jueves, 9 de octubre de 2014

Joseph Conrad, “El espejo del mar” / J. Benet / J. Marías.






(Del prólogo, Juan Benet.)

“(…) La vida literaria de Conrad se extendió a lo largo de treinta años, entre 1895 y 1924. En el primer tercio de ese período lo consiguió todo en el campo literario que se había propuesto cultivar. Un estilo de enorme poder, una altura de dicción y de pensamiento frente a la que, en el panorama de la novela inglesa de su tiempo, sólo la de Henry James resistiría la comparación, y una capacidad de creación que le permitiría llevar su arte allí donde él se lo propusiera. Al final de ese tercio –y acaso como remate de una época tan intensa- escribió este libro de memorias e impresiones con el que, libre de obligaciones –aparentemente inexistentes pero formalmente imprescindibles- impuestas por la ficción, pudo dar libre rienda a su estilo. A veces el estilo ha de desvanecerse ante las imposiciones del relato, y a veces la mejor forma de tratar una página sea desproveerla de un sello propio; ciertas frases vienen dadas de fuera y el escritor se tendrá que limitar a engastarlas en su texto; en ocasiones son unas pocas oraciones o algunas páginas y en otras pueden ser secuencias enteras o personajes que por su propia configuración requieren ese tratamiento. Constituyen ejemplos de un cierto sacrificio de las propias convicciones –entiéndase literarias y estilísticas, ya que de otras toda buena novela debe de estar siempre saturada- que el buen narrador no vacila nunca en llevar a cabo a fin de completar ese mosaico en el que no todas las piezas a fortiori han de ser de su predilección. Todo buen lector de Conrad habrá reparado más de una vez en las desigualdades en que abunda su prosa, timbradas sin duda por la voluntaria inhibición estilística que había de aventurar para respetar la identidad propia de un fragmento. (…)

Pues bien, en The Mirror of the Sea no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa, nadie viene de fuera con voz propia. Todo el libro es Conrad cien por cien, y, además, el mejor Conrad, el que sabía dibujar un hecho del mar con la más perfecta forma literaria, y el que sabía ilustrar un acontecimiento narrativo con la más acertada imagen marinera.”

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(De Nota sobre el texto, Javier Marías)


“…unas palabras sobre el inglés de Conrad y su traducción. No cabe duda de que la prosa de este polaco de origen –que no aprendió la lengua en que escribía hasta los veinte años- es una de las más precisas, elaboradas y perfectas de la literatura inglesa. Sin embargo, al mismo tiempo es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis no tiene apenas precedentes en ese idioma, y, unida a la meticulosa elección de los términos –en muchos casos arcaísmos, palabras o expresiones en desuso, variaciones dialectales, y a veces acuñaciones propias-, convierte el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez, impostada y fantasmal. Uno de sus rasgos más característicos consiste en utilizar las palabras en la acepción que les es más tangencial y, por consiguiente, en su sentido más ambiguo.
No he temido mantener todo esto (en la medida de lo posible) en castellano, aun a riesgo –o con la intención- de que el español de este texto resulte algo insólito y espectral. Pero creo que la intransigencia es el único guía posible a la hora de traducir a Conrad: sólo así el lector podrá recibir, tal vez, la misma impresión que en su día tuvieron Kipling, Galsworthy, Arnold Bennett, H. G. Wells, Edward Garnett y Henry James, todos ellos fervientes entusiastas y admiradores de “The Mirror of the Sea”.

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(Párrafo de El espejo del mar: “SOBERANOS DE ESTE Y OESTE, XXV”)

"No hay parte de este mundo de costas, continentes, océanos, mares, estrechos, cabos e islas que no esté bajo el dominio de un viento imperante, regulador de su tiempo característico. El viento rige los aspectos del cielo y la acción del mar. Pero ningún viento gobierna indiscutido su corona de tierra y agua. Al igual que ocurre con los reinos de la tierra, hay regiones más turbulentas que otras. En la franja central del globo los Vientos Alisios reinan soberanos, incontestados, como monarcas de reinos establecidos desde antiguo, cuyo tradicional poder, que frena toda ambición desmedida, no es tanto el ejercicio de una autoridad personal cuanto el funcionamiento de instituciones consolidadas hace tiempo. Los reinos intertropicales de los Vientos Alisios son propicios a la vida normal de un buque mercante. Rara vez llevan sus alas al toque de rebato a los atentos oídos de los hombres apostados en las cubiertas de los barcos. Las regiones gobernadas por los Vientos Alisios de noroeste y sudeste son tranquilas. En un barco con rumbo sur, comprometido en un largo viaje, la travesía de sus dominios se caracteriza por un relajamiento de la tensión y de la vigilancia por parte de los marinos. Esos ciudadanos del océano se sienten protegidos bajo la égida de una ley incontrovertida, de una dinastía indisputada. Allí es, en efecto, si en algún punto del globo, donde puede confiarse en el tiempo.

Sin embargo, no de manera absoluta. Incluso en el reino constitucional de los Vientos Alisios, los barcos se ven sorprendidos por extrañas perturbaciones al norte y al sur del Ecuador. Pero, con todo, los vientos del este, y, en términos generales, el tiempo del este, se caracterizan en el mundo entero por su regularidad y su persistencia.
Como soberano, el Viento del Este posee una estabilidad notable; como invasor de las altas latitudes que se hallan bajo el tumultuoso dominio de su gran hermano, el Viento del Oeste, resulta sumamente difícil de ahuyentar, en virtud de su fría arteria y de su profunda doblez.
Los estrechos mares que circundan estas islas, donde los almirantes británicos montan guardia y vigía sobre las marcas del Océano Atlántico, están sometidos al turbulento dominio del Viento del Oeste. Llámeselo del noroeste o del sudoeste, es siempre el mismo: una fase diferente del mismo carácter, una expresión distinta en el mismo rostro. En la orientación de los vientos que gobiernan los mares, las direcciones norte y sur carecen de importancia. No hay en esta tierra Vientos del Norte y Sur de consideración. Los vientos del Norte y del Sur son sólo pequeños príncipes dentro de las dinastías que en el mar deciden la guerra y la paz. No se imponen nunca sobre un escenario vasto. Dependen de causas locales: la configuración de las costas, las formas de los estrechos, los accidentes de pronunciados promontorios en torno a los cuales desempeñan su reducido papel. En política de los vientos, como entre las tribus de la tierra, la verdadera lucha está entre el Este y el Oeste”.

Joseph Conrad



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