló a Fidel con su ensayo "revolución en la revolución".  Sergio Ramirez, dirigente del sector tercerista del FSLN, escritor, figura destacada de la lucha antisomocista  y posterior vicepresidente hasta 1990,  en su ensayo Adiós Muchachos, recuerda corregir  al intelectual francés el mismo m19 de julio de 1979: "viste, si se pudo".



Pero la revolución se gestó en mala hora.  Atacada   desde todos los frentes, en medio de un vuelco neoconservador en lo político y neoliberal en lo económico,  la nueva derecha mundial  cambió el itinerario de la guerra fría.  La política de James Carter de criticar la violación de los derechos humanos pasó a mejor vida. Ronald Reagan y sus asesores, Henry  Kissinger,  Jeane  Kirkpatrick,  Roger Fontaine o Irving Kristol,   tomaron las riendas de la política exterior hacia América latina.    La teoría del dominó, el miedo a la revolución centroamericana y la doctrina de las guerras de baja intensidad,  precedió cualquier análisis geopolítico de seguridad hemisférica.  La invasión  de Estados Unidos a la isla de Granada en octubre de 1983 marco el fin de la distención. Las guerras de baja intensidad entraban en su apogeo, siendo  Nicaragua el escenario perfecto para practicar la estrategia de reversión de procesos, eje central de la doctrina. Desertores,  mercenarios, ex-guardias somocistas y militares estadounidenses construyeron un  ejército que hostigaba y desestabilizaba el proceso político. Se les llamó "luchadores de la libertad".  Desde Honduras y Costa Rica se acosó la revolución militarmente, mientras tanto el discurso ideológico descalificador corrió a cargo de la derecha occidental y una parte de  la socialdemocracia europea. 
El proyecto sandinista: fundar una revolución nacional, antiimperialista, popular, democrática y de economía mixta encontró múltiples trabas. El FSLN hubo de improvisar en un país destrozado por la guerra y  el terremoto de1972.   Así,  una revolución cuyo origen  se asentó en  los valores éticos y los principios más nobles de la justicia social, la igualdad, la democracia y la libertad entró pronto en barbecho. Mónica Baltodano lo refleja en su obra: Memorias de la lucha sandinista. 



 La contra, los errores propios, la desestabilización, y el nacimiento de una nueva elite política,  conocida como "la piñata", dieron al traste con la revolución. El punto de inflexión lo constituyó  la derrota  en las  presidenciales de febrero de 1990. El acoso, la invasión de Panamá,  se sumaron al  coste humano, militar y económico de una guerra mercenaria  que frustra  el proyecto de liberación nacional. El triunfo de la derecha y el retorno de somocistas fue un balde de agua fría.  El FSLN comenzó una deriva donde    los  principios éticos se relegaron en pro de un pragmatismo para recuperar el poder.   A 35 años de la revolución, el  FSLN gobierna, gana elecciones, pero es una caricatura de sí, sólo le queda la retórica.  La revolución sandinista se fue para no volver en 1990.

       Marcos Roitman Rosenmann

***