lunes, 13 de octubre de 2014

“El cura y los mandarines” no tiene quién lo publique. / Antoni Domènech / Gregorio Morán





“El cura y los mandarines” no tiene quién lo publique. 

Este Dossier consta de los siguientes dos textos:
1)     Antoni Domènech: “Gregorio Morán y el principio de la inclemencia”
2)     Gregorio Morán: “El sumario de mi libro: El cura y los mandarines (Historia no oficial del bosque de los letrados). Cultura y política en España. 1962-1996




1) Antoni Domènech: Gregorio Morán y el principio de la inclemencia

La última vez que nos vimos fue a comienzos del verano, almorzando juntos en Barcelona con nuestro común amigo Xosé-Manuel Beiras. El muy esperado libro estaba ya para salir: “los servicios jurídicos de Planeta están estudiando a fondo las posibles reclamaciones judiciales; y no hay pocas”. El pasado 7 de octubre quedó claro que la prestigiosa editorial Crítica –ahora en el grupo Planeta— se echaba para atrás. Gregorio no aceptaba la supresión de 13 páginas “calientes” correspondientes a la penúltima sección del Capítulo V, berlanguescamente intitulada “¡Todos académicos!”. Resultado: se disolvía definitivamente, de mutuo acuerdo, el contrato de una edición que ya había sido anticipadamente puesta a la venta en Internet.
No he leído el manuscrito del libro; conozco sólo, como ahora –por voluntad expresa de su autor— conocerán en primicia los lectores de SP, el jugoso índice de un manuscrito que ronda las 800 páginas. Del contenido, me sé relativamente bien informado. Lo mismo que con otros libros de investigación suyos, he estado durante años al tanto del work in progress a través de las múltiples anécdotas, peripecias y sucesivos hallazgos soltados en divertidas, brillantes y picantes conversaciones de sobremesa. No creo que esa circunstancia me hiciera disfrutar menos en su día de la lectura del Maestro en el erial, sino, si acaso, más: supongo que la experiencia es parecida a la de quien ha visto rodar algunas escenas de una película cuando la ve montada y entera en un cine comercial, como un espectador más. Con toda probabilidad, me pasará lo mismo con El cura y los mandarines, una obra que, cuando se publique –esperemos que muy pronto— marcará un hito irreversible, no sólo en la crítica cultural española, sino también en la comprensión del significado político de una Segunda Restauración borbónica ahora en grave crisis de descomposición. Y por cierto que no puede haber indicio más elocuente de lo comprometido de esa crisis que el hecho de que al primer grupo editorial del país le tiemblen las piernas a la hora de lanzar a la calle la “bomba Morán”: otro día tal vez haya ocasión de hablar de este hecho nada menor.
Entiendo que El cura y los mandarines es una reconstrucción crítica de la evolución de la cultura intelectual española entre 1962 y 1996, o sea, entre el “contubernio de Munich” y la huelga minera de Asturias (y la fundación de CCOO) y el final del felipismo. Hasta donde sé, el plan inicial –va ya para 10 años— ha sido substancialmente alterado en el curso de la laboriosa investigación: muchos personajes que parecían importantes al comienzo, han pasado a segundo plano, o han simplemente desaparecido de escena (“no resisten ni segunda lectura”). Otros, como Max Aub, Luis Martín Santos o Manolo Sacristán, se han mantenido en  primer plano. Al parecer, José Luis Aranguren o Javier Pradera conservan su papel de prototípicos intelectuales –“mandarines”— de la Segunda Restauración. E inopinadamente, el “cura Aguirre” ha terminado por convertirse en el hilo vertebrador del relato. “Pero, al final” –vino a decirme en uno de nuestros últimos encuentros—, “el gran asunto es cómo, en 30 años, el grueso de una tropa de tíos rompedores y patentemente progresistas se convirtió en una mediocre pandilla de reaccionarios acomodaticios”. 
Gregorio es un amigo incómodo. Lo es en el sentido trivial de que tiene, y aun se busca, muchos y poderosísmos enemigos, no pocos de los cuales tan pueril como peligrosamente dispuestos a considerar la amistad y la enemistad como relaciones transitivas. Pero para mí es un amigo felizmente incómodo en otro sentido, acaso más interesante e instructivo. Y desde luego, más fértil
Los académicos en general, y los filósofos en particular, estamos habituados a practicar en nuestras discusiones lo que Paul Davidson bautizó con la debida pompa como el “principio metodológico de la clemencia”: cuando quieres destruir el argumento de Fulanito, lo primero que tienes que hacer es reconstruir ese argumento en su mejor versión posible, “ayudar” a Fulanito a librarse de inconsistencias y/o imprecisiones; pulírselo y bruñírselo, vaya. Una vez hecho eso, pasas a destruírselo sin remisión: habrás hecho entonces algo mejor (o peor, según se mire) que tomar al asalto la particular posición argumentativa de Fulanito; habrás arrasado su mejor posición posible. Del principio metodológico de clemencia están, por supuesto, excluidos los argumentos ad hominem, así como los juicios de intenciones, porque el ejercicio de la “clemencia”, lejos de pillarle in fraganti, exige sacar al criticado de su particular contexto y pasar por alto, o aun enmendar, sus pequeñas o grandes debilidades, confusiones e inconsistencias.
Pues bien; lo que Gregorio pone por obra en su periodismo de investigación y, de forma destacadísima, en sus estudios de crítica cultural es, al revés, una especie de “principio metodológico de la inclemencia”. Los libros de Gregorio, que suelen ser grandes obras exhaustivamente elaboradas, amalgama personalísima de investigación erudita e indagación detectivesca, están llenos de descalificaciones ad hominem, de contextualizaciones históricas particulares, de juicios de intenciones y de todo tipo de apreciaciones inclementes y aun intempestivas. No es necesario coincidir con todas y cada una de sus apreciaciones –ni siquiera, tal vez, con la mayoría— para darse cuenta de esto: la “buena” crítica cultural y la “buena” historia político-intelectual, a diferencia de la  “buena” argumentación filosófica, exigen partir de algo muy parecido al temerario principio metodológico de la inclemencia. No se ganan muchos amigos con eso. Ni cátedras. Ni cargos. Pero se ganan rarísimos libros devastadoramente inteligentes y profundos como Esplendor y miseria del PCE, como el Maestro en el erial o, ahora, El cura y los mandarines –“el más brutal, descarnado y demoledor de mis libros”—, obras que difícilmente podría llegar a escribir ningún académico “respetable”. Por no hablar de los mequetrefes recrecidos a que se alude en el breve subcapítulo objeto capital de la “censura”.





2) Gregorio Morán: “El sumario de mi libro: El cura y los mandarines (Historia no oficial del bosque de los letrados). Cultura y política en España. 1962-1996”

Prólogo
Capítulo primero

El descubrimiento del mundo hacia 1962.- 22
Un barómetro intelectual.- 29
¿El primer gobierno de postguerra?- 39
Munich, el contubernio.- 45
Retrato de grupo en el Santander de postguerra.-67
Jesús Aguirre. La forja de un carácter con fondo de sotanas.- 94


Retazos culturales de época.- 123
La intensa brevedad de Martín-Santos.- 141
La diferencia entre Realidad y Realismo.- 173
Tiempo de destrucción.- 205

Capítulo segundo

Cuando la Paz empezó a llamarse  Franco.- 218
XXV Años de Paz en números romanos.- 222
La cultura oficial suma voces.- 261
La creación de Don Camilo.- 299
Cataluña, la preferida.- 324
La familia que medra unida, permanece unida.- 347
El cura Aguirre deviene intelectual.- 358

Capítulo tercero

Un estado de excepción, una vuelta de tuerca.-375
Max Aub, una anomalía.-399
La memoria se descubre sentimental.- 430

Capítulo cuarto

Las “parasangas” de Carlos Barral.- 443
En la pista de salida.- 454
Pecios olvidados tras los naufragios.- 474
“El País” como parodia del intelectual colectivo.- 524
El fantasma se desvanece.- 573
Jesús Aguirre. Transformación o metamorfosis.- 610

Capitulo quinto

La otra “dialéctica de la Ilustración”.- 652
Espectáculo y cultura.- 667
La doble derrota de Manuel Sacristán.- 672
Compromisos y favores de Estado.- 699
El Duque, nosotros y los nuestros.- 709
La inteligencia se institucionaliza.- 735
¡Todos Académicos!- 748
Final con fanfarria.- 761



Antoni Domènech, editor general de SinPermiso, es catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política en la Facultad de Economía y Empresa de la UB. Gregorio Morán, columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica.



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