lunes, 8 de septiembre de 2014

SOBERANOS E INTERVENIDOS, de Joan E. Garcés






SOBERANOS E INTERVENIDOS
(De la INTRODUCCIÓN del autor)


(…) “La derrota de los imperios germánicos en 1918, la influencia de las movilizaciones populares y de autodeterminación nacional en el centro-este de Europa, tuvieron repercusión política entre los españoles. El 15 de noviembre de aquel año Alfonso XIII convocaba al líder de la burguesía catalana, Francesc Cambó (Lliga Catalana), para decirle:

El ejército alemán está en plena derrota, los socialistas han tomado el poder en Berlín; en Viena la tropa insubordinada hace causa común con obreros y presos liberados; la Suiza alemana está sublevada (…) Yo temo que venga un estallido revolucionario en Cataluña; que los obreros se unan a los soldados (…) no veo otra manera de salvar situación tan difícil que satisfacer de un golpe las aspiraciones de Cataluña, para que los catalanes dejen de sentirse en este momento revolucionarios y mantengan su adhesión a la Monarquía (…). Hay que dar la Autonomía a Cataluña inmediatamente (…). Es preciso que usted vaya a Barcelona en seguida para provocar un movimiento que distraiga a las masas de cualquier propósito revolucionario. (F. Cambó, Memories, pp. 288-289 de la versión publicada en Madrid, Alianza, 1987).




Cuenta Cambó lo que manifestaba en aquellas horas el embajador británico:

Ésta es la hora de Cataluña. Ahora ha llegado el momento de que los ingleses borremos la mancha que en nuestra historia pusieron los ministros de la reina Ana al traicionar a Cataluña (1714). Diga a sus amigos catalanes que Inglaterra no consentirá ahora que se les atropelle si reclaman su autonomía: ellos han estado con los aliados durante toda la guerra, mientras que en el resto de España la inmensa mayoría estaba con Alemania.




Cambó y el presidente del Consejo de Ministros, el conde de Romanones (Partido Liberal), ejecutaron la instrucción de Alfonso XIII y doce días después designaban a dirigentes de todos los partidos políticos para formar una comisión redactora de un proyecto de autonomía para Cataluña, que debía ser presentado en las Cortes para su aprobación. Figuraban en aquella desde Antonio Maura y Eduardo Dato a Julián Besteiro, Alejandro Lerroux Y Lluis Companys. La respuesta de los socialistas Pablo Iglesias y Francisco Largo Caballero (diputado por Barcelona del PSOE, que tenía en el Parlamento español seis diputados), fue dirigirse “a los republicanos catalanes diciéndoles que si entraban en la Comisión desligaban a Cataluña de la causa de la República (…). A (Marcel-lí) Domingo, Layret, Companys y otros republicanos catalanes les convenció plenamente este argumento, se impusieron al resto” y no se incorporaron a la Comisión. Los proyectos políticos de socialistas y republicanos eran autónomos de los partidos conservadores. Dos meses después, seguro de que la revolución europea no alcanzaba a España, cuenta Cambó que el propio Monarca saboteaba el proyecto de Estatuto catalán.

El antecedente de 1918-1919 es interesante a más de un título. El 15 de junio de 1977, en las primeras elecciones después del fallecimiento del general Franco, los electores de Cataluña dieron cerca del 70% de sus votos a quienes se presentaban bajo siglas y símbolos ilegalizados desde 1939 por la Dictadura: socialistas (PSOE), comunistas (PSUC) y republicanos (Esquerra Republicana). La reacción del gobierno presidido aquel 1977 por Adolfo Suárez admite ser comparada con la de Alfonso XIII en 1918: convocó a Palacio al representante simbólico del autonomismo catalán –esta vez en el exilio, Josep Tarradellas, sucesor de Lluis Companys en la Presidencia de la Generalitat-, le ofreció el reconocimiento inmediato de la autonomía si viajaba a Cataluña a formar un Consejo Ejecutivo de integración que aceptara las limitaciones de soberanía popular y nacional legadas por la Dictadura y su sistema socioeconómico. Así lo hizo Tarradellas comprometido en secreto desde noviembre de 1976 con el emisario Andrés Casinello (Militar adscrito al Servicio Central de Documentación del almirante Carrero Blanco, director del mismo durante el gobierno Suárez y destinado, un año después al Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), en “acatar públicamente al Rey, a la unidad de España y respetar al Ejército, (…) a no ser federalista y quedar siempre al margen de los planteamientos valencianistas y mallorquines”. Lo que en 1977, y después, no encuentra su equivalente respecto del precedente de 1918 es la respuesta que dieron el PSOE y la izquierda republicana a la propuesta del Rey a Francesc Cambó. En junio de 1977 no existía al frente de los grupos que se envolvían en las siglas históricas un liderazgo endógeno, ni tampoco un proyecto nacional alternativo al que desde los centros de decisión de la Coalición de la Guerra Fría se había programado para España una vez que falleciera Franco.
Desde antes de junio de 1977 se habían comprometido en secreto con aquel proyecto Felipe González Márquez y Santiago Carrillo, sus hombres en Cataluña fueron diluidos en el Consejo Ejecutivo presidido por Tarradellas y, de ese modo, quedó neutralizada la esperanza popular de una alternativa sociopolítica a la herencia dejada por la Dictadura. Menos de cinco años después de 1977, la burguesía liberal catalana lograba lo que Alfonso XII, su Gobierno y la Lliga buscaron sin éxito en 1918. Los propios términos de Cambó podrían describir el sentido de la “operación Tarradellas” de medio siglo después:

(…) a fin de dar un sentido al movimiento (…) desencadenado en Cataluña y conservar su control, propuse que (…) se reuniera la Asamblea General de la Mancomunidad, con la colaboración de los parlamentarios de Cataluña, para elaborar el Estatuto de Cataluña y (…) en nombre del principio de autodeterminación (…) ¡se presentara al Parlamento español para que fuera sancionado! La música era revolucionaria pero la letra, si bien se mira, era conservadora. El fijar una tarea a hacer, que duraría días, calmaba las pasiones y quitaba a las izquierdas la dirección (…) Y si al redactar un Estatuto de Autonomía de Cataluña llegábamos a un acuerdo todos los partidos catalanes, que fuera también aprobado por las izquierdas españolas, quedábamos cubiertos (…) de peticiones (…) que en el porvenir formularan las izquierdas (…) a base de la República y la revolución social.



Un lustro después de 1977, en efecto, las siglas democráticas históricas habían sido reducidas a minorías en el Parlamento autónomo y en la mayor parte de los municipios de Cataluña, eran excluidas del gobierno de la Generalitat, el PSUC se desintegraba y Tarradellas era agraciado con el título de Marqués.”


Joan E. Garcés



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