viernes, 15 de agosto de 2014

Todos los nazis son poetas / Jordi Galves





Todos los nazis son poetas 


[Reseña] Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas. El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado. Anagrama. Barcelona, 2014, 501 páginas.  


Ni Cataluña ni España destacan por el periodismo de investigación. Casi todas las grandes revelaciones de la prensa son inducidas, suscitadas por personas y grupos que proyectan una determinada información para favorecer ciertos intereses políticos. En eso los periódicos son meros instrumentos pasivos, apenas un eco. El trabajo de archivo es escaso, las investigaciones, algo de las películas o, como mucho, de la prensa anglosajona que tiene categoría y dignidad de principal. Si este libro no fuera una excepción, El marqués y la esvástica me desmentiría rotundamente.

Un trabajo serio, de primer orden, riguroso, prolijo, ameno, bien escrito siguiendo la mejor tradición de la antigua prensa europea, la que no conoce ni amistades ni tabúes. Un libro a contracorriente. Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas no sólo se sitúan al margen de la indigencia de la prensa española de hoy y de la calvicie investigadora de los medios de comunicación. Sobre todo, nos demuestran con hechos, con el hecho primero que es este contundente estudio de quinientas páginas, que todavía nos queda mucho por saber de nuestra historia reciente. Que, pongamos por caso, las terribles historias de nazis y judíos no son sólo cosa de Hollywood y que, en Cataluña y en España, vivimos en la inopia más pancha. La memoria histórica tendría que desenterrar alguna cosa más que cadáveres del franquismo. Por ejemplo, la historia de los que colaboraron para que la shoah y las carnicerías del siglo XX fueran posibles, personalidades como el eximio escritor César González-Ruano, vecino de Sitges durante cuatro años, desde 1943 hasta 1946. Aunque para algunos siga vigente el espíritu amedrentado de los Veinticinco años de paz, aquí sí que hay que mentar la soga en casa del ahorcado. Hay que saber para poder comprender el pasado.






Un hombre extraño en un café extraño

Baste con ver la irritada reacción de la prensa de Madrid —y de algunos rotativos de Barcelona, como La Vanguardia, más jesuítica— para constatar que el descubrimiento del pasado nazi de grandes nombres de la cultura española es aquí y ahora un arma cargada de futuro. Por un lado, la fundación Mapfre suprime el premio César González-Ruano de periodismo —30.000 euros, el mejor dotado— y, por otro, el Ayuntamiento de Sitges acuerda por unanimidad retirar la cerámica conmemorativa de los Jardines César González-Ruano del passeig de la Ribera. Desde el famoso Chiringuito, ante el mar quedo y proceloso, “un café extraño sobre la misma arena, como un pabellón de cristales”, el gran estilista español escribe sus colaboraciones para la prensa y doce libros, de los que hay que destacar Cherche-Midi, centrado en su experiencia cautiva, o La alegría de andar. Completamente alcoholizado, cada mañana, después de una noche de excesos, “siempre a la misma hora, a las nueve y media, me tiraba del lecho como un bombero disciplinado y me iba a escribir al Chiringuito. Muchas mañanas tenía que hacerlo sujetándome la muñeca derecha con la mano izquierda y un estado de nervios próximo a la locura.” Aquel hombrecillo tembloroso y frágil, distinguido, brillante y culto, uno de los mejores nombres de la literatura que han vivido en Cataluña, escribe sobre lo más difícil, sobre la nada, sobre el paisaje marino, sobre la anécdota más nimia para exhibir las más suntuosas formas de la belleza.

También escribe contra los judíos. En el libro Cherche-Midi escupe sobre el escritor surrealista checo Hans Schönhof, antiguo compañero de celda. Lo califica de “alimaña”, de “mono vicioso”, y lo animaliza porque es judío. No le ha bastado con humillarle, con haberse burlado de su fragilidad, de la revista vanguardista La Main à plume en la que colabora. No le ha bastado con estafarle hasta desplumarlo completamente, ni con delatarlo después para que la Gestapo se lo llevara inmediatamente al campo de Drancy y que pocos meses después fuera exterminado en Auschwitz, el 23 de septiembre de 1943. Ante el hermoso mar de Sitges, González-Ruano emite un pronóstico sobre Schönhof, falso, porque está escrito después de saber el resultado; porque, en realidad, don César es el responsable del resultado: “Los que estaban en situación más desgraciadamente clara eran los judíos. Ellos sabían que la trágica excursión a los campos de concentración era segura como una raíz cuadrada.” Schönhof pertenecía a la raza inferior y no merecía más que “pudrirse en un campo de concentración.” González-Ruano se servía una copa, después otra; encendía un cigarrillo y otro y seguía escribiendo como un maestro sofisticado y nervioso. Sin poder contener la risa.




Quioscos envenenados

Antes de la guerra, González-Ruano había cobrado de la embajada alemana para dejar bien a los nazis en ABC y en periódicos de toda España. Era lo que se dice cobrar para hacer un trabajo que te gusta. El escritor no sólo calificaba a Adolf Hitler de “ángel con gabardina y bigote”, también se dejaba transportar por “la alegría poética” del sistema nazi, por el entusiasmo europeísta de un determinado ambiente de Madrid. Se fundía ante el acogedor incendio de los libros de la Universidad de Berlín: “Otros lamentarán que ardiera Remarque y Ludwig. Yo no”. Y el año 1935, por ejemplo —dos años después de haber sido corresponsal en la capital prusiana— afirma a propósito de la prohibición de los matrimonios y las prácticas sexuales entre arios y judíos: “Son evidentes leyes de protección de la sangre y del honor nacionales. [...] La tierra del Tercer Reich es la primera que, con un acento liberador y espiritual frente al sórdido materialismo de la economía marxista y el negocio judío, se alza contra la antieuropa.” En la Alemania de Hitler “bulle una insobornable pasión de acentos de poesía y de afanes de autenticidad en el estilo de aquel mundo neogótico en la que el nacionalsocialismo es una conclusión fatal y salvadora de las esencias fundamentales”... “las enseñanzas [del jefe de las SA, Ernst Röhm] tienen para la indecisión española una importancia excepcional.” Es muy curioso que estos textos tan interesantes para conocer la compleja personalidad de César González de Agüero Ruano Garrastazu de la Sota, pretendido marqués de Cagigal, no hayan sido incluidos en las más de tres mil páginas de la Obra periodística (1925-1965) de la Fundación Mapfre, antologada por Miguel Pardeza, también director deportivo del Real Madrid. Curioso.



También es curioso que algunos miembros de la canallesca hayan desaprobado El marqués y la esvástica argumentando que las pruebas que aporta el libro no son lo bastante concluyentes. Es curioso a la par que gracioso. Sergi Dòria, de ABC, el 12 de abril del 2014 califica el libro de “investigación fallida” y califica a González-Ruano de “antisemita” y de “amoral”. En modo alguno. Fue inmoral, no amoral. Y antisemita lo fue, por decir alguien, Louis-Ferdinand Céline, escritor prodigioso que nunca expolió ni delató a ningún judío pero que escribió y habló contra los judíos. González-Ruano fue, en cambio, un criminal y un nazi, en un grado muy superior, exactamente el que va de la potencia al acto. Y por sus crímenes, la Francia Libre condenó a González-Ruano, en ausencia, a veinte años de trabajos forzados por inteligencia con el enemigo. Condenado a la confiscación de todos sus bienes presentes y futuros y declarándole en estado de indignidad nacional y, en consecuencia, forzado a la degradación nacional, tal como especifica el acta de la sentencia de la justicia francesa del 22 de junio de 1948. Sergi Dòria, autor de un artículo panegírico y sentimental sobre el Chiringuito de González-Ruano en Sitges ¿es incapaz de valorar una investigación periodística tan importante como El marqués y la esvástica? ¿O actúa por mala fe? El vindicador de los “catalanes que aman a España" —como Albert Boadella— no tiene otra opción que la palabrería e intentar distraer al lector ante la rotundidad de los hechos. Se refugia en la opinión y en la actitud del tertuliano cuando lo que tiene que hacer un buen periodista es ceñirse a los hechos. A los hechos, Dòria.




La fuerza de los hechos

Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas han documentado por primera vez y de manera incontrovertible que entre 1933 y 1936 César González-Ruano colaboró en las campañas pronazis del gobierno de Hitler, a sueldo de la embajada alemana. A veces utilizando textos que proporcionaba la propaganda del doctor Goebbels, modificándolos y firmándolos. Otras veces repitiendo con sus propias palabras consignas de Berlín. Y en otras simplemente firmaba un texto escrito por los alemanes sin modificar ni una coma. Aparte de ser un eficaz amigo de la esvástica, hizo todo tipo de gestiones para que el Estado español no concediera visados a los judíos que querían huir del Tercer Reich. Aún así, hay gente que ahora, una vez publicado El marqués y la esvástica, afirma que todo esto ya se sabía. ¿Quien lo sabía? ¿De qué manera se sabía? ¿Un rumor es un conocimiento? ¿Qué verificación de la información se había hecho hasta ahora? ¿Qué pruebas documentales se tenían? Hay que aclarar al lector que el señor Dòria es profesor de Periodismo. No es ninguna broma ni ningún sarcasmo.

Más hechos. De 1936 a 1939, y mientras fue corresponsal de ABC en Italia, González-Ruano siguió cobrando de los alemanes y de los fascistas italianos. Ni los unos ni los otros tenían confianza alguna en el escritor español. Según revelan los archivos secretos de la inteligencia del Eje, González-Ruano estaba considerado un “sogetto equivoco e sospetto en el massimo grado” y “Ein übler Abenteurer” [un malvado aventurero]. La resistencia francesa, por su parte, lo consideraba “parfaitement dégénéré et dépravé”. En tres de las principales lenguas de Europa y desde perspectivas ideológicas diferentes hay una total coincidencia en el retrato moral de González-Ruano. Aquí no hay ningún misterio, ni calidoscopio que valga, ni tampoco espejismos de los que habla benévolamente —¿malévolamente?— Dòria. Aquí lo que hay son los rastros que ha dejado un criminal.

Los hechos. Está perfectamente demostrado que traficaba con joyas, que extorsionaba y engañaba a los judíos que intentaban huir de la Francia ocupada. Que estafaba personas ingenuas y desesperadas con obras de arte, con pasaportes, con visados. Como el protagonista de Casablanca, pero exactamente al revés. Ni Rick Blaine era antisemita ni era normal en la época serlo. Precisamente por este motivo los documentos confidenciales de la embajada alemana en Roma subrayan que González-Ruano es prácticamente el único periodista español que comparte las leyes raciales alemanas e italianas. Les llama la atención este dato. Incluso desde el diario Arriba, de Falange, se publica un artículo recordando a González-Ruano que el antisemitismo biológico va en contra del magisterio de la Iglesia Católica, que es, formalmente, universal. Amelia Castilla, de El País, afirmó en su reseña del libro que el antisemitismo de González-Ruano era el normal en aquella época. Y punto. ¿De donde viene tanto interés por disculpar al escritor dandy, divino, perfectamente indiferente a las convenciones sociales? Las espléndidas fotografías de la reseña de El País las proporcionó Mapfre. ¿Hay una fascinación por un tipo humano, mitad truhán, mitad señor que procede del imaginario de Julio Iglesias? Habría que añadir que el nazismo de González-Ruano se ensancha también hasta el anticatalanismo. En su Diario íntimo afirma, en relación a la tensa controversia entre el general Franco y el abad Escarré de Montserrat, que él, si fuera el Generalísimo, habría hecho fusilar al monje sin más miramientos.




Continuar con la ignominia

Por fin tenemos ante nuestros ojos la documentación que prueba la actividad criminal de César González-Ruano en el París ocupado. El expolio sistemático del piso del acomodado judío José Bernheim, por ejemplo. Por fin tenemos los testimonios de las personas que compartieron celda con el escritor español, y es muy sorprendente que, después de ser las víctimas, haya quien quiera hoy confundir a la opinión pública y desacreditarlas. Es una manera de continuar con la ignominia, una manera de continuar con los crímenes del pasado en el presente, como recuerda la magnífica película Judgment at Nuremberg (1961) de Stanley Kramer. ¿Cómo sentirse indiferente ante el testimonio del sastre armenio Adam Babikian, superviviente del genocidio armenio y después víctima de González-Ruano? ¿Cómo no sentirse conmovido por el débil Manuel Viola y por Tita Hirshowa, su novia hebrea? ¿O por el joven comunista Jean-Joseph Carasso, turco sefardí, delatado por González-Ruano y que acabó fusilado? ¿Cómo se puede hacer una reseña sin mencionarlos? Ante tanto dolor, tanta pena y tanta injusticia, perfectamente documentadas, el periodista Juan Bonilla, por ejemplo, habla del antinazismo como de una moda de hoy. Raúl del Pozo, por su parte, prefiere abordar la monstruosa biografía de González-Ruano saliéndose por la tangente y hablar, con arrogancia de intocable, de las moscas. En efecto, su artículo sobre El marqués y la esvástica habla exclusivamente de la relación entre el autor de Cherche-Midi y estos molestos insectos. Luis Antonio de Villena, para acabar de remachar el clavo, lo pasa todo por la centrifugadora de la identidad gay. ¿Qué tendrán que ver, don Luis Antonio, los crímenes de González-Ruano con ponerse a tiro? Me lo explique.

Llegamos al último episodio controvertido. El de la supuesta participación de González-Ruano en el engaño, expolio y exterminio de judíos en la frontera franco-andorrana. Investigada y no probada en este libro. Es una pista que se tendrá que confirmar o desmentir en el futuro a partir del extraño testimonio de Eduardo Pons Prades. Hace muchos años que se habla de la conexión andorrana en los crímenes contra los judíos, pero no se ha podido confirmar nada hasta hoy. Roger Rossell, en el prólogo de mi libro Deu escriptors i Andorra, de 1992, para poner un ejemplo que me es próximo, se hacía eco de esta historia. Lo que le hace a uno morirse de risa es que se quiera desacreditar el testimonio de Pons Prades recordando que este exguerrillero sostuvo en 1982 que había sido abducido por un ovni. Pero, por el amor de Dios, si ésta es una información que los críticos sólo han podido sacar de El marqués y la esvástica, este libro del que hablan tan mal y que es el orgullo de la prensa catalana, de la profesionalidad y del sentido crítico. Hay que tener muy poca vergüenza para desestimarlo. Un work in progress sin prejuicios, la crónica narrada de una investigación trepidante de nazis y judíos. Un libro como hay pocos. Excelente de toda excelencia. No sólo retrata la podredumbre del pasado, sino la del presente.





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