sábado, 2 de agosto de 2014

Liquidez / Elvira Navarro




Liquidez 

Nos contextualizamos y descontextualizamos continuamente. La estructura de los contextos podría ser la de las muñecas rusas: nuestra casa está en una calle, y nuestra calle en un barrio, y nuestro barrio en una ciudad, y nuestra ciudad en un territorio, y nuestro territorio en un país, etcétera. Rizando el rizo, podría hasta afirmarse que hay un solo contexto, puesto que todos se tocan, aunque desde luego no es esa la forma que tenemos de vivirlo. Nuestro cuerpo quizá se relaja cuando llega a casa o cuando sale de ella. Si un amigo nos invita a cenar, entramos en su hogar con discreción y pudor para, al cabo de dos o tres horas, estar con los zapatos quitados e ir sin vacilar de la cocina al salón. Hacemos un viaje a otra ciudad, y tras una semana durmiendo en un hotel y desayunando en el bar de abajo, nos habituamos a un discreto nuevo yo (el que se ha proyectado viviendo en esa ciudad, el que a la luz de los lugares distintos ha dejado de entender algunas de sus preocupaciones cotidianas). Volver a encontrarnos con nuestras parejas tras un tiempo de separación es siempre una prueba de fuego: al haber abandonado nuestro contexto puede que hayamos olvidado o alterado lo que nos motivaba de esa persona, que de repente no se ajusta a nuestro recuerdo (la memoria dispone a su conveniencia; Skype amansa las formas). Sin embargo, los contextos tienen tanto peso que a los pocos días de nuestro regreso, y a veces incluso a las pocas horas, parece que jamás hayamos dejado nuestra casa, nuestra ciudad, a nuestra pareja o a nuestros hijos. Más aún: esos contextos nos han hecho. Somos un trozo de calle, una voz que hemos oído durante años, un tacto, unas opiniones por las que ya nadie nos pide cuentas, el sabor de una comida.
Es fácil permanecer en las novelas, pues en ellas se generan contextos poderosos, y si nos da pereza retomar un tocho de setecientas páginas abandonado durante dos semanas es porque no estamos dispuestos a volver a adaptarnos al lugar y al tiempo que propone el texto. Con los cuentos ocurre al contrario: si los abandonamos a la mitad damos por hecho que no vamos a volver a entrar, pues no nos da tiempo a contextualizarnos de nuevo.

Al igual que las novelas y los cuentos, Facebook y Twitter son texto. Sin embargo,  el contenido en las redes es tan cambiante que, cuando pasamos un tiempo desconectados, lo que nos invade al volver a entrar no es la pereza por tener que contextualizarnos de nuevo ni la desazón de que se nos haya escapado el contexto, sino el absurdo de la existencia misma de esas redes (y ojo, esto no es un juicio moral; hablo del mismo absurdo que se produce en el lector cuando en  La metamorfosis descubre la preocupación de Gregor Samsa ante la posibilidad de llegar tarde al trabajo en lugar de por haberse convertido en un insecto). ¿Ocurre esto porque no hay contexto –pero tal cosa no es posible–, o porque éste es tan líquido que la resituación sólo llega cuando aceptamos el acontecer de las redes en un (casi) no-espacio y un no-tiempo?



Tal vez me esté equivocando al usar el “nosotros” en lugar de hablar sólo de mí. Cambio entonces de tercio e insisto: aunque las novelas y los cuentos abandonados por un viaje o por cualquier otra circunstancia hayan dejado de motivarme, en ningún caso me producen esa sensación de falta de sentido que sí me invade cuando me he pasado una semana o más desconectada y me enfrento a un aluvión de estados y tuits. Por otra parte, pienso que quizá el contexto de Twitter y Facebook, esto es, las condiciones de posibilidad de su existencia, está hecho en gran medida de nuestro deseo de comunicarnos y/o exhibirnos. No hay un afuera sólido al que tengamos que adaptarnos, sino un reclamo al que acabamos atendiendo si lo miramos demasiado (porque el reclamo nos va a permitir mirarnos de una forma más directa que las novelas, los cuentos o nuestra ciudad). Quizá sea en esa mirada directa, de mí misma y de los demás, de donde nace mi extrañeza. ¿Qué diablos hacemos ahí dando opiniones sin que nadie nos las haya pedido, colgando fotos de nuestra infancia o de paellas a la leña? Aunque parezca lo contrario, sigo sin deslizarme al juicio moral. Se trata de que durante unos días o unas horas dejo de entender qué es lo que tengo delante. Como si un tigre volador se posara en mi ventana y me cantase una habanera. Luego entro en el juego, claro. Le bailo al tigre.
¿En qué lógica hemos empezado a habitar?
Soy incapaz de concluir nada, así que lo dejo. 

Elvira Navarro



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