jueves, 17 de julio de 2014

Günther Anders, el filósofo atípico / Elena Martínez Rubio


“Günther Anders ha sido un referente del movimiento antinuclear y un filósofo que optó por el activismo y el trabajo político.”






Günther Anders, nacido en 1902 en Wrocław, (Po­lonia) y fallecido en Viena en 1992, no obtuvo en vida el reconocimiento que merecía como pensador ni como escritor y poeta, a pesar de haber ejercido influencia sobre pensadores como, por ejemplo, Theo­dor Adorno y Jean-Paul Sartre, quien reconoció que el texto Pato­logía de la libertad, aparecido por primera vez en francés y que Anders escribió en el exilio (París, 1930), había tenido mucho que ver con su idea de que estamos condenados a la libertad. También es innegable que Anders compartió con Hannah Arendt, con quien estuvo casado en los años 30, muchos temas y preo­cu­pa­ciones, tomando los dos caminos no muy alejados para desarrollar algunas de sus concepciones.

El hecho de haber sido miembro del Tribunal Russell contra la guerra de Vietnam y haber tomado parte activa en los movimientos contra el armamento nuclear después de la II Guerra Mundial, así como su posición en los últimos años de su vida favorable a la violencia legítima como defensa contra el armamento y las centrales nucleares, hicieron a Anders más conocido; pero con todo muchos textos y otros aspectos de su obra continuaron relegados. De cualquier forma, como nos trae a la memoria Rodríguez Hidalgo en el prólogo de Si estoy desesperado, ¿a mí qué me importa?, “Anders, un notorio desconocido”, puede que con la alegría sobre el renacimiento de su pensamiento debamos sentir temor a causa de un peligro. Lo decía Anders: “No hay filósofo que pueda saber de antemano al servicio de qué señor logrará la inmortalidad”. Sí, la sociedad en que malvivimos tiene la capacidad, o el poder, de “reinsertar” a los filósofos más “indómitos”, utilizándolos para su propio interés, hasta trivializarlos. De cualquier forma, siempre estarán ahí los textos originales y la fuerza propia de las palabras de Anders, con toda su vivacidad y atractivo.






En 1930 Anders comenzó a trabajar de periodista en Berlín por mediación de Bertolt Brecht. Al ser muchos los artículos que aparecían con su nombre, decidió utilizar el seudónimo de “Anders”, que quiere decir en alemán “otro”, “diferente”. Pronto decidió entregarse a una escritura didáctica que combatiera el totalitarismo y la guerra. Una decisión que mantuvo hasta el final de su vida. Estaba convencido de que su actividad era la de un “abridor de ojos”.

Anders era un filósofo directa y completamente implicado en los problemas del mundo. De ahí que se le hiciera el reproche de ser un filósofo que había “desertado a la práctica”. Lo cual es un fallo imperdonable en un filósofo, a no ser que esa tendencia a la práctica incline la balanza hacia el otro lado, es decir, hacia el no cuestionamiento del poder –no menos práctico al fin y al cabo– en que viven tantos filósofos.

Anders se mantuvo siempre lejos de una mitificación de pensadores y filósofos o intelectuales, así como de una perspectiva academicista y elitista. Lo vemos en las respuestas de la entrevista “Brecht me consideraba insufrible”, donde hace una descripción un tanto irónica de la personalidad de Brecht, pope de los izquierdistas. Preguntado por su relación con Walter Benjamin y por los temas sobre los que discutían en el exilio, Anders respondió: “No puedo decir que en París habláramos de filosofía. Porque nosotros éramos en primer lugar antifascistas, en segundo lugar antifascistas y, además, seguramente hablábamos también de filosofía”.

Durante su exilio en los EE UU, Anders se vio obligado a aceptar trabajos temporales. Sus experiencias en empleos precarios resultaron muy importantes a la hora de escribir La obsolescencia del ser humano. De una parte descubrió que la técnica, una vez convertida en sujeto, había pasado a tomar el lugar de la conciencia, quedando los seres humanos marginados por ella –llenos como están de imperfecciones y defectos–, y consecuentemente acomplejados y avergonzados. También cons­tató que las mayorías pueden ser a su vez “producidas” de la misma forma que todos los otros “productos” del mercado, valiéndose de los medios de comunicación de masas.



Qué importa la desesperación
Las catástrofes de Hiroshima y Na­ga­saki en 1945 dejaron a Anders sin palabras. Al terror sembrado por las bombas nucleares se añadió otro espanto: la salida a la luz, en los años posteriores a la guerra, de los testimonios de los campos de concentración nazi. El silencio de Anders duraría cinco años. Con el tiempo, aquella constatación de que la humanidad estaba en condiciones de llevarse a sí misma a la extinción se convertiría en el eje del pensamiento de Anders. Tomada como cuestión filosófica, la existencia del pensamiento bajo la amenaza de la energía nuclear es un terreno desconocido, terra incognita o situación radicalmente nueva. La continuidad del mundo ha dejado de ser algo que se pueda sobreentender, tal y como lo fue para los filósofos anteriores. En ese sentido no nos es dado decir que estamos en el umbral de una nueva época. Porque ni siquiera sabemos si habrá futuro o no. Preocupación primera, casi obsesiva, de Anders, como puede verse también en su diario.
En la entrevista titulada “Ensu­ciando el periódico”, Anders afirmó lo siguiente: “Carezco de tiempo para preguntarme a mí mismo si tengo esperanza o no. Com­parado con las tareas que tenemos ante nosotros, me parece casi ridículo quejarme de mi estado de ánimo”. Anders denominó así “esquizofrenia moral” al tipo de acción política que puede surgir en las condiciones de hoy. Pues aunque resulta imposible saber si vamos a obtener éxito con nuestra lucha o no, debemos seguir luchando igualmente. ¿Qué nos importa si estamos desesperados? No queda más remedio que seguir adelante como si no lo estuviéramos.


Elena Martínez Rubio
Doctora en Filosofía y coeditora de los libros ‘Llámese cobardía a esa esperanza’ y ‘Si estoy desesperado, ¿a mí que me importa?’



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