sábado, 19 de julio de 2014

ESTAR A RÉGIMEN (del 78) / Colectivo TODOAZEN




El régimen del 78 y la izquierda

Desde el punto de vista de la ciencia política el concepto de régimen puede asimilarse, en sentido restringido, al conjunto de las instituciones pertenecientes al Estado y al modo como se relacionan entre sí y con la sociedad, mientras que en un sentido más amplio habría que añadir a lo enunciado, los partidos políticos, la opinión pública, el sistema electoral así como los valores que animan la vida de tales instituciones que en definitiva constituyen la estructura organizativa que selecciona a la clase dirigente y asigna su rol y desempeño a los diversos individuos comprometidos en la lucha política.




En un registro más cotidiano, el uso del término régimen se ha venido caracterizando por su inmediata y peyorativa aplicación a fórmulas de gobierno de carácter dictatorial o autoritario, siendo habitual en nuestro ámbito político, por ejemplo, hablar o referirse al régimen franquista. Y es con esa carga semántica negativa y como arma de denuncia que últimamente ha vuelto a reaparecer, con especial éxito, entre la nómina de ideas fuerza puestas en circulación al amparo de la estrategia político-mediática llevada a cabo por el grupo de intervención electoral presentado bajo la denominación Podemos. Grupo cuya aparición ha alterado un paisaje político que si bien la crisis y el surgimiento de fuertes movimientos sociales habían venido alterando en los últimos tres años, es ahora cuando a través de la visibilidad real, virtual, electoral y semántica de grupo, partido o movimiento parece haber encontrado su más cabal expresión y representación.




El concepto de “régimen del 78” puesto en circulación supone el entendimiento de que es por esas fechas cuando, tras la muerte del general que le da nombre, al régimen dictatorial franquista le sucede un régimen al que se va a calificar de seudodemocrático en cuanto que habría estado detentado por unas élites o “castas” políticas encuadradas en el bipartidismo de PP y PSOE. A partir de ahí propaga la idea de su desmoronamiento a consecuencia de un proceso de deslegitimación que tendría como puntos de inflexión política los movimientos sociales que tienen lugar alrededor del 15M y se hacen presentes en los resultados de estas últimas elecciones europeas.




Aún no compartiendo ese instrumental semántico propuesto por el discurso de Podemos parece sin embargo innegable que el conjunto de instituciones y valores que surgieron alrededor del año en que se aprueba nuestra actual Constitución, se está viendo cuestionado con relevancia ciudadana, y mediática, al menos desde el 15M y convendría por tanto atender a su naturaleza, es decir a la geología y tectónica que la correlación de fuerzas establece.




Opinamos que en el 78 lo que tiene realmente lugar es la resolución final de la guerra civil pues es en esas fechas cuando, en el marco del proceso constituyente que abre la Ley de Reforma Política propiciada por el primer gobierno Suárez, los derrotados del 36 aceptan y asumen definitivamente la derrota: a nivel político, acatamiento de la monarquía; a nivel simbólico, acatamiento de la bandera franquista; a nivel socioeconómico, los pactos de la Moncloa. Lo que entonces sí va a suceder es un cambio de forma en la gestión de las plusvalías que el sistema capitalista produce: desde una gestión dictatorial se transita hacia una gestión propia del parlamentarismo representativo de corte europeo en el que la nueva situación se inserta. En ningún caso a partir de esos momentos se cuestiona, en los ámbitos institucionales que constituyen el ser y el estar de lo que tradicionalmente llamamos régimen político, el origen y el funcionamiento del sistema de extracción de plusvalías, es decir, la propiedad privada de los medios de producción, aun cuando los partidos presentes en el arco parlamentario propongan diferentes matices o ritmos reformistas a la hora del cómo gestionar el reparto de esas plusvalías. Ni se cuestionan esos fundamentos ni se elaboran y difunden valores cívicos o culturales que pongan en cuestión la escala de valores que acompaña a las democracias representativas europeas: el interés personal como fundamento del bien común, la política como espacio autónomo, la acción electoral como herramienta fundamental y expresión básica de la democracia, el Estado como estructura al servicio de la iniciativa privada, el salario social como “generosa y no consolidada paga de beneficios”, función subsidiaria y caritativa de las políticas de bienestar social, la educación como competencia de los departamentos de recursos humanos, la cultura como ocio y negocio, el consumo como identidad, etc.. Entendido así y sin tener que recurrir a Carlos Marx cuando define régimen política como el campo de batalla en el que tiene lugar la lucha de clases, parece difícil aceptar que ”el régimen del 78” haya entrado en crisis pues más allá de la proclamaciones electoralistas de reformas más o menos radicales esa base del régimen político hoy actuante - que podría definirse como dictadura democrático-parlamentaria- no parece haber entrado en cuestión por más que la forma de la Jefatura del Estado, la Monarquía, haya visto tambalearse su aceptación.




Es obligado sin embargo reconocer que al menos desde el estallido de la crisis y el surgimiento del 15M, si no un cambio de régimen lo que puede constatarse es el inicio de un proceso social emergente que denuncia, con fuerza más significativa que social por el momento, no el sistema de producción de plusvalías y excedentes pero sí la actual estructuración del reparto de divisas. Aun así más que de cambio de régimen habría que hablar de cambios en una escena política donde se sigue representando la misma función – la dominación del capital – pero donde ha entrado en cuestión el reparto de papeles, han irrumpido nuevos intérpretes y organizaciones, personalidades y siglas nuevas aspiran a estrenar o incrementar su protagonismo mientras los nacionalismos periféricos agrietan el espacio escénico y la aceptación implícita del principio de “quien parte y reparte se lleva la mejor parte” sobre el que descansan las prácticas de corrupción está siendo, después de años de indiferencia o aceptación, rechazada con intensidad creciente.









Parece claro que la crisis del capitalismo, que a mi entender tienen su origen en una sobreproducción de dinero circulante, ha desequilibrado todavía más a favor del capital aquel reparto más o menos socialdemócrata de plusvalías vigente desde mediados del siglo XX, dando paso, de manera lenta desde la crisis de los 70 y acelerada desde la del 2008, a una nueva onda larga de acumulación de capital a través de un doble mecanismo económico: la destrucción de la masa monetaria necesaria para aproximar las tasas de beneficio del capital financiero a las del no financiero, y una profunda desaceleración del vector “velocidad del dinero”. Esto ha deteriorado el consenso implícito y explícito entre el capital y el trabajo que estábamos padeciendo de manera resignada y ahora, por decirlo con terminología en clave marxista, una buena mayoría de trabajadores que en la práctica política han estado comportándose durante largo tiempo como “clase contra sí”, empiezan a no aceptar su condición de “maltratados” y en consecuencia deslegitiman y rechazan el sistema de representación política actual.




Como consecuencia de todo esto aquellas zonas de la sociedad profundamente afectadas por la bajada del salario social reivindican no tanto el cambio de juego del capitalismo en sí como las reglas del ese juego y, solo en ese sentido, podría hablarse de una crisis del régimen del 78 que en mi opinión donde mejor y con mayor fuerza se detecta no sería tanto en los resultados del reciente proceso electoral sino en revueltas como las del Gamonal o C'an Vies, porque es allí donde se hizo evidente que la política bajo el capitalismo sigue siendo expresión de la violencia estructural, de la lucha de clases.
Cabe pues aceptar que hay señales esperanzadas de que los derrotados del 36 podrían estar volviendo a no aceptar su derrota, emergiendo una renovada secuencia política en la que pasado, presente y futuro recobran su unidad dialéctica.




En ese esperanza reside sin duda buena parte del optimismo que la izquierda parece haber retomado tanto por los resultados positivos en la elecciones europeas de formaciones tradicionales como IU como, y sobre todo, por “el acontecimiento” que ha supuesto el éxito de Podemos. Ahora bien para que ese optimismo cuaje en expectativa de cambios de transformación radicales creo que sería necesario no solo que una parte amplia de la sociedad cuestione el reparto de plusvalías sino su propiedad. Solo entonces el “acuerdo de clase” que encarna el bipartidismo actual se vería realmente amenazado y solo entonces podría considerarse que los derrotados vuelven a entrar en el campo de batalla y que las esperanzas de transformación pueden convertirse en realidades. Solo entonces “el régimen del 78” habrá entrado en crisis.



 (Las imágenes han sido tomadas en la exposición: "Ajoblanco: Ruptura, contestación y vitalismo" / Centro Conde Duque, Madrid, 28 mayo-21 septiembre 2014)

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