jueves, 14 de agosto de 2014

La oposición en Venezuela / Lidia Falcón





La oposición en Venezuela

La oposición al gobierno bolivariano de Venezuela, de momento concentrada en la llamada MUD, Mesa de Unidad Nacional,  ha establecido la alianza contra natura de las fuerzas capitalistas liberales como los veteranos Acción Democrática y COPEI, con las más derechistas como Primero Justicia que lidera Capriles y Voluntad Popular de Leopoldo López -encarcelado por ser el instigador y  promotor de los ataques violentos de las guarimbas de este año- partidos que se reclaman de izquierdas como el MAS, Bandera Roja, la Causa R, y otras minúsculas formaciones que se autodenominan progresistas. Pero quizá precisamente por este extraño maridaje, la oposición no acaba de atraer el apoyo popular que necesita. La MUD únicamente ha ganado tres de las veinticuatro gobernaciones de Estado y el tercio de las alcaldías. Ante este fracaso continuado, las estrategias que los llamados demócratas han seguido para derrocar a Maduro y hacerse con el poder son toda la cadena de actuaciones que conocemos bien del fascismo y de la CIA.  Campaña continuada de calumnias, sabotajes y boicot empresarial, asesinatos, lesiones, estragos, daños en bienes públicos y privados.

Apenas fracasado el golpe de Estado de 2002, los dirigentes de la MUD organizaron el paro petrolero en diciembre del mismo año, que causó miles de millones de pérdidas. Los gerentes, ingenieros y técnicos adeptos a la línea ideológica del capitalismo liberal, que pretende sustituir el gobierno actual revolucionario, urdieron la astuta estrategia de detener a los barcos petroleros en los puertos. De tal modo, al no poder transportar el combustible este se almacenaba en los tanques hasta que estaban llenos y ya no se podía seguir refinando. Solamente la fidelidad de la mayoría de los trabajadores y la intervención del Ejército, además de la compra de petróleo a países amigos, permitió que los venezolanos no pasaran unas Navidades miserables como pretendía la oposición.




Pero el enemigo no se cansa nunca. Haber perdido el poder en Venezuela, que desde que existe como nación, había sido propiedad de los terratenientes, los banqueros y las compañías multinacionales, convertido el país en el patio trasero petrolero de Estados Unidos, es insoportable para esa coalición que se presenta con la bandera de la democracia. Por ello, cuando tampoco el paro petrolero fue eficaz para conseguir que el pueblo se rebelara y echara al odiado presidente Nicolás Maduro, en enero de este año -no se había cumplido uno de la muerte de Hugo Chávez- organizaron las guarimbas: incendios, asesinatos, destrozos de tiendas, de autobuses, de centros médicos, de escuelas, colgaron cables para decapitar a motoristas y peatones, y después de que transcurrieran varios meses sin que a pesar de los disturbios ni los venezolanos ni las venezolanas hubieran claudicado y se hubiesen entregado a los designios salvadores de la MUD, la oposición tuvo que aceptar la derrota y cambiar de estrategia.

Quedaba la operación que cuarenta años atrás la oligarquía con el apoyo de EEUU puso en marcha en Chile. Sitiar a la población por escasez.  Las grandes, y a veces las pequeñas empresas también –que hacen su agosto-, se han dedicado al sabotaje continuado de las mercancías. Las corporaciones siguen dominando los más importantes sectores: la alimentación, bebidas, automóviles, ropa, zapatos, electrodomésticos, y la gente tiene, a veces, que hacer largas colas para comprar algunos productos de alimentación, siempre los más necesarios. Que al parecer soporta con total tranquilidad, porque este pueblo sabe que ese es el peaje que ha de pagar por mantener su gobierno revolucionario, y que de perderlo no le quedará más futuro que el pasado, en que volverán  a la miseria y el abandono y a ser colonia estadounidense.

El gobierno bolivariano, al que acusan de dictador, no ha intervenido ninguna de las grandes multinacionales, y esta tolerancia la están aprovechando para acaparar alimentos, productos sanitarios y de limpieza, y utilizan los dólares que el gobierno les entrega para la importación en comprar productos de cosmética y perfumería, pero no  leche, harina y  papel higiénico. La Polar, el gigante productor de cerveza y alimentación, acaba de subir el 67% el precio de la harina de maíz, principal ingrediente de las arepas, el pan venezolano, y el gobierno se ve obligado a subvencionarla para no dañar la modesta economía de los trabajadores y las trabajadoras.





Pero sin duda la oposición que intenta derrocar al gobierno bolivariano en Venezuela cuenta con el inestimable apoyo de Estados Unidos. No solo la MUD recibe de éste subvención económica,  que no se avergüenza de reconocer, sino que el Departamento de Estado continuamente toma medidas claramente hostiles al gobierno bolivariano. Primero fue la peripecia de detener a un cónsul venezolano en Aruba, donde Holanda siguió fielmente las instrucciones norteamericanas, para tener más tarde que dejarlo en libertad y pedir excusas. Ahora EEUU ha decidido no conceder la visa para entrar en el país a 27 funcionarios venezolanos, a los que acusa de violar los derechos humanos. No ofrece detallada información de cuáles han sido las acciones que se inscriben en ese rublo, por lo que esa genérica inculpación obliga a sospechar que se trata únicamente de seguir minando la resistencia de la V República, cuyas medidas de avance de la revolución socialista en la que están inmersos tanto el gobierno como el pueblo venezolano parecen desesperar tanto a Capriles como a Obama.

Pero aún aceptando que esos funcionarios hubieran podido cometer excesos en el cumplimiento de sus funciones, y tampoco se aclaran cuáles sean esas, me gustaría tener información de a cuántos políticos hondureños les ha negado EEUU la visa por considerarlos incumplidores de los derechos humanos. En Honduras, donde un golpe de Estado militar arrancó de su dormitorio al Presidente de la República, en plena noche y en pijama y lo trasladó inmediatamente en un avión a Panamá, se ha legitimado un cruento e injusto régimen. Los rankings oficiales consideran a Honduras el más violento de los países latinoamericano: los abusos policiales, las desigualdades económicas y la falta de protección de los más débiles, las mujeres y los niños las principales víctimas, sin leyes ni sistema judicial que los ampare, están denunciados por las redes sociales y el Movimiento Feminista. Pero no he leído nunca que el Departamento de Estado le niegue el visado a ninguno de sus funcionarios.

En Méjico los asesinatos de mujeres con la connivencia de la policía constituye un escándalo internacional; la corrupción del narcotráfico y los malos tratos en comisarías están denunciados en varios documentales y películas, pero no he leído nunca que el Departamento de Estado le niegue el visado a ninguno de sus funcionarios. Ni a los colombianos, en cuyo país lleva desarrollándose una guerra de la oligarquía contra el pueblo desde hace sesenta años, y en el que varios de sus militares y policías, incluyendo al anterior Presidente Álvaro Uribe, están procesados por genocidio, secuestros y asesinatos de campesinos a los que dieron en presentar como guerrilleros. Ni a los militares y funcionarios guatemaltecos que cometieron toda clase crímenes contra su pueblo y cuyo Presidente Efraín Ríos Montt,  ha sido acusado y juzgado por genocidio ni a los salvadoreños ni a ninguno de los mandatarios, funcionarios o empleados de gobiernos corruptos y asesinos, conocidos en el mundo entero. Han tenido que ser venezolanos los que han suscitado la indignación y sanción de EEUU. Con la anuencia del Presidente Obama que se ha permitido hacer declaraciones diciendo que se conculcan los derechos humanos en Venezuela, el mismo que apoya a Israel para que lleve a cabo el exterminio de la población de Gaza.





Difícil es para el pueblo y el gobierno venezolanos enfrentar a tantos y tan poderosos enemigos. Pero observando cotidianamente el entusiasmo, la seguridad, la tenacidad con que los trabajadores, las mujeres, los comuneros y las comuneras, están construyendo el socialismo en Venezuela, queda la esperanza de que esta vez el triunfo sea suyo.

Lidia Falcón



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