martes, 22 de julio de 2014

Antonio Gramsci (La formación de los intelectuales).





“ (…) La relación entre los intelectuales y el mundo de la producción no es inmediata, como ocurre con los grupos sociales fundamentales sino que pasa por la “mediación”, en grado diverso, de todo el tejido social, del complejo superestructural de que los intelectuales son, precisamente, los “funcionarios”. Se podría medir la “organicidad” de los diversos estratos intelectuales, su mayor o menor conexión con un grupo social fundamental estableciendo una graduación de las funciones y de las superestructuras de abajo a arriba (de la base estructural hacia arriba). Por el momento, se pueden fijar dos grandes “planos” superestructurales, el que puede llamarse de la “sociedad civil”, es decir, el conjunto de organismos vulgarmente llamados “privados”, y el de la “sociedad política o Estado”, que corresponde a la función de “hegemonía” ejercida por el grupo dominante en toda la sociedad y a la función de “dominio directo” o de mando que se expresa en el Estado y en el gobierno “jurídico”. Estas funciones son precisamente organizativas y conectivas. Los intelectuales son los “empleados” del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, esto es:

1)     del consentimiento “espontáneo” de las grandes masas de la población a la dirección impresa a la vida social por el grupo fundamental dominante, consentimiento que proviene “históricamente” del prestigio (y por tanto de la confianza) que dan al grupo dominante su posición y su función en el mundo de la producción.

2)     Del aparato de coerción estatal que asegura “legalmente” la disciplina de aquellos grupos que no “consienten” ni activa ni pasivamente, pero constituido para toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis del mundo y de la dirección, durante los cuales el consentimiento espontáneo se debilita.




Este planteamiento del problema da como resultado una gran ampliación del concepto de intelectual, pero sólo así se puede llegar a una aproximación concreta de la realidad. Esta forma de plantear la cuestión choca contra prejuicios de casta: es cierto que la misma función organizativa de la hegemonía social y del dominio estatal da lugar a una cierta división del trabajo y, por consiguiente, a una graduación de calificaciones, en algunas de las cuales no parece existir ya ninguna atribución directiva y organizativa; en el aparato de dirección social y estatal existen muchos empleos de carácter manual e instrumental (de orden y no de concepto, de agente y no de oficial o funcionario, etc.): es evidente, sin embargo, que se debe hacer esta distinción y otras. De hecho, se ha de distinguir diversos grados en la actividad intelectual, incluso desde el punto de vista intrínseco, grados en los momentos de oposición extrema producen una verdadera y extrema diferenciación cualitativa: en los grados más elevados se debe situar a los creadores de las diversas ciencias, de la filosofía, del arte, etc.; en el inferior, a los más humildes “administradores” y divulgadores de la riqueza intelectual ya existente, tradicional, acumulada. (También en este caso el organismo militar nos ofrece un modelo de estas complejas graduaciones: oficiales subaltenos, oficiales superiores, Estado Mayor, sin olvidar a las clases de tropa, cuya importancia real es mucho mayor de lo que se cree.)



En el mundo moderno, la categoría de los intelectuales, entendida de este modo, se ha ampliado en proporciones inauditas. El sistema social democrático-burocrático ha formado masas imponentes, no todas justificadas por las necesidades sociales de la producción, aunque sí por las necesidades políticas del grupo fundamental dominante. Esto explica la concepción loriana del trabajador improductivo (pero ¿improductivo en relación con quién, con que modo de producción?) que podría justificarse en parte si se tiene en cuenta que estas masas aprovechan su posición para hacerse asignar una parte ingente de la renta nacional. La formación en masa ha uniformizado a los individuos tanto desde el punto de vista de la cualificación individual como desde el de la psicología, determinando los mismos fenómenos que se encuentran en todas las masas uniformizadas: concurrencia –que plantea la necesidad de una organización profesional de defensa-, paro forzoso, superproducción escolar, emigración, etc. (…)”


Antonio Gramsci (La formación de los intelectuales).


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