miércoles, 17 de septiembre de 2014

Un voto afirmativo en Escocia daría rienda suelta al mayor peligro: la esperanza / George Monbiot





Un voto afirmativo en Escocia daría rienda
suelta al mayor peligro: la esperanza 


De todos los malos argumentos que urgen a los escoceses a votar no y hay muchos, quizás el peor lo constituya la demanda de que Escocia permanezca en la unión para salvar a Inglaterra de sí misma. Las respuestas a mi columna de la semana pasada sugieren que este desdichado argumento de pegarse a las faldas tiene cierto tirón entre gente que afirma pertenecer a la izquierda.

Consideremos lo que entraña: se le pide a una nación de 5,3 millones que se prive de la independencia para eximir a una nación de 54 millones de librar sus propias batallas. A cambio de esta renuncia, los cinco millones deben seguir uncidos a la
funesta política de la cobardía y la triangulación que causa los problemas de los que les pedimos que nos salven.
“Un Reino Unido sin Escocia tendría muchas menos probabilidades de poder elegir a cualquier gobierno de tinte progresista”, afirmaba el exministro laborista Brian Wilson en el Guardia la semana pasada. Tenemos que unirnos contra las “fuerzas del privilegio y la reacción” (mientras se alinea con los conservadores, el UKIP, los liberal demócratas, los bancos, las empresas, casi todos los comentaristas de derechas de Gran Bretaña, y todos los periódicos del Reino Unido, salvo el Sunday Herald) en nombre de la “solidaridad”.
Hay otra palabra engañosa del Nuevo Laborismo que añadir a su léxico (entre otros ejemplos se cuenta “reforma”, que hoy significa “privatización”, y “asociación” [“partnership”], que quiere decir venderse al mundo de los grandes negocios). Antaño “solidaridad” significaba hacer causa común con los explotados, los mal pagados, los excluidos. Hoy, para estos androides con traje, quiere decir mantener la fe en los bancos, la prensa empresarial, los recortes, una economía de peajes y el fundamentalismo de mercado.
He aquí lo que significaba la solidaridad para Wilson y sus compinches miedicas mientras estaban en el gobierno. Quería decir votar a favor de la guerra en Irak, de los Trident [submarinos nucleares], carnets de identidad y 3.500 delitos nuevos, entre ellos la criminalización de la mayoría de las formas de protesta pacífica. Significaba ser reclutados como mercenarios políticos para imponer a los ingleses medidas políticas a las que los escoceses no estaban sometidos, como las tasas de matrícula universitaria variables y los hospitales de fundaciones [con participación privada].



Significaba apoyar todas las propuestas destructivas e injustas avanzadas por sus líderes: la camada de parásitos que se crió en el nido laborista y luego tiró sus más queridos principios por la borda. No resulta sorprendente que cuanto más ven los escoceses a sus antiguos ministros laboristas, más inclinados se sientan a votar por la independencia. De modo que Juntos Mejor [Better Together, la campaña del “no”] se ha traído a Gordon Brown, para que vaya derramando sobornos en un último y desesperado esfuerzo de contención. Deben albergar la esperanza de que los escoceses se hayan olvidado de cómo se jactó de haber establecido “la tasa más baja en la historia del impuesto de sociedades británico, la más baja de cualquier país europeo importante y
la más baja de cualquier país industrializado importante de cualquier parte”. De que se comprometió con la City de Londres en que “un presupuesto tras otro, quiero que hagamos aún más por animar a quienes se arriesgan”. De que, después de 13 años de gobierno laborista, el Reino Unido tenía niveles más elevados de desigualdad que tras 18 años de gobierno conservador. De que se confabuló para secuestrar y torturar.


De que contribuyó a causar la muerte de miles de personas por su apoyo a una guerra ilegal en Irak. Vagabundea por Escocia, rezumando todavía sangre, prometiendo lo que nunca cumplió cuando tuvo oportunidad, este hombre que contribuyó a deshacer la red de seguridad social que habían tejido sus predecesores; que mercantilizó y desmembró los servicios públicos; que enriqueció a los poderosos y engañó a los pobres; que se comprometió con los fondos para los Trident, pero no revirtió la perdida de vivienda social; cuya iniciativa de financiación privada puso una serie de bombas de relojería que hoy explotan en el NHS [el sistema sanitario] y otros servicios públicos; que engrasó y halagó y babeó su trayectoria en compañía de banqueros y oligarcas mientras pisoteaba a la gente trabajadora para representar a la cual se le había elegido. ¿Es este el progresista Preste Juan que cabalgará al rescate de la campaña del “no”?




¿Dónde están en el Partido Laborista de Escocia los Keir Hardie [1856-1915, fundador y primer diputado del Partido Laborista], y Jimmy Reid [1932-2010, sindicalista, orador, político y periodista] de nuestro tiempo? ¿Dónde está la visión, la inspiración, la esperanza? Los hombres renqueantes y endebles que reemplazaron a estos titanes no ofrecen nada más que miedo. Por medio del temor, tratan de empujar a Escocia de nuevo a su jaula, conforme su pueblo se rebela contra el futuro cerrado y deprimente que han planificado para ellos y para el resto de nosotros los tres partidos de Westminster.

Cierto, si Escocia llega a ser independiente, quedando todo lo demás igual, los laboristas perderían 41 escaños en Westminster y serían más probables las mayorías conservadoras. Pero no todo lo demás tiene por qué ser igual. La independencia escocesa puede galvanizar a los movimientos progresistas a lo largo y ancho del resto del Reino Unido. Podremos ver cómo los escoceses se comprometen en el proceso transformador de redactar una Constitución. Veremos que una nación de estas islas puede vivir y –eso espero – florecer con un legislativo plenamente electo (sin Cámara de los Lores), con un sistema electoral justo (de representación proporcional) y con un parlamento en el que pueden votar sólo los representantes de esa nación (sin mercenarios que crucen la frontera).



El mito de la apatía política se ha deshecho gracias al tumultuoso movimiento al norte de la frontera. Tan pronto como hay algo por lo que vale la pena votar, la gente se pone a hacer cola de noche para inscribirse en el registro. La baja participación electoral de las elecciones de Westminster no reflejan falta de interés sino falta de esperanza.
Si Escocia llega a ser independiente, lo será pese a los esfuerzos de casi todo el establishment del Reino Unido. Lo será porque los medios sociales han derrotado a los medios empresariales. Será una victoria de los ciudadanos sobre la máquina de Westminster, de los zapatos sobre los helicópteros. 

Demostrará que una idea lo bastante inspiradora puede abrirse paso entre los sobornos y el chantaje, entre las amenazas y y la siembra del miedo. Esa esperanza, marginada al principio, puede extenderse a lo largo y ancho de una nación, desafiando a todos aniquilarla. Que te puede odiar el Daily Mail [tabloide populista] y tener con todo la oportunidad de ganar.



Si el Laborismo tiene algo de sentido, si le queda un ápice de valor, comprenderá lo que este momento significa. En lugar de aniquilar a las fuerzas de la esperanza e inspiración, las movilizaría. Se comprometería, por ejemplo, en su manifiesto, a un referéndum para redactar una constitución escrita para el resto del Reino Unido.Comprendería que la esperanza es el más peligroso de todos los reactivos políticos.

Se puede transformar lo que parece ser una forma de gobierno fija, un resultado inalterable, en algo enteramente diferente. Puede convocar la pasión y la resolución que nunca supimos que poseíamos. Si Escocia llega a ser independiente, Inglaterra –sólo con que se reconociera el potencial– podría también transformarse.

George Monbiot

es uno de los periodistas medioambientales británicos más consistentes, rigurosos y respetados, autor de libros muy difundidos. 

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón





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