viernes, 29 de agosto de 2014

El retrato del siglo / Gisèle Freund (1908-2000) / Esther Andradi







El retrato del siglo / Gisèle Freund (1908-2000)

No es fácil retratar a la gente. El cuidado por esa máscara que cultiva cada rostro no tiene límites.  La imagen se cuida, se pule, se talla a lo largo de los años. Y sin embargo el aura de una persona está siempre al alcance en ese invento que día a día se perfecciona pero que, selfies más o menos, sigue siendo el arte de capturar el presente para perpetuarlo. La fotografía puede quemar, alumbrar, ridiculizar o mitificar. Si la técnica juega un papel decisivo, no lo es menos el arte de captar la imagen deseada con el obturador. Una exposición de retratos y escenas fotográficas realizadas por Gisèle Freund en la Academia de las Artes de Berlín, es una buena muestra de su singular talento.

Gisèle Freund nació en 1908 en el barrio de Schöneberg, enfrente del edificio donde vivía Albert Einstein. Ninguna de las viviendas existe ya, la guerra las redujo a escombros, pero sus fotos, testimonio de su vida y sus viajes a través del siglo XX, a uno y otro lado del Atlántico, de París a Buenos Aires y de Chile hasta México, regresan a Alemania. Porque Gisela, que afrancesó su nombre por Gisèle en el exilio, fue una de las primeras mujeres reporteras de prensa en los años treinta, cuando se vio obligada a abandonar Berlín, donde vivían sus padres, y Frankfurt, donde estudiaba sociología.

Su padre, Julius Freund, un apasionado coleccionista de pintura, le había regalado  su primera cámara Leica cuando cumplió veinte años. Aunque ella no quería ser fotógrafa sino escritora. Con veinticinco años emigra a París y ahí se encuentra en el centro del mundo. Se abre paso fotografiando escenas con su cámara, y poco después encuentra la forma de mantenerse haciendo retratos. Comienza retratando a hombres de negocios. Hasta que el azar la  lleva a vincularse con la crema y nata de la intelectualidad del siglo. En 1935 conoce a varios escritores al participar del Congreso de Intelectuales por la defensa de la cultura en París. Entonces, la editorial Gallimard le solicita un retrato de su joven autor André Malraux. La fotógrafa cita a Malraux en su departamento, pero como la luz no es buena, lo fotografía en el balcón con el cabello al viento y un cigarrillo en los labios, al más puro estilo Jean Paul Belmondo, cuando el actor apenas había nacido. Ese retrato de Malraux pronto ilustra su libro premiado con el Goncourt, y aunque la joven Freund no percibe honorarios muy importantes, descubre su camino.




Le siguen retratos de Anna Seghers, Paul Nizan, André Gide. De James Joyce relajado y en familia, con sus dedos enjoyados. De Vladimir Nabokov y André Breton. A Virginia Woolf, que  detesta que la fotografíen, logra arrancarle una sonrisa entre perpleja y sorprendida, jugando con su perro. Bernard Shaw se indigna porque lo retrata con la barba recortada. Freund no sólo se dedica a los contrastes del blanco y negro, de la luz y las sombras, sino que es pionera en experimentar con los matices de la fotografía en color, recién descubierta.

En la Biblioteca Nacional, donde acude diariamente para trabajar su tesis sobre la fotografía, entabla relación con Walter Benjamin, su vecino berlinés que le dobla en edad, emigrado por la persecución nazi. Benjamin, que también investiga en la Biblioteca, se convierte pronto en el amigo admirado que le gana todas las partidas de ajedrez y en el objeto de lujo de su cámara. Todos los retratos del filósofo se exponen por primera vez en la Academia de las Artes: Walter Benjamin leyendo, o en la naturaleza florida en Pontigny sosteniendo una flor entre sus dedos como si se tratara de una pipa. Y ese retrato, icono de la melancolía, con la cabeza levemente inclinada, sostenida por su mano, con un gesto reflexivo. También se exhiben las cartas que intercambian en ese período intenso de persecución e incertidumbre.

Aunque Freund proviene de una familia con recursos, pronto las fronteras nacionales se cierran y ya no es posible recibir ayuda paterna. A su hermano en Londres tampoco le va mejor. "¿Es usted judía?" La interroga un oficial poniendo a prueba su capacidad de improvisación. "¿Cuándo vio usted una judía que se llame Gisela?" Responde ella con absoluta frialdad. Sin embargo, en Francia los controles se hacen cada vez más estrictos, los refugiados de origen judío son confinados en campos de trabajo y hay que resguardarse o huir. La fotógrafa escapa a esa amenaza a través de un matrimonio convenido. Pero Benjamin es arrestado. Los amigos de París se deshacen en solidaridad para lograr su liberación. Lo consiguen. La correspondencia entre Freund y Benjamin en esos meses prueba los esfuerzos que se hacen para ayudarlo. Ella lo alienta, que todo va a ir mejor.

"No te preocupes" –le dice el entonces joven Stéphane Hessel a Walter Benjamin, el amigo de su padre, a su paso por Marsella–. La guerra ya está por terminar... Estamos a principios de 1940, apenas comienza la pesadilla que va a destruir Europa con horrores inimaginables. Benjamin ya no los vería. Se iba a quitar la vida semanas más tarde en Portbou.




El cerco del terror se estrecha. Tres mujeres son clave para la salvación de Freund en este mundo de límites cada vez más borrosos. Adrianne Monnier y Sylvia Beach, cuyas librerías en la rue de l´Odeon en París son el punto de encuentro de los intelectuales de la época. Y la argentina Victoria Ocampo, activista cultural, traductora, gestora de puentes entre los mundos, directora de la revista Sur, que le ofrece todas las posibilidades para que atraviese el Atlántico y comience su periplo desde Buenos Aires hasta México. Retratos de Evita Perón en Argentina, del poeta Pablo Neruda en Chile, de Frida Kahlo y Diego  Rivera en México, escenas de la vida de la casa de Coyoacán.

En los años cincuenta, a su regreso a Europa, Freund seguirá capturando el aura de los elegidos en sus fotografías. Sartre en el balcón, Simone de Beauvoir con su tenida china, Breton con su colección de arte mexicano, Malraux con varias décadas más.

“Ninguna pose y nunca la misma foto‘‘ es su lema. Y lo cumplió.



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