viernes, 5 de septiembre de 2014

EL PILOTO DE LA MUERTE / Miguel Sánchez-Ostiz






Párrafos de... EL PILOTO DE LA MUERTE 

“El artífice de la decoración de la barraca había sido, para variar, el imaginero del barrio, Amalio Ventura, reciclado en pintor publicitario cuando la industria de las imágenes religiosas empezó a declinar. La gente de pronto empezó a comprar menos Vírgenes, menos Sagrados Corazones y hasta menos Tarsicios o san Pancracios. Y es que el comercio no entiende de teologías. Eran de ver las baterías de santos y vírgenes de escayola que hacía con moldes y luego pintaba con más o menos paciencia, o más o menos bizco de manos, porque le gustaba la frasca una barbaridad.

Un día, cuando ya su negocio de imaginería religiosa había empezado a ir de capa caída, me planté delante de la puerta de su taller de imaginero atraído por una monumental zarabanda y le vi allí dentro blasfemando como un furioso y gritando: “¡Cago en la leche! ¡Cago en la leche!”.

Y por si fuera poco empezó a derribar filas enteras de santos y de vírgenes a bastonazos. Su producto ya no era bueno. No podía competir con el plástico y con la impiedad reinante.

La gente no quería imágenes. Le había endilgado una colección a mi tío Pablo para premios del tiro de pichón y había sido un fracaso. El público prefería, con mucho, botellines de coñá o de brandy o de anisete venenoso y hasta puritos revenidos de contrabando (vía Algeciras o La Línea).

“¡Cago en la puta gente! ¡Ya no cree en nada! ¡Esto es el fin!”, dijo cuando ya le quedaba muy poco que romper a bastonazos. Estaba arruinado, pero, como era un hombre de temple, se recicló enseguida de pintor publicitario. Bueno, en realidad Amalio, además de ser un hombre de temple y un artista, tenía detrás una mujer que tiraba de él como si fuera una mula, aunque tuviera que pelear con los efectos de la frasca.

Amalio era un todoterreno. Uno que lo mismo hacía una cosa que otra que nada tenía que ver con la anterior. En eso no era muy distinto a todos los que no les quedaba más remedio que vivir de ese modo. Aquélla, tal y como yo la veo ahora, era una época entre dos aguas en la que la principal tarea era sobrevivir. Ellos, a los míos me refiero, a la gente con la que se relacionaban los míos, eran supervivientes de un mundo que les había dejado baldados. El tiempo para ellos no había corrido igual de rápido que para otros. Los veinticincos años de paz habían sido más de paz para unos que para otros y de duración distinta. Muchos de ellos andaban baldados de los trabajos forzosos en Cuelgamuros, de las cárceles, de los campos de concentración y los batallones de trabajadores. Más de uno sabía que estaba vivo de milagro.

Una vez reciclado en flamante pintor publicitario, Amalio pintó muchas lunas de bar con motivos alusivos a las especialidades: caracoles, cazuelas de callos, camareros solícitos, bocadillos de calamares, morcillas, banderitas españolas, toreros calvos, paellas, vírgenes del Pilar… En concreto, los pulpos los bordaba, porque les ponía siempre algo estrepitoso entre los tentáculos.

Amalio Ventura es otro personaje curioso e inolvidable, como lo es la Petra, su mujer, oronda, vestida con unos estampádos de flores, los pechos bamboleantes, en babuchas, siempre a vueltas con su cocina: el cocido, los callos, los buñuelos, el humo agrio y apestoso del aceite. Pero los buñuelos nos sabían a gloria.

Quién se acuerda de aquellas casas bajas de un piso con patios traseros medio talleres, medio garajes, medio vaya usted a saber qué. Las Cocheras. Un mundo. Y más que un mundo, para muchos era una vida, la vida, la única que tenían y podían tener. Una vida fronteriza entre la ciudad que se expandía y las chabolas. No irían ya más lejos.

Amalio fue otro personaje curioso de nuestra historia. Era medio pornógrafo. Pobre diablo. Sin suerte. Sin ninguna suerte. Otro de los habitantes de donde la ciudad pierde su nombre. Gentes que la ciudad expulsa hacia los arrabales y que si tienen suerte fallecen antes de ser expulsadas del todo. Nunca regresan al centro porque el centro no es suyo, no les pertenece, no podrán jamás conquistarlo. Ni a punta de navaja. Si la suerte llama a su puerta, tal vez, pero sólo tal vez. No es seguro.

Yo conocí gente que pertenecía a ese territorio sin remedio ni misericordia, como si fuera una condena rara. Aquel era todo su mundo. Pudo, pienso ahora, haber sido el nuestro. Y no tiene gracia. No, no la tiene.”



Miguel Sánchez-Ostiz, “EL PILOTO DE LA MUERTE”.



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