martes, 21 de octubre de 2014

Olivo roto: Escenas de la ocupación / Teresa Aranguren





Olivo roto: Escenas de la ocupación  

“¿Adónde iremos después de la última frontera?
¿Dónde volarán los pájaros después del último cielo?
¿Dónde dormirán las plantas después del último aire?
Escribiremos nuestro nombre con vapor teñido de carmesí,
cortaremos la mano al canto para que lo complete nuestra carne.
Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje.
Aquí o ahí…. Nuestra sangre plantará sus olivos.

(MAHMUD DARWISH, Menos rosas)






“La venganza


El día que su hermano volvió a casa pensó por primera vez en la venganza. La idea surgió nítida en su mente y la sintió actuar como un bálsamo. Antes había sido la rabia. Sólo la rabia que lo llenaba todo. Le consumía la rabia. No le dejaba vivir. Cuando vio llegar a su hermano le pareció que algo se despejaba en su mente y el mundo, las cosas del mundo, volvía a tomar forma, como cuando se disipa la niebla del amanecer junto al río.



Ahmed no tenía mal aspecto, no estaba excesivamente delgado, en realidad siempre había sido delgado, mientras que él era el gordito de la casa; el gordo y el flaco, solía decir su madre cuando había visitas y ellos entraban para saludar, “Si no fuera porque soy yo la que les ha parido nadie me haría creer que estos dos son gemelos”, decía riendo su madre. Él era el mayor. Había nacido media hora antes que Ahmed, tres kilos seiscientos gramos de niño con prisa por salir al mundo: el relato del parto era número obligado en las reuniones familiares: “Cuando nació Yamal ni me enteré, salió solito; pero a Ahmed hubo que sacarle y eso era como un renacuajo, un pellejito arrugado, lo que costó que ganase peso, Yamal en cambio siempre comió estupendamente”. Siempre era el mismo ritual, ellos dos muy seriecitos en el centro de la sala, asaetados por las sonrisas de los adultos, esperando la frase mágica: “Hale, ya podéis iros a jugar”. Y entonces se iban.




(…) Farida se lo contó. Habían llegado de madrugada. Les despertó el sonido de los coches y las voces de los soldados, llevaban luces en los cascos y hablaban con megáfonos, pero no entraron en la casa inmediatamente, se quedaron en el jardín y comenzaron a dar órdenes por los altavoces: Salgan todos los de la casa, tienen cinco minutos para salir… ”, ella había corrido al cuarto de su madre, Ahmed les dijo que se pusieran algo encima del camisón y bajó a abrir la puerta, por eso no la habían derribado, Ahmed les abrió. Luego todo pasó muy deprisa, entraron como una tromba, le derribaron y le hicieron tumbarse boca abajo en el suelo, le ataron las manos a la espalda y le pusieron una capucha…”

Teresa Aranguren (Olivo roto: Escenas de la ocupación)

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AVISO A LOS LECTORES. El arte de narrar es el arte de mostrar, de ponernos delante una historia y meternos dentro de ella. El narrador, el buen narrador, no quiere demostrar nada. Simplemente quiere que compartamos una experiencia con sus protagonistas: tocar el árbol que una mujer toca un instante antes de que el olivo sea derribado, ver al padre desnudándose delante de su hijo ante la exigencia del soldado armado en un puesto de control, mancharnos con la sangre inesperada de unos niños que juegan al balón hasta que una mina abandonada estalla. El narrador quiere que soñemos el sueño que sueña esa mujer que sueña con que su hijo vuelve a casa o que vivamos el miedo callado de esa mujer que sabe que su hijo seguramente nunca volverá a casa. Un escenario que, evitando el tremendismo o la denuncia sentimental, nos sitúa en el centro de una tragedia que va mucho más allá del titular de prensa o de la estadística sobrecogedora. Alguien me comentaba en un tono maternal que lo malo de estos libros es que el tema es muy coyuntural. Tenía razón: sólo llevamos unos 3.000 años dándole vueltas a la misma batalla. (CABALLO DE TROYA)



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