sábado, 30 de agosto de 2014

Un diálogo sobre el poder entre Gilles Deleuze y Michel Foucault (Descaradamente manipulado).





Un diálogo sobre el poder entre Gilles Deleuze y Michel Foucault  (Descaradamente manipulado).

Se afirma (aunque no se aportan pruebas) que cualquier discurso “desde” el poder revela cierta verdad.


El intelectual “orgánico” decía la verdad (en nombre de los que no podían o no querían decirla) a los que todavía no la veían (¿por falta de cobertura?): “El rey está desnudo, las cuentas en suiza son un camelo difundido por los rencorosos republicanos”.


El papel de intelectual consiste en “colocarse” a la sombra del poder, allí es (ejerce) a la vez objeto e instrumento, agente de la "conciencia" del discurso del sistema.


Una teoría es exactamente como una caja de herramientas (esto tiene toda la pinta de ser una licencia poética-filosófica muy pero que muy bien avalada). Es preciso que eso sirva, que funcione. Y no para sí misma. Si no hay gente para servirse de ella, empezando por el mismo teórico que entonces deja de ser teórico, es que no vale nada, o que no ha llegado su momento.


Es curioso que haya sido un autor que pasa por un intelectual puro, Proust, quien lo haya dicho tan claramente: tratad mi libro como unos lentes dirigidos hacia fuera y si no os van bien tomad otros, encontrad vosotros mismos vuestro aparato que forzosamente es un aparato de combate. (Mira tú por dónde, el tipo que necesitaba treinta páginas para contarnos cómo se daba la vuelta en la cama, era un auténtico fabricante de artefactos bélicos).


La teoría no se totaliza, se multiplica y multiplica. Es el poder el que por naturaleza efectúa totalizaciones y tú, tú lo dices exactamente: la teoría está por naturaleza en contra del poder. (Tú es Foucault y el que afirma Deleuze).


Este sistema en el que vivimos no puede soportar nada: de ahí su fragilidad radical en cada punto, al mismo tiempo que su fuerza de represión global. (Pues si no puede soportar nada, ¡cómo cojones hace!)


Deleuze: Michel Foucault ha sido el primero en enseñar algo fundamental: la indignidad del hablar por los otros.


¿No ocurrirá que, de un modo general, el sistema penal es la forma en la que el poder en tanto que poder se muestra del modo más manifiesto? Esto es lo fascinante de las prisiones; por una vez el poder no se oculta, no se enmascara, se muestra como feroz tiranía en los más ínfimos detalles, cínicamente, y al mismo tiempo es puro, está enteramente "justificado", puesto que puede formularse enteramente en el interior de una moral que enmarca su ejercicio: su bruta tiranía aparece entonces como dominación serena del Bien sobre el Mal, del orden sobre el desorden.


Debajo del odio que el pueblo tiene a la justicia, jueces y prisiones, hay que ver la percepción de que el poder se ejerce a expensas del pueblo.


El capitalismo necesita con imperiosidad unas "reservas" de desempleo, y abandona la máscara liberal y paternal del pleno empleo. (parece de ahora mismo, pero hablan de la Francia de primeros de los ochenta). Toda clase de categorías profesionales van a ser invitadas a ejercer funciones policíacas cada vez más precisas: profesores, psiquiatras, educadores de toda clase, etc.


Frente a la política global del poder, se dan repuestas locales, cortafuegos, defensas activas y a veces preventivas… lo que tenemos que hacer es llegar a instaurar vínculos laterales, todo un sistema de redes, de bases populares. Y esto es lo difícil.



La realidad es lo que hoy día pasa efectivamente en una fábrica, en una escuela, en un cuartel, en una prisión, en una comisaría. De tal modo que la acción implica un tipo de información de una naturaleza completamente diferente de las (des)informaciones de los periódicos (y demás medios de desinformación).


Esta dificultad, nuestro embarazo para encontrar las formas de lucha adecuadas, ¿no proviene de que aún ignoramos lo que es el poder? …sabemos quién explota, hacia dónde va el beneficio, y dónde se vuelve a invertir… Sabemos que no son los gobernantes quienes detentan el poder… no sabemos quién lo tiene exactamente, pero sabemos quién no lo tiene. El discurso de la lucha no se opone al inconsciente: se opone al secreto. El secreto tal vez sea más difícil de conocer que el inconsciente.


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